Por si alguno de ustedes, lectores, lo ignora, les informo de la etimología de la palabra petardo, tan de actualidad en estas fechas del año, con sus noches cortas y el despiporre general de una importante cantidad de humanos ansiosos por el correspondiente Carpe Diem universal. El vocablo petardo procede del francés pétard, que significa 'petar' y fue creado a partir de pet (pedo) y del verbo péter (estallar, ventosear). Por cierto, en la lengua franca pétard puede expresar un par de conceptos que, en principio, nada tienen que ver entre sí, como por ejemplo 'revólver' o, sin ir más lejos, 'culo'; así, directamente. En castellano coloquial existe una expresión que ya casi nadie utiliza: “pegar un petardo a uno” (pedirle dinero a alguien y no devolvérselo jamás). En cambio, sí que se usa en múltiples ocasiones “ser un petardo” para manifestar que uno es un inútil o un pesado.
En realidad el uso mayoritario de esta voz es como un artilugio, de papel o de cartón, que se rellena con pólvora (o algún otro explosivo) y que consta de un pequeño orificio para instalar una mecha por donde poder encender, con fuego, el mecanismo de activación.
El uso más frecuente de los petardos se da en determinados festejos en los que se celebra alguna efemérides concreta, ya sea procedente del calendario religioso o laico o bien, en su lugar, el triunfo o la victoria en acontecimientos de carácter, sobre todo, deportivos.
La gracia, el intríngulis, de los petardos consiste en su implacable sonoridad. Básicamente, pues, nos estamos refiriendo a una exhibición -generalmente pública- de ruido más o menos controlado.
No tengo, ni he tenido jamás, la más mínima simpatía por estos artefactos creadores de algarabías y jaranas multitudinarias. Me parecen una pérdida lamentable de dinero (suelen costar una pasta gansa) y de tiempo. Gastar ni que sea diez segundos de una vida para provocar explosiones sonoras de una cierta magnitud me parece una manera muy boba de desperdiciar un sinfín de oportunidades más fructuosas, como verbigracia comer, leer, escuchar música, copular o coleccionar sellos (ahora que ya casi no se utiliza el correo postal, a la manera tradicional, lo cual adquiere mucho más mérito).
He escrito que no tengo ninguna simpatía por los petardos, aunque, en realidad, lo que siento es una auténtica y verdadera animadversión hacia este tipo de dispositivos. Me asquean en grave manera y me producen una gran desazón así como un desasosiego integral, tanto en mi físico (los oídos a tomar por saco, ¡mira tú!) como en mi psique (sensación de desaliento por acumulación de imbecilidad colectiva). Pregunten, pregunten ustedes a los perros y gatos que huyen despavoridos en busca de un refugio provisional, léase, debajo de camas y sofás.
Otra cosa son los llamados fuegos artificiales que, observados convenientemente desde una distancia prudente, permiten gozar de un espectáculo considerable de formas y colorines suficientemente contrastados por la negrura del firmamento; si las nubes lo permiten, claro.
Visto lo visto, propongo, exijo -¡qué caramba!- que se tramite una proposición de ley con el único objetivo de poner fin a tal memez (la de tirar petardos de forma impune) e imponer una prohibición total con, si fuere necesario, sanciones millonarias o, inclusive, penas de reclusión mayor de decenas de años, como mínimo, si se tercia.
O eso, o instalar campos de tiro de petardos en lugares apartados de nuestra civilización; en Portugal, por no ir más lejos.
“¡Petardear es joder!”, podría ser el eslogan de una campaña de sensibilización pública.





