Hannah Arendt escribió que “la mayor parte del mal es hecho por personas que nunca deciden ser buenas o malas”. El mejor ejemplo lo encontró en el burócrata nazi Adolf Eichmann, protagonista de su ensayo “Eichmann en Jerusalén”, quien aseguró durante su juicio que sus acciones en el Holocausto no respondían al odio a los judíos, sino a limitarse a “cumplir con su deber”. La filósofa judío-alemana, que vivió de cerca los horrores del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, sostuvo que la indiferencia, la falta de juicio crítico y la normalización del comportamiento destructivo son elementos suficientes para generar daños enormes.
En España se ha producido la conjunción de dos fenómenos cuyo encuentro produce efectos inquietantes. Por un lado, el agotamiento del régimen sanchista que, acorralado por crecientes casos de corrupción y una evidente parálisis parlamentaria, intenta sobrevivir agitando su poderosa armada mediática subvencionada. Sánchez ha llegado a la conclusión, ante su falta de pericia para gobernar y la imposibilidad de aprobar iniciativas parlamentarias, de que su supervivencia política y personal depende de polarizar al máximo a la sociedad utilizando un “relato” victimista. Pero, ante ello, se interpone el inconveniente crucial de que X (antes llamada Twitter), la principal red social de información mundial sobre temas políticos, ha dejado de estar censurada por controladores de la doctrina woke y su actual propietario, el magnate Elon Musk, ha dado carta libre para criticar duramente a la izquierda.
La desesperación causada en el Gobierno español por la confluencia de esas dos realidades ha llevado a sus asesores a acelerar su estrategia de confrontación. Por una parte, vendiendo un falsario “No a la guerra”, con el que tratan de agitar en los ciudadanos la misma reacción que hubo contra Aznar en 2003. Y por otra, resucitando el discurso del odio, para lo que precisan poner el foco en implacables “enemigos” de “ultraderecha” que amenazan la “feliz” convivencia instaurada por el sanchismo.
La última ocurrencia genial de un tipo que llegó al poder prometiendo “levantar un muro entre los españoles”, apoyado por otro que recetaba a la oposición escraches públicos de “jarabe democrático”, ha sido promover una plataforma llamada “Hodio” (con “H”), cuyo objetivo final no declarado -aparte de la farfolla oficial- es conseguir censurar las aceradas críticas que su Gobierno recibe de bien informados usuarios de la red social X, ya no controlada por las confortables consignas del izquierdismo global. Y su ariete para promocionar esta plataforma ha sido una activista vociferante llamada Sarah Pérez Santaolalla, que se inventó una agresión del periodista Vito Quiles (las imágenes grabadas en vídeo y un Auto judicial la desmienten rotundamente), a la que pasean por platós televisivos exhibiendo un falso cabestrillo y fingiéndose víctima de la “ultraderecha” por una agresión inexistente.
Es evidente que Quiles y otros ejercen un periodismo molesto, del mismo incisivo estilo que -en tiempos- pusieron de moda los reporteros vestidos de negro en “Caiga quien Caiga” del Gran Wyoming. Aunque ellos molestaban a la derecha, lo que el oficialismo considera algo “normal”. Pero también resulta palmario que inventarse burdamente una agresión coloca en lugar delicado a las víctimas verdaderas, y revela la falta de escrúpulos de un Gobierno amoral que piensa resistirse lo indecible a abandonar el poder.
Mientras tanto Santaolalla, histriónica tertuliana de 27 años elevada al estrellato por su noviazgo con el veterano periodista de TVE Javier Ruiz, disfruta de un sueldo goloso, protagonismo mediático y escolta policial antes de convertirse en un juguete roto. Cuando a Sánchez le deje de interesar la arrojará como un kleenex. Pronto aprenderá de sus crueles correligionarios lo que significa el “Hodio”.
P.D.: Poner a Sánchez a vigilar el odio es como colocar a Ábalos a controlar la castidad.
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