La trabajosa emancipación de Rufián

«Yo tengo un hijo, y les puedo asegurar que a mí no me pagan la beca comedor. A todos mis primos de Jaén sí se la pagan, y se la pagamos nosotros». Así hablaba Gabriel Rufián en 2015, en un mitin en Cataluña, en el que se quejaba de que los impuestos que pagan los catalanes van a los gorrones de sus primos. ¡Jaén ens roba! Después consiguió un escaño en el Congreso de la España rapaz, pero dejó claro que era una cosa temporal: «en 18 meses dejaré mi escaño para regresar a la República Catalana». Desde entonces, y ya han transcurrido once años, sus intervenciones son muy celebradas por los periodistas del Congreso porque, aunque no sean muy sofisticadas intelectualmente, son vistosas y frecuentemente acompañadas de accesorios que incrementan la eficacia del sketch. Por ejemplo en 2017, mientras su partido participaba en un golpe de estado, él apareció en el congreso con una impresora para simbolizar que, aunque requisaran las papeletas de voto, cada uno se podía imprimir la suya, lo que da una idea de la seriedad del proceso. Luego se especializó en hacer política carroñera, y se dedicó a echar la culpa de cualquier catástrofe a la derecha. Así acudió a la comisión de investigación de la DANA con un trozo de cuerda a la que, según él, había intentado infructuosamente agarrarse una de las víctimas, y a continuación llamó psicópata a Mazón. Como era previsible, no ha recriminado nada al Gobierno de Sánchez por la tragedia de Adamuz, ni ha llamado psicópata a nadie a pesar de que en este caso habría mayor fundamento.

Ahora Gabriel Rufián ha intentado presentarse como posible líder de la izquierda nacional, y ha dicho que «representar a alguien de Algeciras no me hace menos independentista». Porque para él no hay ninguna contradicción en ser independentista y a la vez pedir los votos a un fulano de Algeciras. Es como si un vecino de Son Vida quisiera independizar el barrio para que sus impuestos no fueran a Son Gotleu, y a continuación pidiera los votos de los vecinos de Son Gotleu. O como si Jefferson y Franklin (que estarán retorciéndose en la tumba por la comparación con Rufián) hubieran firmado la Declaración de Independencia de Estados Unidos y a la vez se hubieran presentado en la circunscripción de Liverpool. O, sencillamente, como el niño que dice que se va de casa pero vuelve a cenar. Recordemos que Rufián llamó traidor a Puigdemont por no promover una declaración unilateral de independencia, que habría convertido en extranjero al votante de Algeciras al que ahora pide sus votos. Es decir, que Rufián sí ha conseguido independizarse, pero no de España sino de la coherencia. Y de la decencia. Mientras en La Ser nos informan de que «es el político más brillante que hay hoy en el Congreso».

Lucio Quincio Cincinato ha pasado a representar la virtud cívica y el servicio desinteresado a la comunidad. Estaba tan tranquilo en su finca cuando los ecuos invadieron Roma, y una delegación del Senado le pidió que se pusiera al frente del ejército con los poderes de un dictador. A pesar de que era una papeleta, Cincinato aceptó, derrotó a los ecuos, renunció a su poder extraordinario, y retornó  a su casa para seguir arando sus campos. ¿Por qué haría eso, pensará Rufián, pudiendo seguir siendo dictador con el voto de los ecuos? 

La renuncia de Cincinato es muy meritoria, porque el ejercicio del poder produce muchas satisfacciones. Algunas son difíciles de cuantificar: como somos yonquis del estatus, el poder es una potente droga que, al ser abandonada, produce síndrome de abstinencia. Otras son perfectamente cuantificables: Gabriel Rufián cuya formación académica y experiencia profesional son limitadas, percibe un salario bruto anual de 139.710,06 €. En fin, no todo el mundo puede ser como Cincinato, pero hasta ahora los políticos procuraban mostrar una mínima atención al interés común. Esto, desde luego, se ha volatilizado con Pedro Sánchez que, con total tranquilidad, gobierna España con los que pretenden desintegrar España. No hay que llamarse a engaño sobre esto a estas alturas. 

El problema parece estar en que la partitocracia genera una selección negativa de las élites, y en lugar de producir Cincinatos genera rufianes y pachilópeces. No es de extrañar que, de un tiempo a esta parte, ante la evidencia de que las elecciones no producen selección de los mejores, algunos empiecen a decir que tal vez un sorteo fuera más eficaz para cubrir los cargos políticos. ¿Un sorteo? Pues sí. En Los principios del gobierno representativo Bernard Manin cuenta que en la antigua Grecia, y en algunas ciudades italianas durante el Renacimiento, se empleaba el sorteo para designar a algunos representantes públicos. Normalmente se depuraban previamente las listas de candidatos y se excluían los que  no cumplían ciertos requisitos mínimos de conocimiento (esto dejaría vacantes bastantes escaños del Congreso actual). Luego se procedía al sorteo propiamente dicho y, lo que es más importante, al final del mandato se rendían cuentas. ¡Se rendían cuentas! Sólo por eso este método tan antiguo e innovador ya merece la pena ser tenido en cuenta. 

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