Se conoce como “La Gloriosa” al proceso que en 1688 puso fin a la monarquía absoluta en Inglaterra y sentó las bases de una monarquía parlamentaria moderna. En ese caso no fue preciso derramar sangre para conseguir un cambio drástico. Fueron siete nobles ingleses los que, escandalizados por la forma de gobierno absolutista de su rey, mandaron una invitación a Guillermo de Orange, jefe de estado de los actuales Países Bajos, líder militar y político, acostumbrado a negociar con burgueses y hombre de la ilustración temprana, para que invadiera Inglaterra y restableciera la libertad. Hacerse con la corona no salió gratis. Guillermo tuvo que aceptar la “Declaración de Derechos de 1689” conocida como “Bill of Rights”, mediante la que se limitaban los poderes del monarca, sometiéndose al Parlamento. Fue éste el fin del “Derecho Divino”. El rey ya no gobernaba por la gracia de Dios sino que se sometía a la Ley.
Años después, Charles Louis de Secondant, Barón de Montesquieu, viajó a Inglaterra procedente de una Francia gobernada y asfixiada por el absolutismo de Luís XV y quedó fascinado por el equilibrio y el sistema de contrapesos al poder del gobierno inglés. Observó que en Inglaterra el rey no podía ser un tirano porque le frenaba el Parlamento y el Parlamento no podía ser un caos arbitrario porque los jueces eran independientes. Fruto de esa observación de reparto del poder y sus contrapesos, publica en 1748 “El Espíritu de las Leyes” posiblemente el libro más influyente de la política moderna, basado en su dogma de que “el poder debe detener al poder” y para conseguirlo es necesaria la división de poderes en tres: legislativo, ejecutivo y judicial. De esta forma nadie podría concentrar la suma del poder público.
Las ideas de Montesquieu trascendieron la teoría y fueron las que propiciaron en Francia la toma de la Bastilla, la caída del Antiguo Régimen y el reconocimiento de los derechos del ciudadano, quien deja de ser súbdito y a quien se le reconocen unos derechos individuales por el hecho de ser persona, no por el hecho de pertenecer a un colectivo o clase.
Pasados tres siglos, los diques de contención al poder y por lo tanto, a la tiranía, diseñados por Montesquieu se están desmoronando. Me sorprende al igual que me apena la involución en la que estamos inmersos. El ejecutivo actual ha matado a Montesquieu diseñando un muro identitario que nos retrotrae al absolutismo previo a “La Gloriosa”. El abuso de Decretos Leyes ha anulado al parlamento. La ley ha dejado de ser un límite para el gobernante para convertirse en su herramienta. Los señalamientos al poder judicial y constantes asaltos a la fiscalía se han orientado a que se conviertan en un apéndice del ejecutivo. El wokismo ha roto con el universalismo ilustrado, quebrándose el derecho del individuo y fomentándose la identidad grupal, devolviéndonos a una nueva sociedad estamental, la de las víctimas y la de los opresores. Es preciso que el ciudadano tome consciencia de esta realidad, para poder decidir si quiere ser soberano para regresar a la condición de siervo de un nuevo, aunque sofisticado “Antiguo Régimen”.





