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El run run del Cardo Mariano

miércoles 13 de mayo de 2020, 04:00h
A quienes, por la obligada cuarentena, han recuperado el placer de la observación de la naturaleza y, con esto de que nos ponen hora para salir y toque de queda para entrar, se ha visto agobiado por las hordas humanas del Paseo Marítimo aderezadas con “vecinos-policía” señaladores enfurecidos al que no se arrodilla ante el imperio del miedo; a los que han decidido no ser vasallos de la dictadura coactiva impuesta por el gobierno que nos desgobierna y la oposición que le apoya, les recomiendo el gozo efímero de bajarse el app “PictureThis” e irse a pasear a cualquier solar abandonado (abundan por la ciudad y más que van a abundar). Están plagados de hierbajos pero son espacios libres, solitarios y, además, están llenos de tesoros. Resulta que con la app en cuestión haces la foto a la florecilla que te guste e inmediatamente te dice de qué especie herbácea se trata. Así, el paseante huido descubre joyas a nuestro alcance como el Cardo Mariano y sus infinitos efectos beneficiosos para el hígado, víscera, por otro lado, tremendamente castigada hoy por hoy con tanto cantamañanas en el gobierno y la oposición.

Pues sí, estoy del hígado, y es que si de algo ha servido el corona virus éste es para transparentar la debilidad institucional, económica, social y cultural (entendiéndose esta última en el más amplio sentido de evidenciar un pueblo dormido obediente y miedoso resultado de 30 años de leyes de educación que nunca premiaron la excelencia) que padece España, donde estamos a un tris de ver liquidados todos los pactos transversales que nos situaron como una de las democracias de mayor calidad del mundo. La España del gran pacto democrático del 78. Por todos es sabido que, desde tiempos ancestrales, siempre se ha podido dominar a los espíritus más pequeños con terribles augurios y grandes números, y así estamos, acoquinados, acusándonos unos a otros sin atrevernos ni a saludarnos por la calle. Somos los vasallos perfectos y, desgraciadamente, muy pocos de nosotros somos capaces de eclipsar el miedo a base de coraje y humildad.

Me va a hacer falta mucha infusión de cardo de éste que he cogido en el solar para que no me de un jamacuco hepático ante el panorama desolador que tenemos con esta clase política, tanto los gobernantes como la oposición. Los unos por lograr el botín más preciado del poder absoluto, y los otros por intereses tácticos de partido que olvidan a quienes representan, han votado casi por unanimidad a favor de prorrogar el estado de alarma, de restringir las libertades, de evitar el control parlamentario, de retrasar enfrentar responsabilidades y de poner palos en las ruedas a ese tercio de españoles que queremos levantar la persiana y ponernos a trabajar. Una clase política que por oscuros intereses económicos (está por aclarar la millonada de compras de material sanitario que se han llevado unos intermediarios sin experiencia, todos ellos vecinos de la zona de la Roca del Valles, pueblo natal del ministro Salvador Illa) o por intereses políticos, eligió encerrarnos en vez de protegernos, eligió el confinamiento general y la paralización económica en lugar de hacer test masivos y confinar únicamente a quienes estuviesen afectados. Una clase política que nos pone ante la trampa moral de hacernos escoger entre la seguridad sanitaria entendida de forma absolutista o la quiebra económica. Una clase política que insulta a la inteligencia negando la inviabilidad económica de los negocios, ahora doblemente endeudados, incapaces de mantener gastos al 100 % con recaudaciones del 5 % .“El que no esté cómodo que no abra”… En fin... Una clase política a la que sólo le interesa generar la sensación de que es posible que 47 millones de españoles puedan sobrevivir económicamente gracias al magnánimo asistencialismo del gobierno y a su mesiánico mensaje de no os preocupéis yo os arreglo la vida. ¿Ah sí? ¿Me explica cómo?
No hay alternativa en el poder, pero empiezo a notar un rumor, un run run, algo se mueve en la sociedad civil de manera inconexa pero general: autónomos, profesionales liberales, trabajadores, empresarios, ciudadanos medios, gente sin cuota de poder, de esa que no pisa moqueta y que hasta ahora había delegado inocente la gestión de sus vidas y economías, ha perdido la fe y está perdiendo el miedo. Se está quitando la mascarilla, ha decidido aprender a vivir con este virus que va para largo.

Decía Schopenhauer que, tarde o temprano, quien ha perdido la esperanza termina perdiendo el miedo. Ese es mi caso porque a la fuerza ahorcan. Me voy a hacer un té de Cardo Mariano a ver si se me pasa.
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