El veterano periodista Miguel Ángel Aguilar recordaba recientemente, en una columna publicada en Vozpópuli, que el colaborador de prensa y radio Víctor Márquez Reviriego, legendario redactor jefe del semanario Triunfo y gran cronista político de nuestra Transición, decía que “en España siempre ha habido mucho antifranquista póstumo”.
Con esa frase aludían ambos a la cantidad de gente que presumió en España de integrar la escasa oposición al régimen franquista, incluso alardeando de “haber corrido delante de los grises”, cuando en realidad el dictador murió de viejo y la policía persiguió a cuatro gatos. Basta recordar las interminables colas de ciudadanos -alcanzaron más de diez kilómetros- que acudieron a despedirse ante su féretro instalado en la capilla ardiente del Palacio Real de Madrid, en una de las imágenes televisadas en blanco y negro que recuerdo con nitidez de mi época infantil.
Los españoles conocemos bien la enfermiza obsesión de Sánchez por la figura de Franco, una aireada Francomanía que le ha llevado a actuar de forma compulsiva desenterrando sus huesos en el Valle de los Caídos y celebrando su muerte -y no, extrañamente, la instauración de la democracia- con varios eventos que han durado un año entero. Todo ello en la creencia de que remover sus restos y agitar su recuerdo le proporcionará simpatías populares y un importante rédito electoral que contrarreste su inexistente gestión gubernamental y la corrupción que le acosa por los flancos más cercanos.
Dejando de lado la contundente opinión contraria a las políticas de Pedro Sánchez de una gran mayoría de socialistas históricos, tales como Felipe González, Alfonso Guerra, Redondo Terreros, Leguina o Jordi Sevilla, hoy el PSOE, con la intermitente y calculada excepción -que nunca traspasa líneas rojas- de García Page, y la más clara y ya extinguida del añorado Lambán, constituye un sumiso cortijo a las órdenes del autócrata. En el que nadie se atreve a chistar por el miedo reverencial al carácter vengativo de su despótico líder. Recogiendo una vieja frase del hoy venerado Alfonso Guerra, todos los socialistas contemporáneos son plenamente conscientes de que “el que se mueva no sale en la foto”.
Pero los argumentos irrefutables en política casi nunca suelen resultar eternos. Cuando empiecen a caer, en los meses venideros, algunas sonoras condenas penales (David, Begoña, Ábalos, Cerdán) que ahonden la enorme brecha abierta en el frente judicial del socialismo por la condena al fiscal general del Estado Álvaro García Ortiz, la cohesión de la tropa sanchista comenzará a resquebrajarse. Qué decir, además, si aparecen delaciones españolas o venezolanas, o nuevas informaciones que comprometan a Sánchez, o a la inquieta máquina grabadora de Koldo García le da por mostrarse dicharachera con los investigadores de las diferentes tramas corruptas que afectan al PSOE.
Conocido el cobarde silencio de los corderos que envuelve el entorno del Gobierno y del partido socialista, y la creciente parafilia de nuestro presidente con el fallecido dictador (y también con el “extraído” de Venezuela) -todos los autócratas se acaban pareciendo-, me atrevo a pronosticar un sonrojante auge futuro del antisanchismo retrospectivo.
Cuando, descabezada por unas futuras elecciones o la rampante corrupción familiar y de la “banda del Peugeot”, desaparezca la figura de Pedro Sánchez de la política española florecerán como jardín primaveral demócratas de toda la vida reivindicándose como antisanchistas póstumos. De la misma falsa y tardía condición que los que describía, referidos al caso de Franco, el genial Márquez Reviriego. Presenciaremos -a no mucho tardar- un desorejado “sálvese quien pueda”, incluso de colaboradores cercanos, que nos ofrecerá un vergonzoso espectáculo. Las ratas empiezan a preparar -mero instinto de supervivencia- el abandono del barco.




