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Ya no hay mariposas

martes 25 de octubre de 2016, 02:00h
Este domingo estuve en el faro de Formentor. Aprovechando que no conducía, pude dedicarme a contemplar el paisaje extraordinario que se va divisando desde la carretera camino del faro. En un momento determinado, percibí más que vi el vuelo de una mariposa y me di cuenta de que era algo lo suficientemente insólito, como para haber llamado la atención de mi cerebro y haberme inducido a fijar la mirada que hasta ese momento vagaba por el paisaje sin ningún objetivo concreto.

Hasta hace cuatro o cinco décadas las mariposas eran muy abundantes en nuestro entorno. Todos los que ya hemos cumplido los sesenta recordamos como formaban parte del paisaje de nuestros veraneos en el campo, con sus distintos tamaños y colores. Después, poco a poco, han ido desapareciendo. Ahora incluso en pleno verano son raras, muy raras. De hecho están desapareciendo en todo el sur de Europa y en muchas otras partes del mundo.

Antes ya había pasado con las luciérnagas, que hace ya tiempo que desparecieron y también está pasando con algunas especies de libélulas y con las abejas. Las causas de la desaparición son diversas y no siempre bien conocidas. Se apunta la elevación global de la temperatura, la sequía, el abuso de pesticidas y herbicidas, enfermedades infecciosas y parasitarias en el caso de las abejas e incluso la contaminación lumínica en el caso de las luciérnagas, que interferiría con la comunicación que establecen precisamente mediante sus señales luminosas, que quedarían debilitadas o anuladas por el exceso de luz artificial.

En cualquier caso, todas las causas convergen en una, que no es sino la profunda alteración del medio ambiente y todos los hábitats naturales provocada por la especie humana, que está ocasionando el declive y la extinción no solo de las mariposas y luciérnagas, sino también de miles y miles de animales, plantas y otros grupos de seres vivos.

Muchos científicos consideran que nos encontramos en el inicio de la sexta gran extinción en el planeta. Se considera una gran extinción, o extinción masiva, cuando en un periodo corto de tiempo, en términos geológicos, desaparece el 50 % o más de las especies vivas presentes en ese momento. El hecho diferencial es que las cinco anteriores se produjeron por fenómenos geológicos o astronómicos y en esta ocasión el origen será biológico, será el impacto de una sola especie, nosotros, sobre el equilibrio ecológico global de la Tierra.

El planeta se recuperará, como ya lo ha hecho antes. Dispone de decenas, centenas y miles de millones de años para ello y para que vuelva a desarrollarse una diversidad biológica tan rica y extraordinaria como la actual. Pero las especies extinguidas no volverán, serán otras las que evolucionarán en las nuevas condiciones ambientales. Y nosotros hemos evolucionando en las actuales, así que podemos estar haciendo el mundo inhabitable no solo para las otras especies, sino también para nosotros mismos.

No sé si finalmente nos extinguiremos o no, personalmente tengo pocas dudas de que así será, pero sí sé que la vida sin mariposas, sin luciérnagas, sin libélulas, sin abejas, será muy lúgubre y que un mundo sin árboles, sin flores será mucho más gris, lóbrego e inhóspito, como se puede observar en la propia península de Formentor, en la que son bien manifiestas las devastadoras consecuencias de los incendios en los bosques, en los que han dejado profundas cicatrices en las que el paisaje verde de la espesura arbórea ha sido sustituido por otro rocoso, pétreo, salpicado de matas de carrizo, matorral bajo y “garballons”, no exento de belleza, pero mucho más rudo, más telúrico, menos vivo, menos acogedor.
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