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En Memoria de Publio Cordón, mi padre

miércoles 01 de julio de 2020, 04:00h

GRAPO secuestró y asesinó a mi padre Publio Cordón en junio de 1995. Sólo esta afirmación, después de 25 años, sigue sin ser una realidad palpable al no haberse encontrado su cadáver. No ha sido posible esclarecer las circunstancias reales de su muerte, tan sólo hemos contado con los testimonios de sus asesinos, y no se han podido depurar responsabilidades a todos los implicados en aquel delito. Un delito que no fue cosa de dos, sino un acto perpetrado por una banda terrorista perfectamente organizada cuyas acciones acumulan más de 80 víctimas. Un grupo organizado que sostiene una ideología, la del partido comunista de España reconstituido, unos antisistema (del 78) que hoy están en escena disfrazados de podemitas, raperos y de falso victimismo.

A todos esos comunistas y antisistema que se rasgan las vestiduras por la “justicia” social me gustaría contarles que Publio Cordón, mi padre, fue un niño pobre que quedó huérfano de padre tras la guerra civil, por cierto, un padre republicano (izquierdista) y maestro de pueblo. Fue un niño que tuvo que abandonar su aldea, de la mano de su madre y su hermana para evitar morir de hambre y frio. Creció en Zaragoza viendo como su joven madre, Benita Munilla, salía cada madrugada invernal envuelta en un abrigo remendado de lana para atender varios empleos y poder sacarles adelante a él y a su hermana Ester. Fue un niño que nos contaba cómo sufría por no poder ayudar económicamente en casa y tener que centrarse en los estudios que su madre pagaba con sudor. Alguien de quien se reían en clase porque sus libros de texto eran copias hechas a mano, alguien que a los 10 años juró que perseguiría el éxito y que trabajaría sin descanso para que a su familia nunca más le faltara de nada.

Era carismático, pertenecía al pueblo, comenzó su lucha por la seguridad económica vendiendo seguros de puerta en puerta por todo Aragón y la Rioja a los 16 años. En mil ocasiones fracasó, recibiendo un portazo en las narices, y otras tantas consiguió vender. Era un joven optimista, un entusiasta imparable, a quien el trabajo duro y los contratiempos nunca lograron tumbar. “Sólo fracasa el que se rinde” era su lema. Una vez nos contó cómo logró vender su primera póliza de seguros a un concesionario de coches en la que todos los empleados firmaron, ganó 7.000 pesetas de las de entonces, volvió a su casa dando saltos de alegría y, al llegar, colocaron las siete mil pesetas en el suelo de la cocina en forma de círculo para bailar dentro juntos su madre, su hermana y él.

Gracias a la insistencia de su madre, estudió con la élite de la ciudad, hizo amigos y enemigos. Descubrió que, si brillaba en los estudios, se ganaba el respeto social y nunca dejó de formarse y superarse a sí mismo, trabajaba y estudiaba al mismo tiempo y llego a acumular cuatro carreras universitarias y un master en IESE; ésa fue su manera de dar las gracias al esfuerzo de su madre. Fue un hombre empático que hizo del esfuerzo, el trabajo, y hacer el bien sin mirar a quien la filosofía que siempre le acompañó y el caldo de cultivo que me ha acompañado en todos los actos de mi vida.

A los terroristas que, en aras de una “justicia social”, retuvieron a ese “capitalista” para “expropiarle” lo que él había “robado al pueblo” les diría que él era el pueblo y que todo lo que consiguió fue colándose en el mundo de la economía del libre mercado y ganarles la partida con sus propias reglas. Que fue un hombre sin resentimiento ni prejuicios por sus orígenes y fue un joven enamorado que conquistó el amor de Pilar, la mujer de su vida. Una chica de familia bien que seguramente encarnaba todo aquello que los “indignados y podemitas” detestan. Pilar Muro, la hija de un médico que además fue jefe de la Falange aragonesa (derechista), se fijó en él. Una bellísima artista, intuitiva, progresista, y poseedora de un gran carácter con ese puntito rebelde y bohemio, necesario para dejar todo de lado y entregar su vida a ese “loco” que se quería comer el mundo. Juntos crearon una familia maravillosa de cinco hermanos. Mi familia.

