A finales de noviembre pasado, yo acababa de intervenir en una tertulia de televisión en IB3 en la que me preguntaron si creía que se debía retrasar el traslado de los pacientes de Son Dureta a Son Espases. Había dicho que no me podía creer que la Conselleria de Sanidad, consciente de que en este tema no se podía equivocar, estuviera haciendo las cosas a la ligera. Había dado un voto de confianza a los responsables políticos porque, habiendo tenido todo el tiempo del mundo, no podía pensar que iban a afrontar un traslado como este asumiendo riesgos. En el mismo estudio de televisión, preparado para intervenir un poco después, estaba un amigo mío que es médico y tiene responsabilidades en el mundo sanitario. Le faltó tiempo para susurrarme que me equivocaba. “Entiendo lo que dices, pero si supieras el desastre que está montado no dirías lo mismo”. Ha pasado un tiempo y mi amigo empieza a tener razón: la planificación era insuficiente, el control no existió y la chapuza parece que se ha impuesto. El mensaje que nos lanzan es que hay que tener paciencia, que las cosas se irán arreglando. Pero no, esto no se puede admitir. Hay que tener paciencia con aquello que no se pudo prever, que no se pudo controlar, pero ¿cómo es posible que no funcionen los teléfonos? ¿Cómo puede ser que aún no sepan cómo poner la calefacción a la temperatura requerida? ¿Cómo puede ser que los pacientes tengan que convivir con los técnicos que van con el destornillador en la mano para hacer sus faenas? ¿Cómo podemos admitir que no haya butacas para quien acompaña a los enfermos? Hay que tener paciencia, pero no con lo que tenía que haberse previsto, con lo que tenía que haberse solucionado de antemano. ¿Cómo puede ser que los bares no tengan bocadillos para los pacientes? ¿Cómo es que no está la señalización en todos los lugares? ¿Cómo puede ser que no haya conexiones de Internet para los médicos -por supuesto, para conectarse con las bases de datos? Lo peor es que, sabiendo que se enfrentaban a un proceso que iba a ser mirado con lupa, los responsables demostraron que no conocen ni siquiera sus propios límites.
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