Durante los últimos diez días, las calles de las principales ciudades de Balears, especialmente Palma, han sido testigos de un número inusual de manifestaciones y concentraciones. Históricamente, la protesta ciudadana en lugares públicos ha sido algo excepcional en Mallorca, quizá por el caracter propio de las islas. Extraordinariamente numerosas fueron hace años las manifestaciones en Palma por el asesinato de Miguel Ángel Blanco o contra la aplicación del TIL, que sacó a las avenidas 100.000 personas el 29 septiembre 2013. Han sido casos aislados en una sociedad poco inclinada a este tipo de exposiciones públicas.
Quizá por eso, y salvando las distancias por la trascendencia de los hechos, no deja de llamar la atención la cantidad de concentraciones de los últimos días. En poco más de una semana hemos visto en Palma manifestaciones de los ecologistas contra el Govern, de los que apoyaban el referéndum de Cataluña, de los agricultores y cazadores contra leyes supuestamente medioambientales, de quienes apoyaban a la Policía y la Guardia Civil, de animalistas contra la política de Cort, de soberanistas por el derecho a decidir, de constitucionalistas a favor de la unidad de España (dos veces), de ciudadanos de blanco por el diálogo entre Madrid y Barcelona, y, como no, de ciudadanos contra la masificación turística. Un menú para todos los gustos concentrado en pocos días y en las mismas calles.
Es difícil afirmar que estas manifestaciones signifiquen una movilización general de la sociedad mallorquina. Es más que probable que muchos de estos manifestantes hayan estado abonados a varias de las protestas: antituristas con ecologistas, constitucionalistas con los que apoyan a las fuerzas policiales, soberanistas con los que reclaman diálogo... Esto no es nuevo. No hace muchos años, una pocas decenas de personas conformaban el cuerpo social de una veintena de 'plataformas cívicas' que pretendían influir en asuntos urbanísticos, culturales o políticos. Daba la impresión que tras la pancarta, la que fuera, estaban siempre los mismos.
Ahora no es así. Porque aunque no sean muchos, sí hay elementos nuevos, en Balears y en otros puntos de España. Parece producirse un giro en la práctica habitual. Quizá estemos ante un cambio en la forma de relacionarse de los ciudadanos con aquellos que toman las decisiones. Una novedad a la que probablemente nos tenemos que ir acostumbrando.





