Aunque progresivamente sustituido por moderneces pseudonaturales, el placer matutino de desayunarse con un ardiente café con leche mojando en él una ensaimada recién hecha, unas aromáticas madalenas, unas humildes galletas maría, unas porras o unos churros calentitos, no tiene parangón.
Así debió pensarlo el empresario británico Bradley Charvet, pues se dispone a abrir en la capital un establecimiento en el que tomarse, de 6 a 11 de la mañana, un white coffee mojando el churro, aunque no precisamente en el café.
El sexo mañanero, propio de salientes de guardia, universitarios, desempleados y fines de semana sin hijos es sin duda saludable, quién lo duda. Proporciona ingentes dosis de dopamina, oxitocina, endorfinas y encefalinas, que nos hacen sentir en la gloria bendita y nos animan a iniciar una dura jornada en la fábrica o en el taller.
Pero lo del amigo Bradley es otra cosa, un novedoso maridaje entre el desayuno continental y el sexo oral, para lo cual se dispone a abrir un local en Londres en el que, por el módico precio de 60 libras esterlinas, un robot, mejor dicho, una preciosa robota de silicona –de momento, se ajustan sólo al público hetero-, réplica facial de alguna actriz porno de renombre, colocada estratégicamente bajo la barra, se bajará al pilón mientras el cliente, a duras penas, trata de acertar con el cruasán en la taza, y en las pantallas se ofrece un partido de cricket o un informativo financiero de Bloomberg, todo ello en un ambiente de camaradería muy anglosajón.
Se nos aclara que optan por robotas porque, al contrario de lo que sucede en el lejano oriente, en el Reino Unido no está bien visto por la autoridad competente que este tipo de labores matutinas las desarrollen seres humanos. Me refiero, claro, en un local de pública concurrencia, a ver si va a pensar alguien que semejante práctica lúdica acaban de inventarla los ingleses.
Tan insigne emprendedor nos ofrece, a mayor abundamiento, detalles tranquilizadores, como el de que el gaznate de las robotas aspirantes será convenientemente higienizado tras cada uso y el de que, si no tenemos costumbre de asistir a felaciones grupales, se podrá recibir el servicio, por un módico suplemento, en un reservado ad hoc, en el que poder charlar a solas con nuestra elástica compañera, como hacen muchos con Siri, la musa de los IPhone, tan educadita ella, como si fuera nuestra geisha virtual.
A mí todo esto, qué quieren que les diga, me sugiere serias dudas de hecho. Por ejemplo, deduzco que optan por el café con leche porque recibir un lavado de bajos mientras nos estamos zampando un English full breakfast con sus huevos revueltos con bacon, alubias rojas, morcilla, salchicha, champiñones y su guarnición de hash browns distraería sobremanera al personal y existiría serio peligro de bendecir al vecino al llegar el momento culminante de la operación.
Además, si uno fuera eyaculador precoz, ¿qué pasaría? La verdad, no me imagino a nuestro sujeto continuando tan tranquilo con su desayuno mientras se halla rodeado de capullos haciendo muecas, gritando ¡sigue, sigue! o elevando alabanzas al creador.
Otra duda que me corroe es la de la fidelización del cliente, necesaria para la consolidación de cualquier negocio. Los turistas japoneses ocasionales están asegurados, pero, a razón de 60 libras diarias, dudo mucho que la clase trabajadora británica pueda acceder cotidianamente a aliviar sus necesidades en el local de Mr. Charvet, con lo que infiero que el producto está directamente segmentado para las clases pudientes y ejecutivos agresivos de la City.
Mira si son raritos estos hijos de la Gran Bretaña que, mientras el amigo Jack, sufrido trabajador de la central line del metro de Londres, recibe –y también proporciona, que este negocio es bilateral y sinalagmático-, de vez en cuando, cariños matutinos de su Mildred de carne y hueso, Sir Francis Lexington paga una fortuna cada semana para que, en la barra de un bar, un cacho de goma con radiocassette le aspire las gónadas como la ordeñadora estruja las ubres a una vaca frisona, al tiempo que Lady Lexington, en su residencia de invierno, le agranda su hermosa cornamenta.
Y luego nos extraña lo del balconing.





