La última escena tercermundista acontecida en el Aeropuerto de Palma ha sido el desplome del techo en la zona de recogida de equipajes, a plena luz del día y en pleno horario de tránsito de pasajeros. No hay que lamentar daños personales de puro milagro.
Fragmentos de cristal y otros materiales han sembrado el caos y han vuelto a dejar en evidencia el lamentable estado de las obras y, sobre todo, la desidia con la que AENA y la dirección del aeropuerto gestionan la principal puerta de entrada y salida de Mallorca
Este no es un episodio aislado. Hace apenas unos meses, una trabajadora del aeropuerto acabó en la UCI tras ingerir un café infectado de insectos de una máquina expendedora. No hubo dimisiones. No hubo explicaciones. Las goteras son tan habituales que casi forman parte del mobiliario, y las personas sin hogar pernoctando en la terminal son testigos mudos de una gestión que hace tiempo dejó de ser mediocre para pasar a ser negligente.
¿Qué tiene que pasar para que alguien asuma responsabilidades? ¿Esperamos a que un trozo de techo caiga sobre un pasajero? ¿A una intoxicación masiva? ¿A una desgracia irreparable? En cualquier empresa privada, una concatenación semejante de errores, incidentes y abandono supondría la salida inmediata de los responsables. Pero en este aeropuerto, que gestiona millones de euros en ingresos y tráfico cada año, parece que todo vale.
Mallorca no se merece esta imagen. No es una cuestión estética ni simbólica, es una cuestión de seguridad, de salud pública y de dignidad. La puerta de entrada y salida de una potencia turística europea no puede seguir siendo gestionada como si fuera una estación de autobuses abandonada. Alguien tiene que dar explicaciones públicas y dar la cara.
Lo que viene sucediendo en Son Sant Joan en los últimos meses no es aceptable desde ningún punto de vista.





