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A la libertad por el amor

jueves 10 de junio de 2021, 04:00h

Esta semana me he llevado un alegrón: Ione Belarra dice que Podemos va a ser “el partido del amor”. ¡Corro a afiliarme! Debe de ir en serio: Pablenin se ha evaporado misteriosamente, Echenique borra sus tuits… Hay que celebrarlo. Ya no dividirán al personal, ni enviarán escoltas a repartir amor por Vallecas.

Bromas aparte, el amor es exactamente el programa que venimos anunciando. Un amigo comentaba, sobre un artículo reciente, que tenía mucho contenido. No sé si lo decía como halago o como queja. Por amor, lo tomé como halago. Lo cierto es que en el fondo nos limitamos a transmitir, adaptado a la actualidad noticiosa, el programa condensado en “Dios nos hizo libres. Apología del cristianismo y el liberalismo”: el amor. Amor en política, y amor en lo personal.

En política, o sea, en la determinación del ordenamiento jurídico que debe regir la sociedad, el verdadero amor exige el respeto de los derechos inalienables que corresponden a todo ser humano por el mero hecho de serlo: vida, libertad, propiedad. Derechos que el Estado no concede, sino que solamente reconoce. En eso consiste el liberalismo: en la defensa de los derechos individuales frente a la opresión del poder. Vale la pena ver a este respecto el brillante y erudito discurso de Federico Jiménez Losantos en la entrega del -merecidísimo- Premio Juan de Mariana 2021.

Trazando un paralelismo con la defensa tramposa del feminismo (“¿está usted a favor de la igualdad de hombres y mujeres? Pues usted es feminista”), podríamos defender el liberalismo preguntando: “¿está usted contra la opresión? Pues usted es liberal.” Estar contra la opresión del ciudadano implica tener oprimido -atado, limitado- al poder, porque cuando el poder es absoluto, la propiedad, la libertad y, finalmente, hasta la vida de los ciudadanos quedan desprotegidas, a merced del gobernante.

Ciertamente el amor, en política, implica también procurar que todos dispongan de las condiciones materiales mínimas para una vida digna. Afortunadamente, como destacó Hayek, el respeto de los derechos individuales no sólo es lo moralmente correcto, sino que es además lo económicamente eficiente, como demuestra la buena teoría y la experiencia práctica. Pero para aquellas situaciones excepcionales en que sea necesario, el liberalismo no está reñido con una red de asistencia social, eso sí, diseñada de tal modo que minimice sus efectos secundarios más frecuentes: la desincentivación del trabajo y la perpetuación de las situaciones de necesidad.

El liberalismo, en resumen, orienta la política, y en consecuencia el orden jurídico y económico, hacia la protección de la libertad personal, entendida como ausencia de coacción: que cada persona pueda desarrollar su proyecto vital con total libertad, limitada únicamente por el necesario y recíproco respeto de los derechos ajenos. Es la libertad exterior.

Pero este plano exterior a la persona se complementa con el interior: y es ahí donde entra a fondo el cristianismo, que no es sino el amor a Dios y al prójimo, y que nos libera del miedo a la muerte y de todo el mal que restringe nuestra libertad interna.

Porque uno puede vivir en la sociedad más libre del planeta, y aun así no ser libre por diversos motivos internos: por vivir tumbado en el sofá, agotado por la pereza; dominado por una gula incontrolada que le hace engordar; o por unos instintos sexuales que en el fondo le hacen infeliz pero que es incapaz de controlar (lujuria), y así podríamos seguir con todos los pecados capitales.

El saber que Dios existe y que nos ama infinitamente como hijos suyos, y el ejemplo de Cristo de entrega y de olvido de sí mismo por amor, nos libera de esas ataduras interiores -aunque en esta vida debamos continuar luchando permanentemente contra ellas, con la ayuda de Dios- y nos conduce a una paz y a una felicidad profundas e independientes de cualquier cosa que nos suceda en el exterior. Es la auténtica libertad interior. No en vano dijo Cristo que la Verdad nos hace libres, y que la Verdad es el mismo Cristo.

Así que enhorabuena, Ione, bienvenida a casa. Déjate guiar por el Amor y no te equivocarás.

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