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Alexander Fleming

Por Josep Maria Aguiló
sábado 26 de septiembre de 2020, 05:00h
Una zona de Palma por la que suelo pasear con una cierta frecuencia, salvo ahora estos días, es la Plaça Alexander Fleming. Es un espacio de la ciudad que desde siempre me ha gustado, desde los ya lejanos tiempos en que en sus inmediaciones se encontraba el ahora desaparecido Cine Capitol, en donde recuerdo haber visto películas hoy sin duda míticas como «¿Qué he hecho yo para merecer esto?», de Pedro Almodóvar, o «Lo importante es amar», de Andrzej Zulawski.

Esta plaza me agrada empezando ya por su mismo nombre, el de aquel gran científico británico que descubrió la penicilina, un hallazgo gracias al cual millones de personas han podido salvar sus vidas desde los años cuarenta del pasado siglo. Yo mismo puedo considerarme, en ese sentido, una de esas personas afortunadas. O dicho de otro modo, si Alexander Fleming no hubiera existido, no hubieran llegado a existir tampoco estos melancólicos y nostálgicos artículos sabatinos, tenga esa circunstancia anecdótica el posible valor que tenga o que el amable lector tal vez quiera darle.

Otra peculiaridad que define a esta plaza es su pista polideportiva, en la que puede jugarse tanto al fútbol como al baloncesto, algo que a veces se hace de forma paralela y simultánea, sobre todo al caer la tarde, provocando imágenes curiosas, tiernas o entretenidas. Por su parte, los más pequeños pueden divertirse en los juegos infantiles que también hay en la zona, siempre y cuando no haya tal o cual restricción que lo impida de forma momentánea. En la plaza hay también varias cafeterías, cada una de ellas con sus clientes más o menos fieles y habituales, aunque seguramente ahora sean algo menos fieles y habituales, si bien por razones previsiblemente ajenas a su voluntad.

Destacaría también, por último, los bancos de madera que hay en este hermoso enclave, en los que uno puede sentarse durante un rato para, esencialmente, descansar o meditar un poco. Es posible que estos días estén siendo, además, especialmente indicados para pensar en dos o tres cosas muy concretas, como por ejemplo tal vez en «qué he hecho yo para merecer esto» o quizás también en que pese a todo «lo importante es amar».
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