Más muertos, más muros

Siguen muriendo en los naufragios de las embarcaciones precarias destartaladas y sobrecargadas, con las que tratan de pasar de Turquía a alguna isla griega, o de Libia a la isla italiana de Lampedusa o a Sicilia. Y los gobiernos de los países de la Unión Europea siguen sin ponerse de acuerdo, siguen sin reaccionar, siguen sin cumplir sus obligaciones humanitarias a las que están comprometidos por los tratados que libremente firmaron en su día. Y peor aun, siguen levantando muros. Después del gobierno húngaro, cuya actuación durante esta crisis ha cubierto de oprobio y vergüenza no solo a los ciudadanos magiares, sino a todos los europeos, ahora es el austríaco el que amenaza con establecer una barrera en los 300 kilómetros de frontera con Eslovenia. Y como reacción en cadena, el esloveno advierte que podría hacer lo mismo con su límite con Croacia, el croata anuncia el posible blindaje de su linde con Serbia, el serbio que podría hacer lo mismo con Macedonia y el macedonio con Grecia. Fronteras amuralladas en la Europa que pretendía eliminarlas. Vuelta a las cercas y al alambre de espino, a los puestos y patrullas de vigilancia, al control y a las restricciones de paso, el fin del sueño europeo de libre circulación de personas por todo el continente; de nuevo telones de acero separándonos, demostrando que la Europa de los ciudadanos era una quimera, que los estados imponen su absoluta preeminencia.

La incapacidad de la UE de hacer frente a la emergencia humanitaria, que sigue a la incapacidad de previsión y a la ausencia de planes preventivos frente a una contingencia que ya se veía venir desde hace tiempo, la lentitud exasperante en el establecimiento de acuerdos y toma de decisiones, que, para más inri, después muchos gobiernos incumplen con total descaro e impunidad, han puesto de manifiesto que la arquitectura organizativa e institucional europea no funciona.

Pero es peor y mucho más preocupante la constatación de que la esencia moral y ética de Europa está gravemente enferma. Las políticas que bordean el racismo y las impresentables justificaciones de muchos gobiernos del antiguo bloque de la Europa Oriental, no solo Hungría, tristemente secundadas y jaleadas por una parte importante de sus ciudadanos, los intentos de creación de un frente integrista cristiano antimusulmán por parte de esos países y el auge de movimientos sociales similares y de partidos de extrema derecha en la Europa Occidental, que inducen a sus cobardes y timoratos líderes a adoptar posturas ambivalentes, son elementos constitutivos del nuevo paradigma (in)moral europeo.

No queda mucho margen para la esperanza. De no producirse un urgente impulso ético promovido desde los ciudadanos, que haga reaccionar a nuestros líderes y les fuerce a la adopción inmediata de todas las medidas necesarias para evitar el sufrimiento y la muerte de los que buscan refugio, la catástrofe humanitaria, con la llegada del frío invernal, alcanzará dimensiones pavorosas y una losa de vergüenza infinita sepultará la utopía europea.

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