Via crucis

En estos días, en los que miras dos veces el minutero para confirmar que en ese reloj has actualizado la hora, aguardamos con ansia que el oasis de la Semana Santa alivie nuestra inquietud por un mundo que ha perdido la fe. Son unas fechas lunáticas, porque desde el Concilio de Nicea, en el año 325, se dicta que celebremos la Pascua el primer domingo tras la primera luna llena después del equinoccio de primavera. Una semana antes, se conmemora el Domingo de Ramos, también llamado a veces Sexto Domingo de Cuaresma, que ​es una celebración religiosa en la que la mayoría de las confesiones del cristianismo conmemora la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén.

Sin duda que el gabinete de propaganda de Moncloa ha leído los Sagrados Testamentos y ha contagiado a su ungido mentor del complejo de líder político que genera una confianza desmedida como "salvador" de un planeta al borde del abismo. Dudo que sea capaz de creerse tamaño despropósito, si no sufre de una esquizofrenia severa, pero ya estamos acostumbrados a escuchar sandeces desde Ferraz, como cuando Leire Pajín, ex secretaria de Organización del PSOE, dijo que deberíamos estar atentos "al acontecimiento histórico que se producirá en este planeta: la coincidencia en breve en ambos lados del Atlántico de Obama y Zapatero en la presidencia de la Unión Europea". Así nos ha ido y así, me temo, nos va a ir en un futuro mediato.

La política, en su versión más descarnada, suele ser un ejercicio de funambulismo sobre un cable que se estrecha a cada paso. Para Pedro Sánchez, ese cable no solo es hoy más fino que nunca, sino que está envuelto en las llamas de una geopolítica incendiaria y lastrado por un vacío de poder interno que amenaza con convertir lo que queda de legislatura en un auténtico calvario. Tras la reciente remodelación de su gabinete, el presidente se adentra en un escenario que la historia recordará como su "Vía Crucis" particular: una travesía donde el control del relato choca frontalmente con una realidad económica y territorial que parece escapársele de las manos.

El reciente recambio en el Consejo de ministros ha dejado una cicatriz profunda en la estructura de mando del PSOE. Con la salida de María Jesús Montero —la última gran "guardiana" de la ortodoxia política del partido en el núcleo duro— para batirse en el incierto ruedo andaluz, Sánchez ha optado por una huida hacia la tecnocracia. El ascenso de Carlos Cuerpo a la vicepresidencia primera y la llegada de Arcadi España a Hacienda dibujan un Ejecutivo de perfil gestor, un búnker de economistas y negociadores discretos, pero desprovisto de esos "pesos pesados" con pedigrí orgánico capaces de movilizar a las bases.

Hoy, por primera vez en años, el ala socialista del Gobierno carece de vicepresidentes de partido. Esta orfandad política deja a Sánchez expuesto; ya no hay escudos humanos que frenen las embestidas de la oposición o calmen las ansias de unos socios de coalición cada vez más erráticos. El presidente se queda solo en el puente de mando, rodeado de técnicos brillantes, pero sin el músculo político necesario para librar la batalla ideológica que se avecina. Parece que ahora sólo le importa que nadie pueda toserle, cuando se codicie la leña del árbol caído.

Si el Gobierno central parece un fortín sitiado, el horizonte electoral en Andalucía se presenta como el golpe de gracia a la hegemonía moral del sanchismo. Las encuestas para el próximo 17 de mayo son implacables: la figura de Juanma Moreno se agiganta mientras el socialismo andaluz, antaño el gran granero de votos de la izquierda, se desangra en una crisis de identidad.

A este aislamiento político se suma una soga que aprieta cada vez más: la ausencia de Presupuestos Generales del Estado desde hace tres años. Gobernar con cuentas prorrogadas es, en la práctica, gestionar con las manos atadas. Sin la capacidad de maniobra fiscal que otorgan unos presupuestos nuevos, el Ejecutivo se convierte en un administrador de la escasez, en tiempos convulsos y cuya evolución es un enigma para todos.

Sin embargo, el factor más imprevisible y cruel de esta tortura no está en el Congreso, sino a miles de kilómetros. La superposición de la guerra de Ucrania, que parece haber entrado en una fase de desgaste infinito, y la escalada bélica en Irán, han dinamitado las previsiones de recuperación. La economía española, que había mostrado una resiliencia notable, se enfrenta ahora a la "tormenta perfecta: el cierre de rutas en el Estrecho de Ormuz ha disparado el Brent y el gas, devolviendo a los hogares españoles el fantasma de los precios de 2022 y sin poder dejar al margen la ralentización del crecimiento, lo que devuelve al presente el fantasma de la estanflación.

Pedro Sánchez ha demostrado ser el maestro de la supervivencia. Su manual de resistencia le ha permitido salir de situaciones que habrían terminado con cualquier otra carrera política. Pero este escenario es distinto. Ya no se trata de ganar una votación in extremis o de un giro de guion mediático. Se trata de un desgaste sistémico que puede provocar una desbandada generalizada, en la que nadie querrá hacerse una foto a su lado, ni como el solitario caballero andante que presume de enfrentarse a gigantes. Si el PSOE pierde su músculo electoral en el sur, sus socios interpretarán que el "sanchismo" es una marca en declive, encareciendo su apoyo. Cada votación en el Congreso será una extorsión política mayor, donde partidos como Junts elevarán sus exigencias de soberanía, sabiendo que el presidente no puede permitirse el lujo de convocar elecciones generales en un momento de debilidad.

El recorrido de los próximos meses pondrá a prueba no solo la astucia del actual presidente del Gobierno, sino la viabilidad misma de su proyecto. Si Andalucía cae y la inflación no da tregua, el camino hacia 2027 se le va a hacer largo, penoso y, sobre todo, muy solitario, aunque se refugie en la agenda internacional para eludir la creciente crítica a la que se verá abocado.  El escenario resultante será el de un Gobierno atrapado en un bloqueo: demasiado débil para avanzar, pero demasiado resistente para caer, ante el miedo de sus aliados a la pérdida de poder y recursos, obligando al país a una agonía institucional hasta que el calendario electoral sea inevitable.

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