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Libertad o liberticidio

Por Gabriel Le Senne
jueves 03 de octubre de 2019, 04:00h

Por lo visto, el otro día en la Nit de l’Art había un espacio donde se podía escribir en las paredes, y la socialista Francina Armengol, en visita oficial, decidió escribir simplemente “libertad”. Como me parece curiosa su elección, y hasta es posible que ella misma se crea que defiende la libertad, convendrá definirla.

Una primera acepción, que además es la relevante en política, es lo que los escolásticos denominaban libertas a coactione: libertad como ausencia de coacción, es decir, que nadie más que nosotros decida qué hacemos. Esta es la libertad que tradicionalmente defiende el liberalismo. Y para asegurar esta libertad, es imprescindible una cierta independencia económica, lo que la conecta con la propiedad privada: no se puede ser libre cuando tus ingresos dependen de la decisión discrecional del poder. Por eso quienes todo lo que tienen es un salario como cargo público o asesor en un partido, ayuntamiento, consejería, observatorio, oficina o cualquier otro organismo público o semipúblico, o en una asociación ecologista, LGTBI o feminista, que a su vez depende de las subvenciones públicas, se convierten en esbirros a sueldo sin posibilidad de discrepar. Sólo cuando uno tiene algún patrimonio o profesión que le permita ganarse la vida por su cuenta, puede permitirse decir lo que piensa y dar un portazo si se harta. Por esto es esencial, para la libertad general de la ciudadanía, permitir el ahorro y la consolidación de un patrimonio. Cosa que es muy difícil hoy con los impuestos y trabas que soportamos.

A esto el llamado progresismo opone que quien nada tiene no puede ser libre, porque su falta de medios económicos no le permite desarrollar su proyecto vital. Y creo que un liberal puede estar de acuerdo en que el Estado ayude a quien no pueda ganarse la vida por sus propios medios, pero siempre con las debidas cautelas para no incentivar el vivir de la sopa boba sin dar palo al agua. Hasta lo dijo San Pablo: “quien no trabaje, que no coma”. Siempre que esté en condiciones de trabajar, claro.

La diferencia esencial entre ambos es que la libertad es un derecho negativo inherente a la persona, y que el Estado sólo reconoce y protege: yo tengo derecho a que nadie me coaccione, y el Estado tiene el deber de garantizarlo. Mientras que la ayuda estatal es un beneficio social, que dependerá de los recursos disponibles y de las normas que se aprueben, pero que la persona no tiene per se. La libertad se trata sólo de que no me la quiten, mientras que la ayuda me la tienen que dar.

Esto en cuanto a la libertad política. Profundizando un poco más, hay una libertad interior (libertas a necessitate) que podemos cultivar independientemente de las circunstancias exteriores. Ya los estoicos destacaban la importancia de fomentar la virtud y el esfuerzo. Mi padre me decía cuando era pequeño que siempre me guiaba por la ley del mínimo esfuerzo. El sofá y el dolce far niente ejercen una poderosa atracción, y si nos dejamos dominar podemos acabar siendo incapaces de hacer nada útil, desistiendo ante la más mínima dificultad. Por poner sólo un ejemplo.

Una definición muy interesante y profunda de la libertad es que es “la capacidad para hacer el bien”. Porque cuando utilizamos nuestra libertad para el mal, frecuentemente engañados por una apariencia de bien, en realidad nos sometemos a esos vicios que nos van dominando, y nos van haciendo incapaces para el bien. Así, cuando preferimos los videojuegos al estudio, por ejemplo, nos enganchan, dificultando cada vez más cumplir nuestro deber, que es nuestro verdadero bien. O si nos damos a la promiscuidad y las relaciones superficiales y vacías, por miedo al compromiso. O tantas otras cosas.

Asumir compromisos no limita nuestra libertad, sino que es su uso natural. Si aceptamos un empleo, o nos casamos o tenemos hijos, luego no podremos hacer lo que nos venga en gana, pero no somos menos libres por ello: ejercitando nuestra libertad hemos asumido compromisos voluntariamente, y a partir de ahí nuestra libertad, nuestro bien, consiste en cumplir esos deberes libremente aceptados. Y no por obligación, sino por amor a Dios, al prójimo y a uno mismo, pues sin asumir compromisos uno quizás haga lo que le apetezca en cada momento, pero no será realmente libre, ni crecerá como persona. Será esclavo de sus apetencias, de su inconsistencia. No me resisto a recordar que como decía Lord Acton, "la libertad supone no estar sometido al control de los demás; esto requiere control sobre uno mismo”. Y Edmund Burke: “los hombres de mentes intemperantes no pueden ser libres; sus pasiones forjan sus grilletes”.

En cuanto a Armengol, pues le convendría analizar si sus políticas favorecen de verdad la libertad, en las dos acepciones examinadas. Yo diría que son más bien liberticidas.
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