Hace unas semanas asistí a la conferencia del profesor Javier Monserrat S.J. sobre el obispo Bernat Nadal, que intervino en las Cortes de Cádiz donde se aprobó la Constitución de 1812, la famosa Pepa, primera constitución española, dentro del ciclo que la Real Academia Mallorquina de Estudios Históricos, Genealógicos y Heráldicos está dedicando al segundo centenario del Trienio Liberal (1820-1823).
A raíz de una acertada pregunta, el Dr. Monserrat hizo algunas reflexiones de política general en las que hizo notar su condición de profesor de Filosofía Política. Para el conferenciante, el liberalismo del siglo XIX significa el cambio desde el Antiguo Régimen, en el que el soberano, o sea, quien manda, es el rey, a lo que puede denominarse la Modernidad, donde el soberano pasa a ser el pueblo, la nación. Es decir, simplificando, el origen del liberalismo sería el deseo del pueblo de participar en el poder político. Suena bien, ¿no? Hoy nos parece evidente que todos tenemos derecho a participar en la toma de decisiones políticas, puesto que a todos nos afectan. El problema, seguía el conferenciante, es que no hemos conseguido todavía que el pueblo realmente decida, sino que tenemos unos intermediarios, unos “representantes”, los políticos, que no terminan de representarnos fielmente.
Votamos cada cuatro años, pero no elegimos ni controlamos realmente la toma de decisiones, sino que quien decide casi todo es al final una sola persona o como mucho, un grupo: una oligarquía con sus propios intereses, muy distintos del interés general.
Para los escépticos de la democracia -que ante el espectáculo al que asistimos en los gobiernos del mundo supuestamente democráticos tal vez sean cada día más- sería hasta apropiado disponer algunos mecanismos de control, porque el pueblo decidiendo con total libertad sería muy peligroso. Y tienen parte de razón, porque como vemos, el pueblo puede ser engañado con cierta facilidad, más aún con las nuevas tecnologías. Pero yo lo veo al revés: los problemas podrían superarse con unas instituciones y una cultura realmente democráticas.
Me decía esta semana mi amigo de Facebook Baldomero Castilla Roldán que la democracia tiene dos reglas: representación política y separación de poderes. Y esto solo se consigue con dos elecciones separadas: una para elegir a nuestro representante político, y esto solo es posible con un sistema electoral uninominal por distrito y a doble vuelta, y una segunda elección para designar al presidente, al jefe del Ejecutivo, en un distrito nacional con todos los españoles. La propuesta es muy interesante, y algún partido -o aún mejor, coalición- realmente dispuesto a regenerar la política debería recogerla. Sin duda cambiaría radicalmente a mejor nuestro país. Los ciudadanos debemos demandar de los partidos este tipo de propuestas y exigir luego que las cumplan.
Pero hete aquí que el debate político en España no gira precisamente en torno a cómo mejorar nuestra democracia, sino que estamos asistiendo impotentes a un proceso por el que el Gobierno se está “empoderando” (ahora sí encaja este palabro): está acaparando todo el poder, invadiendo todas las áreas. Va a dictar cómo debe ser la educación de los niños, privando de libertad de elección -la poca que les quedaba- a los padres; trasladar la fase de instrucción de los delitos desde los jueces a los fiscales (y ya saben qué dijo Sánchez: de quién depende la Fiscalía, del Gobierno, pues ya está); determinar cuál es la verdad histórica de la Guerra Civil, sancionando a quien lleve la contraria; decirnos qué debemos comer, en qué idioma debemos hablar. Y un largo etcétera.
Hoy el debate político, como hace doscientos años, sigue girando en torno a quién detenta el poder: el liberalismo propone devolvérselo al ciudadano en todo cuanto sea posible, mientras que el socialismo se inmiscuye en todo, reduciendo el ámbito de la libertad individual hasta eliminarla por completo en los países completamente socialistas. Pero ¿quién manda en los países totalmente socialistas? El partido y, al final, el líder supremo: Xi Jinping, Kim Jong-Un, Maduro... ¿Sánchez? Así que, miren por dónde, estos regresistas nos conducen de vuelta al Absolutismo, sólo que peor, porque su trono ni siquiera tiene el freno del altar. Los socialistas (presentes en todos los partidos) son los nuevos absolutistas, y sus loas a lo público en Twitter mientras piden #FuegoAlClero y a todo lo privado son el moderno ¡vivan las caenas!





