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¿Quién quiere la investidura?

sábado 07 de septiembre de 2019, 01:00h
Pedro Sánchez ondea sus propuestas programáticas como un banderín de enganche que atraiga a su investidura a los ingenuos que crean en su palabra. Tergiversa el sentido de la ley que no está hecha para que se apruebe un programa común sino para que se elija a a una persona determinada para desempeñar la Presidencia del Gobierno. Es el voto de confianza de la mayoría del Congreso para que esta persona conforme su equipo y cumpla con lo que se espera de sus ideas y de su trayectoria. Una elección personalista, humana, individual de un candidato no de una propuesta de trescientas sesenta medidas discutidas con quien sabe que colectivos extraparlamentarios. El problema no está en las trescientas sesenta medidas de Sánchez sino en la desconfianza que suscita. Su programa común es como su tesis, un traje hecho con remiendos. Dice que lo ha consultado con la sociedad civil. A saber qué entiende Sánchez por sociedad civil. Cualquier español está en condiciones de explicarle las entidades y asociaciones que constituyen la sociedad civil con las que no ha contado para nada. Pero da lo mismo, como si hubiese consultado con los siete sabios de Grecia. Nadie cree que vaya a cumplir un programa común.

Lo que, en verdad, está en duda es si quiere ser investido presidente en las precarias condiciones derivadas de deber los votos parlamentarios a Podemos y compañía o si prefiere ir a unas nuevas elecciones en noviembre. La impresión es que prefiere unas elecciones en las que espera comerle los escaños a Podemos. Incierta aventura, pero es la que a él le gusta. Es aquel modelo de ser defenestrado por los representantes del PSOE para volver, apoyado en los afiliados. Ahora puede no ser votado por los actuales congresistas y volver apoyado en un incremento de los votos del pueblo. Quizás sea un sueño, pero soñar no cuesta nada.

Quien de verdad quiere la investidura más que a sí mismo es Pablo Iglesias. Con ministros o con ministras, con compromisos firmados o con acuerdos verbales. Sus tiquismiquis apenas disimulan el ansia de que le den un mínimo argumento para justificar el cambio de su abstención de antaño para poder transformarla en una afirmación hogaño. Es difícil encontrar un deseo mal disimulado que lo arrastra con loca pasión a una actitud mendicante. Es una pasión arrebatadora, mayor que si fuese él mismo quien fuese a ser nombrado presidente del Gobierno. No puede descartar Sánchez que, si llega a afrontar de nuevo la investidura, Iglesias se levante en los últimos minutos a anunciar su voto favorable a pesar de sus desprecios. Todo sea por el progresismo en peligro. Esta será su justificación última.

¿A qué se debe esta pasión progresista? Al terror al pésimo resultado predecible para su bancada que sospecha si hay elecciones. El miedo a perder la posición ocasional obtenida en días de crisis en que la indignación estaba de moda y era capaz de alterar las convicciones de muchos con la demagogia de unos pocos. A Iglesias no le importa mucho la persona de Sánchez pero sabe que, sin él, no es nada. Pero no sin cualquier Sánchez sino con este Sánchez con su triste minoría necesitada de Iglesias como cirineo que le ayude a soportar su cruz.

Sánchez dice que está “esperanzado”. Pero no se sabe en qué consiste su esperanza, sin en que Iglesias lo vote sin coaliciones ni contrapartidas o si en qué Iglesias anuncie claramente que no lo va a votar en ningún caso y lo libere del trance de una investidura problemática, a pesar del respaldo insuficiente de Podemos, y que libere a su Majestad el Rey del trámite de presentarlo de nuevo. Quien se lo juega todo con la investidura condicionada de Sánchez es Iglesias. A Sánchez le queda la probabilidad de unos futuros resultados que le permitan gobernar en solitario, cosa difícil, o unos resultados no tan malos, cosa posible, que justifiquen poner en trance de negociación a la derecha dividida sobre la necesidad de un gobierno socialista más votado y crecido como la única alternativa posible si el sector liberal-conservador se empecina en suicidarse. El timo del programa “progresista” se acabará el mismo día de este mes de septiembre en que se convocasen unas nuevas elecciones. Si se convocan. A pesar del terror de Pablo Iglesias a desempeñar el papel de malo de la película. Será por culpa de la desunión de fondo de la izquierda, a pesar de la pantomima de Iglesias. No por culpa de las derechas que no hacen otra cosa que permanecer en el sitio que les corresponde. Con más o menos acierto, soportando culpas del pasado, pero en su sitio. Todo lo divididas que quieran aparentar pero en una posición común que responde al mandato de un voto popular más homogéneo que el “progresista”.
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