Cuando uno oye hablar de Majorica, la fábrica de perlas orgánicas que, desde 1890, imita en Mallorca el proceso de producción de las perlas cultivadas, se imagina un lugar muy mecanizado. La sorpresa es mayúscula cuando, de visita, se descubre que las perlas nacen de un trabajo básicamente artesano.
Hay manos en esta factoría mallorquina, ubicada en Manacor, que llevan 40 años dedicándose a la manufacturación de perlas orgánicas que visten de lujo cuellos nobles y plebeyos, autóctonos y foráneos.
En la sala de fusión, Flor Massot, la guía que descubre, en un viaje para periodistas organizado por la editorial Espasa, las entrañas de esta fábrica centenaria, los artesanos moldean el cristal opalino, la materia prima de Majorica.
Cuando la perla ha tomado su forma redondeada, es el momento de pasar a la sala de baños, donde la gema adquiere color y brillo con diferentes capas como el extracto de nácar, que se obtiene de elementos orgánicos marinos, entre ellos las escamas de pescado.
Entre capa y capa, unas máquinas giratorias recubiertas de esponja pulen las piedras. En una última fase, los joyeros combinan las perlas con plata, cuero, oro y otros materiales para hacer de cada diseño algo especial y novedoso, “la reinvención” ha sido el secreto de supervivencia mejor guardado de Majorica, dice Massot.
Un pasaje al mundo de las perlas
Este mundo de historia y perlas, acompañado siempre de un inusitado exotismo, ha inspirado a la escritora Eva García Sáenz su nuevo libro, “Pasaje a Tahití” (Espasa).

La novela relata la historia de un triángulo amoroso formado por dos hermanos mallorquines y la hija de un cónsul inglés que fundarán, en el Tahití de 1890, el imperio de las perlas cultivadas.
El pintor Paul Gauguin, el galerista francés Pierre Loeb y el padre del sistema para producir perlas cultivadas, Kokichi Mikimoto, forman la nómina de personajes reales que aparecen en esta segunda obra de la novelista vitoriana (“La saga de los longevos”, 2012)
París, Sídney, Japón o Mallorca son algunas de las localizaciones de este libro que, según define su autora, es “como un ‘Españoles por el mundo’ del siglo XIX” que recrea con pasión la vida cotidiana del París de la Exposición Universal de 1889, el colorista Tahití que llevó Gauguin a sus cuadros o la Mallorca de entreguerras.
El empresario alemán Eduard Heusch inventó el primer proceso de creación de perlas realizado por el hombre con una motivación: democratizar el acceso a las perlas, hasta entonces muy restringido.
Después de él, el japonés Kokichi Mikimoto desarrolló el sistema para producir perlas cultivadas, empleando un método que consistía en injertar en la masa blanda de la carne de la ostra donante, mediante una varilla, una pequeña esfera de nácar.

En Tahití, las perlas negras que producen las ostras oscuras, descubiertas a finales del XVIII, fueron acogidas como símbolos de poder por personajes como la zarina Catalina la Grande o Napoleón III, que compró un collar de estas perlas para obsequiar a su mujer.
Las amas, buceadoras de perlas
Detrás de esta industria, y ajenas a la fascinación que producen las perlas en todo el mundo, desempeñan su trabajo las “amas” japonesas, unas mujeres que llevan más de dos milenios sumergiéndose en las frías aguas del mar de Japón para conseguir las perlas.
Prácticamente desnudas y sin equipo de buceo, jóvenes y ancianas (nunca se jubilan) bucean cada día, durante dos y tres horas, en busca de las preciadas perlas, “el pueblo que tiene amas es rico, ganan mucho dinero”, explica la autora de “Pasaje a Tahití”.
Lejos de la rutina de las “amas”, en Manacor, rusos, franceses, alemanes y españoles se dejan seducir por los más de 500 diseños que ofrece Majorica. En una de sus tiendas, la escocesa Karen Stevenson muestra al mundo los entresijos del trabajo artesano de las perlas.
Vino para trabajar seis meses y el amor, como suele suceder, la hizo quedarse. Hoy, 20 años después, cuenta la historia de Majorica a visitantes y clientes, “las perlas -dice- son ahora mi vida”. EFE.








