Animaladas

Todos nos hemos congratulado de que Teresa Romero abandone su cautiverio y regrese junto a su marido, aunque su fiel Excalibur no pueda ya mover la cola al oírla aproximarse por el rellano. Es una de las pocas consecuencias del desgraciado suceso que nos provoca una sonrisa y un suspiro, tras el calvario que habrá sufrido por el efecto del virus y de otros seres, que por estar vivos no son menos patógenos. No la elevaré a los altares por el via crucis recorrido, aunque haya sufrido el martirio de la desesperación y siga padeciendo por algún tiempo el rechazo social que esconde los abrazos discretos que recibe de los suyos. Pero siento compasión por todo lo que ha afrontado y lo que le queda. Así como el personal que la ha atendido e hizo lo propio con los misioneros Pajares y García, ella y su entorno perderán pronto el protagonismo mediático y serán observados con recelo desde la distancia. El ser humano es así: nuestros afectos son fugaces e incluso interesados. Instrumentalizamos hasta los pocos valores que nos deberían diferenciar de especies menos evolucionadas, llevando nuestra supervivencia a la exacerbación, en pos de una racionalidad que nos rebaja al último escalón emocional del ecosistema.

Uno de los motivos por los que apenas accedo a las redes sociales, desde hace algún tiempo, es para no cuestionarme, aún más, la condición humana. Videos que protagonizan perros que velan sus semejantes muertos en plena calle, jirafas que paren sin comadrona, accidentes de tráfico con víctimas o a punto de serlo,  peleas callejeras entre adolescentes o el documental sobre la anaconda que se traga un reportero no sólo prueban que existe gente con tiempo para todo, sino que la hay carente de escrúpulos al grabarlo sin prestar ayuda y para regodearse viéndolo o compartiendo la experiencia con el resto. Nuestra capacidad de asombro está dormida y cada día precisamos de estímulos tan inaceptables hace poco tiempo como despreciables deberían serlo ahora. Tal y como recogía un argumento cinematográfico en el que se llevaba al límite la cómplice pasividad que esconde el anonimato de las  nuevas tecnologías, cabe pensar si sería objeto de nuestra morbosa curiosidad un asesinato en directo, incluso acelerado por el masivo acceso de internautas para presenciar el óbito “en vivo”.

Insolentes fueron las declaraciones de un consejero madrileño que no tiene altura política ni caridad cristiana. Torpes parecieron las manifestaciones de una ministra de sanidad que nos puso enfermos. Miserable resulta la politización de un hecho indeseado, pero no por ello menos fortuito. Ruin es la mezquindad de quienes sienten no poder colgarle a un gobierno el récord de mortalidad occidental por fiebre hemorrágica. Hasta prescindible podría haber sido el sacrificio de quien tendrá un hueco siempre en el sofá y el corazón de la auxiliar madrileña, pero no alcanzo a localizar el adjetivo con el que calificar el circo al que estamos convirtiendo nuestro día a día. Hemos sacado las bestias de las jaulas y llorado al desgraciado morlaco saeteado en Tordesillas, pero estamos presenciando, sin inmutarnos, cómo el dolor ajeno y la fragilidad de nuestra existencia se han convertido en una moneda de escaso valor para quienes asisten impávidos a la representación televisada de una degradación moral, que encarna la peor faceta del único animal sociópata que puebla la tierra.

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