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Adriana Yepes o quien nunca paró de querer aprender
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Adriana Yepes o quien nunca paró de querer aprender

Esta semana, nos dirigimos hacía una de las más hermosas bahías de Mallorca arropada por la Serra de Tramuntana; el Port de Pollença o como se la conoce por sus pobladores; “U Moll de Pollença”.

Caminar unos minutos por el Paseo de los Pinos, visitar los restos de Bocchoris o la península de Formentor, contemplar la transparencia del agua de su playa, recibir la amabilidad de sus habitantes, basta para darte cuenta de en donde te has metido. Queríamos que una empresaria nacida en Ecuador, amante de la música clásica, nos contara parte de su venturosa historia y cuál fue el motivo para establecerse en este paraíso en la que se siente adoptada.

Adriana de la Paz Yepes Mina, nace el 13 de febrero de 1972 en Santo Domingo de los Colorados, la cuarta ciudad más poblada del Ecuador. Los indígenas Tsáchilla que eran los pobladores antes de la llegada de los colonizadores tenían la costumbre de pintarse el pelo con unto rojizo de achiote y de ahí el término colorados o como les llamaban antiguamente; Indios Colorados.

Su padre, de nombre Luis y su madre, María Paz (Pacita) eran comerciantes y ambos naturales de la provincia de Imbabura, situada al norte del país en la zona geográfica que se conoce como región interandina.

Mis abuelos maternos, José María y Delia eran terratenientes disponían de grandes extensiones de terreno para sembrar palma y elaborar aceite de palma, mis abuelos paternos, Fernando y Emilia eran comerciantes y los cuatro nacieron en Imbabura.

¿Qué recuerdos atesora de su infancia?

Éramos siete hermanos, yo estoy entre los mayores. De niña montaba supermercados debajo de un almendro en nuestro gran patio. Las piedras y las bolsitas de arena representaban frutos, posiblemente y de manera inconsciente ya comerciaba con mi primer negocio. Mi hermano Jesús tenía montones de canicas que escondía en bolsitas bajo tierra y yo sabía el lugar secreto en dónde las guardaba. De vez en cuando le quitaba algunas y las vendía y del dinero que conseguía me compraba helados o guayabas. Vivir en aquel microclima era una maravilla, estábamos rodeados de agua dulce y frutas tropicales. Era una infancia feliz.

Siendo muy jovencita le gustaban las matemáticas y esa asignatura siempre se le dio bien. A los nueve años iría a la escuela de San Diego en Quito y después a los diez hasta los catorce a la Escuela Mariano Aguilera en Santo Domingo.

En historia me defendía con nota alta, no así en geografía. Al mismo tiempo que estudiaba, prestaba singular atención a mi hermana mayor que era modista, y también me interesó desde jovencita la agricultura. Acabé mis estudios de bachillerato a los dieciocho años en el Colegio Vicente Rocafuerte.

¿Y cómo se desenvolvía? ¿Cómo eran los días en casa?

Me crié entre hombres y prácticamente las tareas de la casa recaían sobre mamá, mi hermana y yo. Era un protectorado controlado, un patriarcado extendido y aceptado.

Cuando mis hermanos se iban de fiesta o de paseo, normalmente mi hermana Mercedes y yo quedábamos en casa con nuestras labores.

Siempre había labores de plancha, de lavado, de coser.

Veíamos la tele y aquella famosa serie cómica mexicana “El chavo del ocho” nos distrajo muchas tardes.

Aunque a veces a me iba a escondidas con mi amiga Marisol que en la actualidad es profesora. Nos hacíamos con mangos, papayas y otras frutas de la finca de Pepe Mora un vecino que estaba enamorado de mi amiga. Sabíamos que él no se quejaría.

A los 18 años recibe la noticia de que una serie de emprendedores quieren montar una sociedad, la mayor bananera del país y consigue entrar en la empresa.

Mi trabajo era sencillo, consistía en pegar una etiqueta a cada unidad. El plátano llegaba transportado en el aire por unos raíles y luego en cintas hasta que los depositaban en nuestro departamento. Les poníamos la pegatina, los colocaban en una caja y de ahí al mercado. Estuve allí hasta los 21 años.

¿Y es entonces cuando conoce al padre de su hija?

