«Gafapasta» se llamaba a los culturetas que iban a los cines de «arte y ensayo» en los años 80. En ellos se proyectaban películas «intelectuales», que era el título al que aspiraban los gafapastas. Si uno quería divertirse iba a ver Tiburón, o La Guerra de las Galaxias, pero si estaba en Madrid, y quería parecer un intelectual (algo que favorecía las posibilidades de apareamiento), debía acudir puntualmente a los cines Alphaville de la Plaza de los Cubos, y luego a los Renoir. Quizás lo más parecido en Palma fueran los Chaplin, aunque más tarde el relevo lo tomó el CineCiutat de S’Escorxador.
En los cines de arte y ensayo uno podía ver, por ejemplo, toda la filmografía de Godard, y si sobrevivía al intento podía considerarse gafapasta Premium. No era fácil, desde luego. La Nouvelle vague francesa se empeñó en inventar el cine, y algunas cosas le quedaron bien y muchas otras muy mal. El caso de Godard es de los más extremos, porque en sus películas prescindía de los aspectos burgueses de la vida (incluida la razón) y dejaba únicamente el sexo y el comunismo como propulsores de la acción; el resultado es que da la impresión de que sus personajes padecen cierto retardo. Prueben ustedes a ver Pierrot el Loco en Filmin (plataforma gafapasta por excelencia) y verán a qué me refiero.
Afortunadamente en los cines de arte y ensayo también aceptaban el neorrealismo italiano. Y como los italianos no se toman nada en serio, a veces encontrabas películas de Dino Risi o Mario Monicelli. Esto presentaba un grave problema para el gafapasta, que (a diferencia de los italianos) se tomaba su tarea con mucha seriedad y se resistía a reírse en el cine. Cuando en el Alphaville se programó Zelig, una película de Woody Allen con formato de documental, la gente tardó un buen rato en aceptar que era una película cómica. Antes de la primera carcajada los espectadores miraron nerviosamente a su alrededor, porque una risa inoportuna podía demostrar que no eras un intelectual sino un burro. En fin, estas cosas.
Una de estas películas gafapasta era La balada de Narayama (véanla; es buena y también está en Filmin). Nos cuenta el trato, poco amable, que se dispensaba a los ancianos en el Japón rural del siglo XIX. En la aldea en la que se desarrolla la historia, dada su insuficiencia crónica de recursos, sus habitantes saben que, al llegar a la vejez, serán abandonados en el monte Narayama para esperar su muerte. En su momento la visión de la película era perturbadora, pero ahora es más preocupante aun darse cuenta de que la ancianidad está establecida en los 70 años, cifra que ya no es tan remota como entonces.
Nuestra sociedad actual ha superado, afortunadamente, el método Narayama, pero quizás nos hemos pasado un poco y el péndulo se ha desplazado al otro extremo. Un ejemplo. Normalmente un gráfico que presente la renta disponible por tramos de edad muestra una joroba con la punta en el correspondiente a 50 años. Pues bien, en España, es una línea recta en la que la mayor renta disponible se concentra en el tramo de los jubilados. La explicación, obviamente, está en las generosas pensiones. Como saben, el nuestro es un sistema de reparto en el que las cotizaciones actuales de los trabajadores deberían pagar las pensiones actuales. Esto no es así, y el déficit anual de las pensiones contributivas alcanza los 60.000 millones de euros. El economista Jesús Fernández Villaverde ha calculado cuál tendría que ser la Tasa Interna de Retorno (TIR) de un sistema sostenible, y ha llegado a la conclusión de que las actuales pensiones son entre un 40% y un 60% superiores. Y, en promedio, si se calcula cuál es el valor actual de lo cotizado por un pensionista resulta que, en promedio, recibe un 30% más. El sistema no es sostenible, y la concentración de riqueza en los jubilados, sumado al problema de la vivienda, hace que los jóvenes estén percibiendo una cierta rotura de la solidaridad intergeneracional; reconozcamos que no les falta razón. El pasado miércoles, el presidente Sánchez, con su desparpajo habitual llevó al Congreso un «decreto ómnibus» que incluía la revalorización de las pensiones. Todo estaba preparado para que fuera rechazado, como lo demuestra el hecho de que Pedro Sánchez, con cara compungida, grabara un vídeo para recriminar a la oposición… unas horas antes de la votación. En la tribuna de invitados a la sesión se encontraba una señora mayor que vociferó contra los diputados que votaban en contra del Decreto. Resultó que era de Izquierda Unida. No se daba cuenta de que su visión marxista de la lucha de clases está completamente obsoleta: para los jóvenes, el plutócrata con chistera y puro, imagen con la que la izquierda solía representar al poderoso, es ahora ella.





