La germanización del fútbol mallorquín arroja hasta el día de hoy un saldo claramente negativo. Más allá de haber perdido importantes señas de identidad, el desembarco de los empresarios alemanes en los dos clubs palmesanos representativos refleja con claridad que de este deporte cree saber todo el mundo, de ahí parte de su éxito, aunque de hecho no sea así.
El Atlético Baleares ha empeorado su clasificación y su juego desde que su propietario, Ingo Volkmann, decidió decapitar a Gustavo Siviero para incorporar a un entrenador teutón que no ha sido capaz de ganar al colista y a un Valencia Mestalla metido en la mitad baja de la tabla. De coquetear con el play off ha pasado a contemplarlo desde la distancia, aún no insalvable, pero si apreciable. Y eso que del primer equipo hacia abajo se ha creado una estructura aparentemente funcional.
¡Qué decir del Mallorca!. Utz Claassen invirtió casi cuatro años en erosionar las bases de la SAD hasta hacerse con el poder por rendición, pero una vez al mando no ha dado una a derechas pese a sus esfuerzos en mantener a la crítica de su lado. El recién fenecido 2015 ha sido uno de los peores años de la centenaria historia, operación de imagen y mercadotecnia utilizada, como sus propios valedores, para mantener una fuerza social inexistente. Si en términos exclusivamente deportivos mantiene un evidente coqueteo con el descenso como producto de un notorio fracaso en la dirección deportiva, pese a las injerencias presidencialistas en los despachos y vestuarios, la gestión se resume en un compendio de desaguisados, proyectos fallidos y caos institucional maquillado con la crema de una paz social obvia dada su unipersonalidad. Al contrario del criterio y la transparencia esgrimidos como estandarte cuando exhibir las cuestiones internas convenía a sus intereses, nos hemos encontrado con una huida hacia adelante para evitar el recordatorio de los objetivos incumplidos –180 propuestas para distintos departamentos, derrotas en los Tribunales, Mallorca 2020- y, aún peor, la convocatoria de una ampliación de capital cuantificada pero no explicada.
Mejor firmar en Madrid, con Robert Sarver, como garantía de ausencia de periodistas en la antesala de la notaría o a pie de calle. Lo cierto es que permanecen ocultos los detalles de un ¿negocio? al que el mallorquinismo o, repito, lo que queda de él, que no es mucho, se muestra completamente ajeno. Después que cada cual crea lo que quiera porque el Mallorca ha dejado de ser un sentimiento para devenir en puro comercio.





