Cada año, por estas fechas, se desata el debate ciudadano, ahora trasladado a las redes sociales, de si debemos aceptar que nuestros vástagos celebren una fiesta tan supuestamente ajena como lo es el Halloween anglosajón. El face bulle de mensajes contra semejante invasión cultural. Hay apelaciones al Cristo de los Faroles y al típico rosari de carabassat y dulces tradicionales de antaño.
Vale, están muy bien estas muestras de sentimiento nacional tan profundas. La pena es que para estas bobadas seamos tan impermeables y para otras muchas abducciones nos pongamos mirando a Cuenca.
Porque, vamos a ver, lo de Halloween no es más que el trasunto norteño de una fiesta pagana en recuerdo de los difuntos que fue cristianizada en su día. Aquí también se hacían llanternes y los padrinos regalaban dulces a los niños, como se hace hoy en día con los vecinitos que tocan el timbre de tu casa y te espetan el famoso “¿truco o trato?”. Lo que abunda no daña y si ahora la globalización –y los beneficios del comercio, claro- abogan porque los niños se disfracen de zombis para pasárselo bien, pues bienvenida sea la fiesta, no la veo para nada incompatible con mantener los rosarios –que hoy en día se fabrican de chuches abominablemente dulces- y resto de costumbres ancestrales de Mallorca. Si el nacionalismo es eso, menuda paparrucha.
Mucho más preocupante es que en toda la isla no haya ni un solo establecimiento de comida tradicional que compita con el asqueroso, maloliente e insano fastfood. Tenemos el mejor escaparate turístico del Mediterráneo y en lugar de endosar a nuestros visitantes coques dulces y saladas, cocarrois, panades, frit, tumbet, llonguets y un largo etcétera de productos de nuestra tierra, saludables, nutritivos y, sobre todo, exquisitos, importamos franquicias de cualquier basura –en el mejor de los casos, producida con carne de vaca lechera moribunda- que lo mismo podemos engullir en la quinta avenida de Nueva York, en Shanghai, en Estambul o en Pernambuco, contribuyendo a que aquí no quede ni una sola industria de la alimentación. Nos zampamos repugnantes kebabs de carne de especies desconocidas, o comida denominada oriental en locales cuya higiene deja mucho que desear, pero es que así nos sentimos la leche de cosmopolitas.
Luego, también nos pirramos por costumbres gringas a las que no hacemos tantos ascos como al Halloween, tales como machacarnos el intelecto con series y subproductos televisivos al tiempo adictivos e idiotizantes, mientras quizás nos estamos zampando un bote de helado ultradulce hecho en una refinería de petróleo. Por cierto, ¿puede alguien normal estar contemplando ocho horas diarias cómo unos capullos tratan de pescar cangrejos reales en Alaska o regodearse con lo padecen los enfermos de síndrome de Diógenes? Me parece prodigioso. Imagino que nuestra especie lo asimila todo rápidamente, especialmente los comportamientos más deleznables.
Copiamos los concursos para tarados y las islas de toda clase con colección de cenutrios en observación. Eso es cultura y Halloween una intromisión ilegítima en nuestro sentimiento nacional. Qué huevos.
Por no hablar de otras cosas que los cachazudos mallorquines toleramos sin aspaviento de ninguna clase, tales como que cierre una editorial que ha sido referente de nuestra cultura durante setenta años –y nadie haga nada-, o como que destrocen el último humedal de Palma para edificar un complejo en el que las multinacionales podrán vender sus productos fashion en detrimento del pan de nuestros pequeños comerciantes, o como que dejemos derribar uno de los últimos edificios industriales existentes obra de nuestro más famoso arquitecto del siglo XX para edificar un bodrio sin gracia alguna que, afortunadamente, derribarán nuestros hijos.
Dentro de diez o quince años en Palma no quedará ni uno solo de los muchos establecimientos centenarios que existían hace sólo treinta y, desde luego, será más difícil comer porcella que comida pakistaní. Pero, eso sí, lo de Halloween es una vergüenza.