Bueno, en realidad ya nos conocíamos, éramos vecinos y empezamos a salir como novios y tuvimos una niña a la que pusimos de nombre Génesis. Él, trabajaba en un banco y yo necesitaba hacer algo útil además de ocuparme del hogar y decidí comerciar con telas mejicanas que compraba desplazándome hasta Manta y luego las vendía en Santo Domingo. Me llevaba a la niña que en aquel entonces tenía siete meses y por espacio de dos años ese era mi otro oficio. Nos venían bien unos ingresos extras.

Manta es la ciudad más poblada de la provincia de Manabí, conocida como San Pablo de Manta o como La Puerta del Pacífico, por haberse convertido en uno de los puertos imprescindibles para la economía ecuatoriana.

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Y llega para usted un día en el que toma una decisión determinante…

Me sentía curiosa y ambiciosa al mismo tiempo o mejor dicho, yo no quería ser una mujer conformista y pensé que si quería una situación económica estable, o para permitirnos algunos lujos, debería buscarla lejos de mi país.

Acepté la propuesta de una “coyote” que nos convenció con sus promesas a mí y a otras cuatro mujeres de marchar para Alemania. Al llegar a tierras teutonas y habernos cobrado, nos presentó a un señor peruano que trabajaba en los almacenes de C&A ¡gracias a Dios! Aunque él no fuese el empresario que debía colocarnos, lo cierto es que nos ayudó en todo lo que pudo porque la “coyote” nos abandonó a nuestra suerte.

Cinco mujeres de Ecuador, sin hablar alemán, sin tener a donde ir ni saber qué hacer en Múnich. ¿Cómo salieron de aquel entuerto?

Ese bondadoso señor peruano al que llamábamos Tio Lino, nos dejó estar en su casa. Nos ocupábamos de lavarle la ropa, limpiar, planchar, preparar la comida. El principio no fue fácil, la convivencia nos podía llevar a algún que otro malentendido, pero con el tiempo se convirtió nuestro salvador. Trabajé de camarera, de limpiadora de friegaplatos en un restaurante.

Luego el Tio Lino me consiguió un trabajo por tres meses para cuidar de una niña y de algunas tareas de la casa.

Tenía un trato especial con él, le llamaba papito porque era más o menos de la misma edad que mí padre y no quería que mal interpretase mi afecto hacia su persona.

Luego trabajé para Doña Nanet que era conocida de Claudia Schiffer, tenía diferentes fotos con ella, algunas montando a caballo y además poseía una casa en la Colonia de Sant Jordi y precisamente con ella fui por primera vez de visita a Mallorca en 1997 con su marido que viajó con dos coches de la segunda guerra mundial. Estuvimos quince días y me ocupé del cuidado de su hijo. Fueron días maravillosos en mi vida.

De vuelta a Alemania, estuve contratada unos meses por un médico propietario de una Clínica de Múnich y poco después regresé a mi país. Habían pasado casi tres años.

Y en el año 2000 viene a Mallorca prácticamente con toda la familia, su hija, el padre, sus hermanos, cuñadas…

Sí y lo que yo pensaba que sería lo más fácil fue lo más complicado; encontrar trabajo. Había estado dando tumbos y un día en la plaza España me encontré con una paisana que me enseñó a encontrar ofertas de trabajo en el periódico. Qué placer de girar páginas y entenderlas, viniendo de la dificultad que me supuso el idioma alemán.

Y al primer anuncio que llamé me sorprendió. Pensé que había conseguido el empleo de mi vida. La oferta económica me dejó boquiabierta y se la hice repetir a la señora que me atendió al teléfono. Acudí a la cita, pero ni mucho menos era lo que yo pensaba. Lo fastidioso del caso es que en la familia necesitábamos esos ingresos y acepté limpiar y ordenar los desaguisados de las noches de una casa de citas, sin explicar a mi familia la realidad. La señora me decía que no me preocupase por nada de lo que viese, que me dedicase a adecentar aquellas estancias y allí me iba por las mañanas. Pero eso duró muy poco, hasta que uno de los clientes me tomó a mí por una de esas mujeres que estaban al servicio. Me fui para casa. Disgustada les confesé que el trabajo no era lo que les había contado y lo cierto es que todos me apoyaron. Más adelante, estuve como camarera en el club militar de Torre den Pau y pasé por otras tareas. Mi sueño era llegar a diseñar ropa infantil y lo sigue siendo.

En aquella época la contrataron en una empresa de uniformes y un tiempo después monta su propia sociedad en el lugar en donde habitualmente veraneaba; Port de Pollença

Y en esos veranos, conocí a una de las personas que junto a Mónica se convirtió en una de mis mejores amigas, Lourdes en el Restaurante Dulcinea de Alcudia.

