Desde el día en que felizmente tomé conciencia de la importancia del reciclaje, puedo decir que soy ya otra persona.
Hoy puedo afirmar, con la máxima humildad y modestia, que por fin soy un palmesano realmente ejemplar en esta materia tan delicada. O dicho de otro modo, yo soy de los que incluso reciclan los kleenex ya usados, los bastoncillos que ya han cumplido su función o el cilindrito de cartón del papel higiénico.
En estos tiempos tan proactivos en que la palabra clave para casi todo es «sostenibilidad», creo que mi conciencia medioambiental no tiene nada que envidiar a la de Greenpeace, el GOB, el Ejecutivo regional o el Gobierno de España.
Por no hablar de mi eficacia recicladora, que en el ámbito estricto del reino animal es perfectamente equiparable a la de seres tan eficientes como los escarabajos peloteros, los pulpos veteados, los corales, las lombrices de tierra, las larvas de la mosca soldado negra y los gusanos de la harina.
Es cierto que no siempre fui así, pero también es verdad que los últimos restos de indecisión reutilizadora por mi parte desaparecieron para siempre hace ya mucho tiempo, en concreto en enero de 2013, cuando vi por vez primera, absolutamente sobrecogido, el anuncio publicitario de Emaya titulado Fems basta!, con el monstruo de la basura paseando por el Passeig des Born o a punto de devorar nuestra preciosa Catedral. Todavía hoy, trece años después, sigo teniendo pesadillas y escalofríos por las noches.
Aun así, es evidente que continuar siendo un buen reciclador en el momento actual no siempre resulta del todo fácil, pese a la buena labor del consistorio palmesano, pues cada vez hay más colores distintos en los contenedores y, además, estos no siempre están al lado de casa. Hay días —pocos, por fortuna— en que incluso no sé muy bien dónde tirar la basura, sobre todo cuando algunos contenedores están llenos hasta la bandera, o mejor dicho, hasta la tapa o la ranura.
Con todo, creo que cada vez más palmesanos vamos ya por fin por el buen camino no sólo en el ámbito del reciclaje, sino también en el de la solidaridad y el civismo. Así, gracias a nuestro paulatino esmero en la vía pública, han desaparecido ya casi por completo las tradicionales deposiciones caninas —y no caninas— que había antes en muchas calles, aunque de momento aún se nos sigan resistiendo un poco las igualmente tradicionales vomitonas y los orines de los fines de semana.
Mi preocupación y mi obsesión por todos estos temas ha llegado a ser ya tan grande, que he acabado descubriendo justo ahora, a mis casi sesenta y tres años, que mi verdadera y genuina vocación quizás no sea la de periodista, sino la de controlador medioambiental. Por ello, no descarto acabar enviando en breve un currículum laboral actualizado —en papel reciclado, por supuesto— a la sede de Emaya.
De hecho, últimamente me gusta cada vez más imaginarme agazapado detrás de un contenedor callejero con un bloc de multas, a la caza de algún ciudadano que haya salido a escondidas a intentar tirar los residuos orgánicos a las ocho de la mañana o a las tres de la tarde. Me veo apuntándole entonces con un boli o un lápiz y diciéndole de manera pausada y fría, como hacía el gran Clint Eastwood en Impacto súbito: «Anda, alégrame el día».





