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45 días más o menos

domingo 17 de marzo de 2019, 02:00h

Escribo este artículo cuando faltan 45 días para las próximas elecciones y sé (lo sabemos todos) que justo después del día 28 de abril el panorama político será similar al que tenemos ahora. Hagamos un somero repaso: la estabilidad de las instituciones dependerá de los partidos menos votados; la formación de gobierno se dilatará en el tiempo por la falta de acuerdos entre las diferentes formaciones políticas que sumen los votos suficientes para gobernar; ambos bloques (derecha e izquierda) reivindicarán su triunfo electoral y pregonaran a los cuatro vientos los millones de votantes que han confiado en ellos; la llama independentista continuará avanzando como una bola de nieve rodando cuesta abajo; los nacionalistas vascos se seguirán frotando las manos con agua de rosas y columpiándose en las selectas plazas y jardines que sus presupuestos (en imparable ascenso) les permiten adjudicar y ejecutar; los presos políticos seguirán en la cárcel y nosotros siendo el hazmerreír de cualquier País democráticamente avanzado; se continuarán aprobando normas con una abrumadora carga burocrática para nuestras arcaicas instituciones; los partidos continuarán abanderando causas que después serán incapaces de proteger de una forma efectiva y eficaz.

En Baleares continuaremos reivindicando un régimen especial que en realidad no nos interesa, porque el día que nos lo den tendremos que cambiar desde arriba hasta abajo el discurso de nuestro gobierno autonómico; quienes no pueden acceder a una vivienda en alquiler seguirán sin poder hacerlo porque si gobierna la izquierda no habrá quien quiera alquilar un inmueble a alguien con riesgo de vulnerabilidad económica y/o social y si gobierna la derecha tampoco; los diputados y senadores seguirán de vacaciones 5 meses al año porque entre las vacaciones que por derecho les corresponden y las que suman en periodo electoral (un poco más si tardan en forman gobierno), al final es lo que suma, eso sí, cobrando religiosamente un sueldo bastante digno y dedicándose durante varios meses a las campañas electorales de sus respectivos partidos y no a la ciudadanía en general; los partidos continuarán movilizando (antes y después de las elecciones) a sus votantes y afiliados para que se manifiesten en las calles reivindicando consignas contradictorias incluso si al final consiguen lo reivindicado.

Lo malo de un sistema decadente y deteriorado como el nuestro es que a quienes todavía les queda algo de sentido común acaban dándose por vencidos y al final, el poder queda en manos de auténticos descerebrados (léase Trump, Maduro). Aquí tampoco nos vamos a librar porque tarde o temprano llegará al poder el loco de turno que, eso sí, conseguirá que ese cuarenta por ciento de ciudadanos que nunca van a votar lo hagan otra vez.
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