“En el corazón de una época que parece deslizarse hacia una realidad cada vez más automatizada, Francisco ha dejado como tema abierto a su sucesor la transformación más radical de nuestro imaginario contemporáneo: la inteligencia artificial. En este paso del pontificado se abre un debate que no solo concierne a la tecnología, sino a la propia definición de lo que significa ser humano en una era de máquinas pensantes. Ante la tentación de reducir la vida humana a datos y algoritmos, la Iglesia está llamada a custodiar la dimensión irreductible de la persona: la libertad, la conciencia, el misterio” (Antonio Spadaro, s.j., RD y Da Francesco a Leone, EDB, 2025).
En este orden de cosas, me atrevería a sugerir que tal misión, según el magisterio de Francisco (Homilía de 7.02.2017; cf. Delgado, La despedida de un traidor, págs. 166-172), va mucho más allá del cristiano. Creyente o no, adscrito a la ideología que sea, el ser humano está llamado a custodiar y completar la obra de la casa común (Sab 9, 2-3; Gaudium et spes, n. 16), la obra de la creación (cf. Ernesto Juliá, El hombre al cuidado de la creación), la obra de la naturaleza (Francisco, enc. Laudato sí, 24.05.2015), la obra del planeta y de todos sus habitantes (Gen 2,15). Es una responsabilidad frente a la que, en más ocasiones de las deseadas, solemos comportarnos como si no fuera con nosotros. Y ello, a pesar de que está en juego nuestro propio destino.
Es evidente la capacidad humana de construir herramientas. Es la historia misma del hombre y de la civilización (cf. Francisco, Disc. de 14.06.2024 en el G-7). Ahora tenemos ante nosotros una herramienta muy especial, muy compleja, fascinante e inimaginable. Es ‘el genio contemporáneo’ (Jeanette Winterson). “La llegada de la inteligencia artificial representa una auténtica revolución cognitiva-industrial, que contribuirá a la creación de un nuevo sistema social caracterizado por complejas transformaciones de época” (Francisco).
La experiencia acredita que no siempre el uso de las herramientas, que nos hemos dado, ha ido dirigido al bien. “Es más, no pocas veces, precisamente gracias a su libertad radical, la humanidad ha pervertido los fines de su propio ser, transformándose en enemiga de sí misma y del planeta” (Ibidem. Cf. enc. . Laudato sí, 24.05.2015, nn. 102-114). “Condenaríamos, prosigue el papa argentino, a la humanidad a un futuro sin esperanza si quitáramos a las personas la capacidad de decidir por sí mismas y por sus vidas, condenándolas a depender de las elecciones de las máquinas. Necesitamos garantizar y proteger un espacio de control significativo del ser humano sobre el proceso de elección utilizado por los programas de inteligencia artificial. Está en juego la misma dignidad humana” (Francisco, Disc. al G-7). Los riesgos, en consecuencia, también son evidentes y, en cierto sentido, aterradores.
No es extraño que Stephen Hawking haya dicho: “El éxito en la creación de inteligencia artificial sería el evento más grande en la historia de la humanidad. Desafortunadamente, también podría ser el último, a menos que aprendamos cómo evitar los riesgos”. Mensaje preocupante que, con tales palabras, hizo suyo el papa Francisco a la vez que se preguntó: “¿Es esto lo que queremos?” (Disc. 22.06.2024, Fund. ‘Centesimus annus’).
A mi entender, la clave del futuro del desarrollo, diseño y uso de la IA gira en torno a una muy pertinente y sencilla pregunta: “¿Para qué sirve la IA? ¿Sirve para satisfacer las necesidades de la humanidad, para mejorar el bienestar y el desarrollo integral de las personas, o sirve para enriquecer y aumentar el ya elevado poder de unos pocos gigantes tecnológicos a pesar de los peligros para la humanidad? Y esa es la cuestión de fondo” (Ibidem). Pero, ¿cómo conseguirlo y garantizarlo de modo eficaz?
La consecuencia que se impone es obvia: La IA ‘debe ser un instrumento al servicio de la humanidad y no un fin en sí mismo’ de tal forma que ‘su desarrollo y uso deben respetar incondicionalmente la dignidad de la persona humana’ y así eludiremos el riesgo de que ‘la IA deshumanice nuestras sociedades’ (https://adn.celam.org/las-12-frases-de-francisco-sobre-inteligencia-artificial-un-llamado-a-los-lideres-del-mundo/).
En su mensaje al Foro Builders IA 2025 (6.11.2025), León XIV, al referirse a la IA , extiende su mirada interior “no sólo lo que la IA puede hacer, sino en quién nos estamos convirtiendo a través de las tecnologías que desarrollamos” (https://iglesiaactualidad.wordpress.com/2025/11/07/mensaje-del-santo-padre-a-los-participantes-en-el-builders-ai-forum-2025/). Hay, por tanto, una referencia necesaria a la dimensión ética tanto en su desarrollo y diseño como en su uso. La dignidad humana ha de situarse en el centro mismo del desarrollo y uso de la IA.
Lo diré con palabras de Antonio Spadaro: “En el fondo, la verdadera cuestión no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué queremos hacer nosotros con ella”. Cierto.





