Ante todo...

«Primum non nocere»: «ante todo, no hacer daño». Se atribuye a Hipócrates, y es un principio fundamental de la práctica médica, que la bioética ha traducido con el nombre, poco comercial, de «principio de no maleficencia». 

De manera análoga, todo el que ha participado en una campaña electoral sabe que hay un principio con una formulación similar: «ante todo, no (ejem) fastidiarla». Este es el principal temor que atenaza a candidatos y asesores, que lleva a los segundos a preparar intervenciones inofensivas e insulsas, y a los primeros a no responder nunca lo que se les pregunta y a hablar en politiqués. Y este es el principio fundamental que el pasado lunes infringió María Jesús Montero, que, en el debate televisivo con el resto de candidatos, la (ejem) fastidió estrepitosamente. Montero afirmó, por dos veces, tan tranquila, que la muerte de dos guardias civiles en la persecución de unos narcotraficantes fue un «accidente laboral», y así finalizó una campaña que había comenzado con la improbable elección como candidata de la ministra que había pactado un sistema de financiación autonómico que perjudica a la región que pretende gobernar.

Es imposible exagerar la profundidad del charco en el que la candidata se metió alegremente. Pero es importante entender que no fue un calentón, o un desliz: su intervención estaba cuidadosamente preparada. Sin duda un ejército de asesores, spin-doctors y charlatanes diversos se habían reunido en una mesa y habían decidido que esa era la manera más limpia de quitar responsabilidad al gobierno por la muerte de dos miembros de los cuerpos de seguridad del estado que luchan contra el narcotráfico con medios menguados. ¡Brillante! Así se diluyen las dos muertes (y la responsabilidad del Gobierno) en las quinientas que se producen anualmente. No pasa nada, ha sido un accidente laboral. Circulen.

Es decir, todo parece indicar que este disparate, que inmediatamente habría detectado un babuino aleatorio, pasó los filtros del numeroso ejército de asesores de Sánchez. Tal vez, sencillamente, a éste le había parecido buena idea, y nadie se había atrevido a llevarle la contraria; así suele extenderse el síndrome de la secta por los partidos, que culmina con los adeptos entonando cánticos mientras marchan hacia su destrucción. Pero tal vez es también otra cosa: puede ser la enésima muestra del inmerecido prestigio que han adquirido algunos gurús de la comunicación.

Este es el caso de Iván Redondo, antaño asesor todopoderoso de Sánchez. Esta semana he visto (lo he hecho por ustedes, y he sobrevivido a duras penas) las dos entrevistas que concedió sucesivamente en Onda Cero y Cope. Me podría haber ahorrado una porque, aunque las preguntas eran diferentes, él dijo exactamente lo mismo en ambas. Presentó un relato emocional, perfectamente ñoño y extraordinariamente mal contado, a través del cual el sufrido oyente accedió a conocimientos inesperados. Como que lo de Redondo y Sánchez «no era una relación bidireccional, sino circular, y si quieres tiene un punto cinético». Y también que, en un momento de la historia, «nací yo, y a mí eso siempre me ha marcado». También se hizo un lío extraordinario cuando explicó que él se crió en un barrio de San Sebastián y por eso es «hijo de la primera, la segunda, e incluso la tercera república», algo que aún no he conseguido descifrar. Y mientras tanto decía mucho «aita» y «ama» para referirse a sus padres, y así dar entrada al mensaje que, de manera que él creía sutil, pensaba endilgar a los oyentes. 

Porque todo el relato del gurú Ivan, Sherezade pasada por la industria capilar turca, se iba desenvolviendo para acabar mostrando la perla con la que cree que puede volver a cautivar al sultán Sánchez: la plurinacionalidad. Cataluña, el País Vasco y Galicia son naciones, dijo. ¿Y Murcia? «No hombre, Murcia no», como dijo Jaume Asens. Es extraño porque todo el que conozca a un murciano sabe que, si hay alguien que merece una nación propia, y tal vez una especie propia, son ellos. Pero Iván Redondo nos contó que la plurinacionalidad está en la Constitución, y eso es, sencillamente, una gigantesca trola, el truco de prestidigitación de un charlatán que tal vez también tenga un «punto cinético». La Constitución dice exactamente lo contrario, que hay una única nación, el pueblo español, en el que reside la soberanía y del que emanan todos los poderes del estado. Y realmente, no se entiende muy bien cómo podrían convivir dos soberanías nacionales en un mismo estado, del mismo modo que cuesta imaginar una pirámide con dos vértices. 

Pero los gurús como Iván Redondo no son meros inofensivos generadores de chorradas, sino que producen un efecto altamente destructivo: diluir la responsabilidad. El político poco escrupuloso está encantado de que le liberen de ella, y puede tranquilizar su conciencia (cuando la tiene) pensando que no miente él, sino Maquiavelo, Iván Redondo y la ciencia política. Uno se acaba convenciendo de que lo que está mal en el mundo normal es perfectamente admisible, e incluso recomendable, en la política, y de que los políticos honrados son ingenuos y estúpidos. Y así, liberado de responsabilidad, uno acaba diciendo que la muerte de dos guardias civiles en su lucha contra el narco es un mero accidente laboral, algo que, aparte de una torpeza, es de ser un mal bicho.

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