Vivimos una época desconcertante en la que los principios que guiaron la vida de muchos ciudadanos se han ido desvaneciendo (respeto, trabajo, perseverancia, esfuerzo, paciencia, mérito, educación, valores) y en la que nuestro país ha experimentado una sorprendente doble colonización: por un lado, la política ha colonizado todos los aspectos de la vida de los españoles y, por otro, unos parásitos carentes de moral han colonizado -con escasas excepciones- la política española.
La colonización de nuestra vida cotidiana por la política es un hecho indudable. La enorme polarización social introducida a conciencia desde los tiempos de Rodríguez Zapatero, unida al incremento de las confrontaciones promovidas por los nacionalismos identitarios, ha ido contaminando todos los estratos de la sociedad. Desde las principales instituciones del Estado hasta los núcleos familiares más sólidos se han visto gravemente afectados por una politización exagerada.
Muchos organismos públicos que antes ejercían de contrapoderes -o eran simples entes neutrales- (Fiscalía general, Ministerio de Justicia, Abogacía del Estado, Tribunal Constitucional, CIS, RTVE, empresas públicas) actúan ahora dominados por esbirros sin escrúpulos nombrados por los gobernantes para ponerlos a su servicio. A su vez, muchas familias antes bien avenidas no han podido sustraerse a un ambiente creciente de confrontación política y social que ha llegado a generar rupturas personales. Antiguas discusiones en la cena de Nochebuena van desapareciendo porque muchos familiares con ideologías diferentes ya no pueden juntarse a cenar.
También la actividad política se ha ido colonizando con lo peorcito de nuestra sociedad. Mediocres sin formación ni mérito suficiente -aparte del peloteo al jefe- ocupan los principales cargos del Estado (ministerios, puestos intermedios, empresas públicas) mientras legiones de personajes sin oficio conocido en la actividad privada -con una trayectoria dedicada a ser carne de partido- esperan ser colocados cuando los suyos alcancen el poder. Y, además, otra banda de farsantes, teóricos odiadores del Estado español (independentistas, comunistas, exterroristas, anticonstitucionalistas, republicanos radicales, antisistemas), viven a cuerpo de rey de sus sueldos y plazas funcionariales dedicando su confortable vida a intentar destruir al Estado que les paga.
España no se puede permitir mucho tiempo más esta dramática situación. Cuando desparezca la pesadilla sanchista no será suficiente una alternancia rutinaria. Será urgente reformar la Constitución, modificar la Ley electoral eliminando el chantaje incesante de los nacionalistas, reducir la ineficacia y el clientelismo en nuestras hipertrofiadas Administraciones públicas, reformar la Justicia para hacerla verdaderamente independiente, revisar la financiación de los entes públicos y los medios de comunicación, limitar el poder abusivo de la Agencia Tributaria y reformar íntegramente el control del gasto público, el sistema impositivo y la Seguridad Social.
Habrá que prestigiar además la incorporación a la política de buenos profesionales del sector privado, pagándoles lo que su rendimiento merezca y evitándoles costes reputacionales, para que la actividad pública deje de estar en manos de funcionarios y gente de las canteras de los partidos políticos que nunca han trabajado en el mundo real en toda su vida.
O hacemos todo eso o España desaparecerá. Será ahora o nunca.
P.D.: Les deseo que tengan todos un feliz 2026, en el que ojalá podamos librarnos de algunas garrapatas que amenazan gravemente nuestra convivencia.





