Antonio Maíllo, coordinador federal de IU, cree que la marca Sumar no aglutina al electorado y que hay que buscar un nuevo sello para este espectro político de la extrema izquierda. La historia no es que no sea nueva, es que es la misma rondaia de siempre.
El Partido Comunista se convirtió durante el franquismo en la estructura más sólida de oposición clandestina al régimen, en aquellos años que median entre 1939 y comienzos de los años 70, en los que el PSOE estuvo completamente desaparecido y su penetración social entre la clase trabajadora era meramente testimonial. Tampoco es que esa oposición gozase de un gran apoyo entre la sociedad, como el revisionismo pretende hacernos creer, pero, al menos, los comunistas se movían en círculos obreros de las grandes capitales y entre la intelectualidad.
Pero, en plena Transición, el PCE comprobó pronto que el electorado de izquierdas de nuestro país no lo era tanto con Franco sepultado, y que la alternativa al centroderecha surgido de las entrañas del propio franquismo reformista no era el travestido eurocomunismo de Carrillo, sino la socialdemocracia que, bajo las siglas del PSOE, encarnaba Felipe González.
Aun así, los comunistas siguieron llamándose comunistas hasta 1986, cuando sus dirigentes asumieron que el término que los definía provocaba rechazo en amplias capas de la población española. Desde ese primer encuentro en el despacho de Cristina Almeida en abril de 1986 en que nació como coalición, la extrema izquierda española vive de engañar al electorado acerca de su verdadera naturaleza. El pretexto fue aglutinar a toda clase de grupúsculos, supuestamente a la izquierda del PSOE -desde Los Verdes hasta el Partido Carlista, ahí es nada-, para tratar de ganar presencia parlamentaria, algo que solo consiguió, efímeramente, con la eclosión efervescente de Podemos, que duró lo que los españoles tardaron en verle la patita a Pablo Iglesias y su troupe.
Izquierda Unida, Podemos, Unidas Podemos, Sumar y decenas de marcas menores pretenden el blanqueamiento de la ideología totalitaria que anida en sus dirigentes, es decir, el comunismo de siempre, aderezado, eso sí, por sus lazos con el islamismo radical, el antisemitismo más zafio y la amistad con toda clase de sátrapas y dictadores enemigos de la democracia parlamentaria y de Occidente; desde Daniel Ortega, Díaz Canel y el reo Maduro, pasando por Vladimir Putin, Jamenei, Xi Jinping, etc. Vamos, lo peor de la humanidad. Una gran carta de presentación.
He leído por ahí que estos woke o wokistas actuales son los nietos tontos de los comunistas de toda la vida. Quizás sea así en lo que a nivel intelectual se refiere, pero no por lo que hace a su maldad. Son exactamente iguales.