Al principio en 2007 solo tenía tres máquinas, pero era muy constante visitando clientes. Convencí uno a uno, me volqué en ser quien les ofreciera el mejor servicio, yo no podía dejar que nadie me venciera. Fui muy insistente en que me dieran una oportunidad. Quería que aquel nombre que había escogido; “Uniformes Pollentia” tuviera un espacio en el comercio y en la industria pollensina.

Me levanto cada día a las seis de la mañana. Me fijo en cada detalle, de las empresas y en cada uno de sus empleados. Considero el valor de cada persona, para mí cualquiera es importante. Con la labor de cada día hemos conseguido crear una larga cartera de clientes particulares que son trabajadores o conocidos de las compañías a las que servimos, cosemos toldos, cojines, vestidos, manteles, atiendo a las señoras del pueblo con las que mantengo una convivencia entrañable. Han sido años de mejorar y en eso consiste mi labor, en aprender, como ha sido toda mi vida; un aprendizaje. En la actualidad llevo la empresa con mi hija y con personal de confianza.

Esta entrevista la realizamos frente a la bahía de Pollença, en el Restaurante Casa Vila di Mare. Adriana invitó también a sus amigas Mónica y Lourdes, quería sentirse arropada. Francisca buscaba ángulos desde donde perpetuar aquel encuentro y por momentos una agradable brisa nos visitaba para apaciguar los casi treinta grados de temperatura en la terraza exterior.

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Permítanos conocer una parte de su personalidad, esas frases, esos pensamientos que nos acompañan como tatuajes en la piel…

Me acuerdo de una frase que decía mi padre: al mal escribano las barbas le molestan. Para avanzar en el trabajo no se pueden buscar excusas, hay que dar soluciones y así me he manifestado siempre, luchando.

Me complace y lo digo por experiencia, dictar con el corazón y no con la cabeza, cuando la cabeza dice no y el corazón dice sí, atiendo al latido.

Y por encima de todo me gusta que la gente sea feliz.

¿Qué libro considera imprescindible?

El poder del ahora

Y una película

Lolita

Y una canción…

Voyage, voyage.

Un placer gastronómico.

Burballes.

Un lugar.

Puerto de Pollensa.

Es que yo agradezco y lo haré siempre a la gente de Pollensa y del Port de Pollensa su acogida y su confianza en mi persona.

¿Qué es lo qué admira de otra persona?

Admiro la sabiduría y el saber estar, la humildad, la imaginación.

A aquella persona que disfruta con ver el sol de cada mañana, aquella que considera que es bueno equivocarse para aprender. Soy una persona que acepta rectificar.

Háblenos de proyectos

Continuamente analizo ideas para mejorar y ampliar nuestros servicios. Pero tengo otros que me gustaría cumplir y ahí están, guardaditos. Uno en Ecuador, otro en Marruecos, otro en Mallorca. Los pondré en marcha.

Con tantas horas trabajo y de atención al cliente ¿encuentra algo de tiempo para usted?

Me agrada la soledad y cada día sobre las siete de la mañana me voy a caminar, por la playa o hacía la montaña, a veces cojo el coche en busca de la paz en unas determinadas zonas del Camí de Lluc.

Y otra de las cosas que en esta vida más satisfacción me da, es la música clásica y aquí tenemos el Claustro de Pollença que es un templo inmejorable para acudir a conciertos de calidad. Soy asidua.

Si yo fuera un artista que tuviera que dibujar los rasgos de esta mujer, me circunscribiría al empeño, a la persistencia, a la resistencia. Creo que no hay historia fácil para alguien que deja atrás a su familia, a sus amigos, a su país, para quien debe enfrentarse a un triste adiós en busca de cumplir sus sueños. Pienso en la añoranza, en la soledad, en la brega. Y en este dibujo no puede faltar un trazo al reconocimiento, una línea al camino elegido, un punto de transparencia al equilibrio. Tantos años de sacrificio se merecen recompensa, aunque Adriana no queda parada esperando aplausos. Sigue levantándose con vigor cada mañana, sabe que ningún día es como el anterior y eso alienta a la gente positiva.

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Nos tomábamos un último café con Adriana y Mónica antes de partir. En la playa cercana, la gente comenzaba a replegar toallas y bolsas y se acercaban a los chiringuitos a refrescarse. Francisca y yo habíamos almacenado material para una semana más y las redes sociales y el periódico se encargarían de mostrarlo.

Texto: Xisco Barceló

Fotografías: Francisca Sampol

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