A pesar de crecer en la prosperidad nos educaron en la austeridad y en el valor del sacrificio personal y los logros personales para lograr la felicidad. Nos enseñaron que la ideología, las ideas y el estatus social o económico nunca están por encima de las personas. En mi casa siempre se fomentó el espíritu crítico, las diferentes caras de la verdad, el valor de las ideas propias y se antepuso el mirar a los ojos a las personas para ver el alma de quien teníamos delante, a cualquier prejuicio sectario que cataloga personas y fomentan el odio irracional. Esos prejuicios, que tan de tendencia están hoy en día, con los que los líderes manejan a la masa ingenua.

Ambos, Publio y Pilar, unidos lucharon por proporcionarnos el privilegio que era nuestra vida y, juntos también, soportaron pruebas terribles como la pérdida de su primogénito, mi hermano mayor.

A mi padre, ese hombre genial, y muy querido, que con su impulso creó empleo y riqueza para miles de familias, tres encapuchados le esperaron en su carrera de running diario en las afueras de su casa y, el 27 de junio de 1995, lo secuestraron. Parece ser que él vio el peligro cuando se acercaron, intentó escapar, le persiguieron, le derrumbaron, le metieron en una furgoneta a golpes y se lo llevaron. Nunca más lo vimos.

GRAPO, los terroristas que aparecían y desaparecían de la escena desde los años 70, querían una España comunista, pero no la de Santiago Carrillo, sino una sometida, sin democracia ni libertad, una dictadura bolchevique sin elecciones ni Constitución del 78 ( como la quería el padre de Pablo Iglesias del FRAP) … y también querían su dinero capitalista, claro. No respetaron su vida ni durante el tiempo que nos costó reunir y entregarles 400 millones de pesetas que no teníamos. Lo tuvieron en un zulo bajo unas escaleras en el que no se podía estar de pie, sufrió, imploró por su vida. Durante su cautiverio fue encadenado en un armario del que salía sólo cada ciertas horas a estirar las piernas. Dicen los asesinos de mi padre, que él intentó escapar en un despiste que tuvieron, que se cayó de un balcón al suelo, con el golpe se partió la espalda y se quedó tetrapléjico, no se podía mover. Yo creo que ellos le mataron. Contaron que, al no saber qué hacer y no recibir instrucciones de la cúpula de la banda en Paris, lo arrastraron al zulo, lo encerraron y le dejaron morir arrinconado “aullando como un perro” (palabras textuales del juicio) con la espalda partida.

Ese fue el final del huérfano de Soria que soñó con la prosperidad de su familia.

Somos un país de poca memoria, y de sensibilidad anestesiada, no sé si por el exceso de información con el que se nos asedia o por falta de capacidad de análisis crítico. Si mi padre hoy levantara la cabeza habría oído rimas de jóvenes raperos, que no saben de lo que hablan, celebrando su tortura. habría sido testigo de cómo hoy los simpatizantes y familia de sus asesinos ( GRAPO y sus primos hermanos de FRAP) son miembros de un gobierno que precisamente busca eso, acabar con las bases de la democracia del 78, con la independencia de la justicia y por tanto con la libertad individual que tanto costó ganar (la verdadera, la que deja hablar, no la de Jorge Javier Vázquez, ni la de tweeter que censura a un guardia civil por pedir un recuerdo a las víctimas de asesinatos atroces antes que celebrar la bandera Gay) . Y yo me pregunto, si no tenemos memoria de lo ocurrido, si no recordamos a los asesinados y por tanto a sus asesinos ¿Qué lección estamos dando en España? La lección es que, si una banda mafiosa inventa un motivo romántico para hacer del crimen su modus vivendi y presiona al gobierno con terror y constancia durante años, se va de rositas y llega al poder.

No sé qué enfermedad mental lleva al ser humano a pensar que su ideario justifica segar vidas. En estos veinticinco años de espera, juicios y mentiras de asesinos y abusones impíos que no merecen ni la justicia de las leyes sólo me queda apelar a su humanidad, si es que les queda algo. Ya que robaron a mi padre la dicha de ver brillar a sus nietos bajo el influjo de su ejemplo; ya que dejaron morir a mi abuela, su orgullosa madre, sin saber qué fue de su hijo, y ya que nos negaron la compañía de aquel hombre tan inspirador que planeaba retirarse a gozar de sus años más dulces y dorados, confiesen la verdad, que nos sea posible darle un entierro digno, un poco de árnica para el alma, hacer nuestro duelo y cerrar esta herida sangrante.

(Basado en mi colaboración en el libro Memorias del terrorismo en España de Raul López Romo)

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