Algo sobre los Oscars

Los pecadores (Sinners) es la película con más nominaciones en la historia de los Óscar, y esto es bastante sorprendente. Habría sido una excelente candidata para el Festival de Cine Fantástico de Sitges, o para el difunto Festival de Cine Imaginario de Madrid (IMAGFIC). No era raro que una película se diera a conocer ante el público de frikis que asistíamos a estos eventos, y que, si tenía mucho éxito, diera el paso al circuito, digamos, normal. Este fue el caso de algunas películas de Cronenberg como La zona muerta. Y de La cosa, de John Carpenter, que se presentó en Sitges y pasó a ser una película de culto. Pero a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido llenar La cosa de nominaciones a los Óscar, como ha ocurrido con Los pecadores. Que sí, que está muy bien (a mí me gustó mucho), pero es una película de vampiros. La cuestión es que son vampiros, pero negros, y eso cambia todo.

Desde los Óscar 2024, una obra, para aspirar a mejor película, debe cumplir al menos 2 de los 4 estándares establecidos por la Academia «para fomentar una representación equitativa dentro y fuera de la pantalla con el fin de reflejar mejor la diversidad del público cinematográfico». El primero de los estándares, «representación en pantalla, temas o narrativa» tiene, a su vez, tres apartados, y el primero es «Actores principales». Para cumplirlo, al menos uno de ellos debe pertenecer a un «grupo racial o étnico subrepresentado». ¿Cuáles son?: «Negro/Afroamericano», «Hispano/Latino», «Asiático», «Indígena/Nativo Americano/Nativo de Alaska», «Oriente Medio/Norte de África», «Nativo hawaiano u otro isleño del Pacífico», «Otro grupo racial o étnico subrepresentado». Ahora entienden muchas cosas, ¿eh? 

Pero además, para cumplir este mismo estándar, al menos 30% de los actores en papeles secundarios y menores debe pertenecer a dos o más de los siguientes grupos: «Mujeres», «Grupos raciales o étnicos», «LGBTQ+», «Personas con discapacidades cognitivas o físicas, o sordas o con problemas auditivos». Ignoro si ser mujer e indígena puntúa doble, y si vale tres puntos si además es LGTB+. En todo caso, lo que debería resultar un poco paternalista e insultante para las mujeres es que las incluyan en un grupo a proteger junto a los que tienen discapacidades cognitivas.

En cuanto a los otros tres estándares (recuerden que hay que cumplir al menos dos), incluyen la diversidad en el liderazgo (al menos dos puestos clave, como director, guionista o, productor, se reservan para grupos raciales subrepresentados), en el marketing y prácticas pagadas para miembros de estos grupos. 

Es decir, que los criterios de inclusión se han sobrepuesto a los artísticos, y por eso no debemos extrañarnos de que la calidad cinematográfica haya menguado. It’s not a bug, it’s a feature; no es un error, es una característica del sistema. Esto explica que le hayan dado el Oscar a un actor negro que debería representar a dos personajes distintos en la película. Pero como el espectador es incapaz de distinguirlos (porque el actor actúa exactamente igual en ambos casos) el director les ha tenido que poner un sombrero diferente. En cambio le han dado el premio a «mejor actor de reparto» a un blanco, Sean Penn, cuando en realidad se lo merecía un negro, Delroy Lindo, que también sale en Los pecadores. Pero es que aquí se ha antepuesto un criterio ideológico al de diversidad.

Una batalla tras otra ha logrado 6 Oscars, incluidos el de Sean Penn y el de mejor reparto en general, esto último quizás porque cumple estrictamente los criterios de diversidad fijados por Hollywood: tiene negros, mexicanos y (creo recordar) algún oriental. Es una película perturbadora, pero en el mal sentido: muestra una sorprendente admiración por la violencia. En su primera mitad, muestra a una colección de terroristas desharrapados poniendo bombas, y ocasionalmente matando, sin saber muy bien por qué, y en la segunda a Leonardo DiCaprio en bata. La violencia de este grupo se presenta como justa porque es antifascista: sus adversarios son un grupo supremacista, desquiciado e inverosímil, cuyo exponente es Sean Penn. Penn hace una interpretación absolutamente grotesca, que auguro que irá acumulando vergüenza ajena con el paso del tiempo. Ya, me dirán, pero es que es una sátira del trumpismo. Pues entonces tendría que tener gracia, y esto no lo consigue. En realidad la película se desliza por la pantalla a velocidad de caracol, y si uno supera con éxito las casi tres horas de metraje acaba exhausto. 

Una última curiosidad. A pesar de los ingentes esfuerzos por denunciar la cosificación de la mujer que hace el malvado patriarcado, las mujeres se empeñan en aparecer parcialmente desvestidas en estas ocasiones. Vean el atuendo de Kylie Jenner (novia de Don Pimpón), de la espectacular Suki Waterhouse, y sobre todo el de Gwyneth Palthrow. Y es que en estos tiempos de escasez de machos apetecibles (según ellas), la cosa deriva en una feroz competición intrasexual. No es el patriarcado sino la biología, estúpidos.

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