Nadie puede negar la encomiable labor a favor de los más desfavorecidos que ha llevado a cabo Jaume Santandreu en Can Gazà. Los marginados sociales han tenido una oportunidad gracias a Santandreu, que les ha dado comida y cobijo a cambio de su trabajo. Esto es muy importante, porque no se trata de limosna, sino de dignificar a la persona a través de su trabajo y de su aportación a un proyecto colectivo como Can Gazà. Sin embargo, las propietarias de Sa Casa Llarga, después de ceder durante 6 años el recinto, han decidido recuperarlo y echar de allí a Jaume Santandreu y a los excluidos sociales con los que ha trabajado durante muchos años.
Sastre ha protagonizado una acción propagandística encadenándose a la puerta de Can Gazà. Él sabe perfectamente que quienes le cedieron Sa Casa Llarga tiene todo el derecho sobre la propiedad. Su acción es más de rebeldía que otra cosa, aunque debiera primar la gratitud por todos estos años que han disfrutado de la casa. Es cierto que la han rehabilitado y que está en mejores condiciones que ellos la recibieron, pero ese no es el dilema. La cuestión está en encontrar una nueva ubicación para los excluidos sociales de Can Gazà y para el alma mater del proyecto: Jaume Santandreu.
Las Administraciones Públicas deben apoyar en la medida de lo posible a Sastre y tratar de encontrar una solución a este problema. Se trata de auxiliar a quienes nada tienen, a aquellos que la sociedad rechaza, a los que Santandreu dignifica a través del trabajo. Se trata de que Can Gazà pueda seguir su tarea de apoyo a los más desfavorecidos. No se puede abandonar a su suerte a los excluidos de Can Gazà.





