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Guerra a la desinformación

miércoles 08 de abril de 2020, 00:00h

En un momento de tanta demanda de información, las fake news, las noticias falsas distribuidas por todo tipo de medios, se han convertido en una preocupación por el efecto desestabilizador que conllevan. Según estudios que publicaba este martes mallorcadiario.com, desde el 1 de febrero hasta primeros de abril, las fake news publicadas en medios en España han pasado de 170 noticias diarias a 253. De este total, 6 de cada 10 informaciones identificadas como noticias falsas tenían relación con el COVID-19.

La preocupación alcanza las autoridades, tanto políticas como policiales, hasta el punto de haber tenido que actuar ante situaciones concretas. El origen de las fake news puede estar en el mero entretenimiento, pero la mayoría de las veces -especialmente en aquellos casos que conllevan un peligro- ese origen tiene la intención de manipular la opinión pública respecto a asuntos de carácter político, económico o personal.

El entorno favorece su proliferación. De hecho, algunos estudios señalan que un 8 por ciento la población adulta está dispuesta a creer cualquier cosa que parezca plausible y que se ajuste a sus ideas preconcebidas. Además sólo un 48 por ciento de la población confía en la rigurosidad de los medios de comunicación tradicionales.

Este escenario es muy propicio para la expansión de las noticias falsas, especialmente a través de las redes sociales. Desde el 18 de marzo, Twitter ha eliminado más de 1.100 mensajes con contenido engañoso o potencialmente dañino y sus sistemas automatizados han "desafiado" a más de 1,5 millones de cuentas en todo el mundo dirigidas a discusiones sobre COVID-19 con "comportamientos de manipulación o spam".

Facebook, por su parte, estima que 60 millones de bots interactúan con su red. Su sistema de mensajería telefónica, Whastapp, anunció este martes que limitaba el reenvío de mensajes para evitar que se viralicen los bulos que algunas personas lanzan sobre el coronavirus.

Las fake news no son un delito en sí mismo. De hecho no existe tipificación penal, pero en algunos casos -si el origen está identificado- puede derivar en delitos de odio, injurias o calumnias, por ejemplo.

Las preocupación es creciente y la guerra a la desinformación se hace más necesaria en momentos como el actual. El antídoto está en acudir a medios contrastados y, lógicamente, no contribuir a difundir noticias dudosas.


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