Que paren las rotativas: la montaña parió un ratón.
Imagino que en este punto ya estará cuestionando mi atrevimiento al valorar de antemano lo poco que, presumo, desvelarán los 153 documentos sobre el fallido golpe de estado en España, que este miércoles al mediodía verán la luz para la opinión pública, tras 45 años de opacidad.
Ignoro si en esas informaciones, reservadas hasta ahora para algunos elegidos y gobiernos de todo signo, aparecerá algún otro “filántropo” escondido tras la chepa sindicalista de Juan García Carrés, si Alfonso Escámez o Luis Valls-Taberner abrieron una cuenta de crédito con la que sufragar el coste de la gasolina para llevar a los dos centenares de Guardias del Parque de Automovilismo a la Carrera de San Jerónimo o si Jaime Milans del Bosch sacó los tanques en Valencia porque ese año temía que su falla no ganara la sección de Especial; lo que sí sé es que el elefante blanco que acabó con el reinado de don Juan Carlos fue cazado en Botsuana. De hecho, dudo mucho que al común de los mortales le interese más la filiación de la “autoridad militar competente” que los devaneos del emérito con la aristócrata Corinna Sayn-Wittgenstein.
Lo que se destruyera en las semanas posteriores o no permanezca custodiado en el Tribunal Supremo, siempre servirá para mantener las tesis de quienes no les importa la verdad sino La manipulación interesada. Lo que tampoco debemos obviar es que la desclasificación del sumario de la causa 2/81, los detalles del “Pacto del capó”, las pocas trascripciones que puedan haberse recogido de las llamadas desde el Congreso y la Zarzuela. o el papel real que el CSID (ahora CNI) jugó en esas fechas, no puede juzgarse con la perspectiva actual. Olvidarse de que apenas había trascurrido un lustro desde la muerte del dictador y que, en ese periodo, ETA había asesinado a cerca de 350 personas, así como la crisis económica que vivía el país -con una inflación del 14% y un desempleo galopante-, provocaría una lectura perversa de los acontecimientos que pusieron en peligro una democracia incipiente. Incluso antes, en noviembre de 1978, el propio teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero, y el capitán de la Policía Armada, Ricardo Saenz de Ynestrillas, en la Cafetería Galaxia de Madrid, convinieron asaltar la Moncloa ese mismo año, aprovechando la ausencia del monarca, de viaje oficial por Méjico. Incluso dos meses antes, en la conocida reunión de los “Cien generales”, el jefe de la zona levantina de la Guardia Civil, Juan Atares, calificó de traidor al gobierno que lideraba Adolfo Suárez, lo que obligó a Manuel Gutiérrez Mellado, arquitecto de la modernización militar española, a cuadrar a los mandos presentes y ordenar la detención del general sublevado. Un ministro de defensa que, a sus 68 años, esa tarde del 23F, supo también simbolizar la fortaleza de los valores constitucionales, manteniendo erguidos sus principios frente a quienes querían subvertir el régimen.
Bien está si ese aperturismo del Ejecutivo, más que un ejercicio de distracción, supone un paso decidido de transparencia, aunque dudo que nuestra memoria democrática sin tabúes alcance a sucesos más recientes: como el desempeño de los Gal y el destino de los fondos reservados, los atentados del 11M y sus afectaciones colaterales, los contenidos obtenidos por Pegasus del teléfono de Pedro Sánchez, sus vuelos con el Falcon o la procedencia de la financiación de todos los partidos políticos. Temas que han dado pie para infinidad de teorías conspiranoicas, aunque algunos eventos ya hayan sido jugados, por lo militar y lo civil.
Es hora de afrontar la actualización de la Ley 9/1968 sobre Secretos Oficiales, no demorando más la tramitación de la Ley de Información Clasificada, bloqueada desde julio del año pasado, que permitirá fijar plazos para la obligada desclasificación de los documentos secretos, pero que no impedirá que los ejecutivos de cualquier color sigan ocultando cuestiones partidistas bajo el paraguas de un estado en riesgo.
Quién sabe, igual quedarán incompletas desde ahora las obras de Javier Cercas, Roberto Muñoz Bolaños y tantos otros historiadores, periodistas o novelistas que han evocado la “noche de los transistores” desde una perspectiva parcial; pero han mantenido vivo un episodio crítico de nuestra historia reciente para que, pase el tiempo que pase, apreciemos lo que significa convivir en armonía, antes de que sea demasiado tarde.




