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Antoni Garreta o si la memoria histórica pudiera hablar
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Antoni Garreta o si la memoria histórica pudiera hablar

El sol apretaba aquella mañana en la que subíamos las cuestas del Cami Vell de Inca a Santa Magdalena, para entrevistar a Antoni Garreta un artista autodidacta, hombre talentoso que lleva toda una vida combinando su pasión por la pintura con su oficio, muchas veces detrás de la barra de un bar o como hace más quince años como chef de cocina. Allá arriba te encuentras una llanura, a 287 metros de altura aparcas sin problema, entre la iglesia, el oratorio y el restaurante Puig de Santa Magdalena que regenta con su familia. Desde donde se divisa una estampa sublime…

Desde aquí todo se ve de otra forma, el pensamiento vuela, es un lugar ideal para reflexionar, para desconectarse y disfrutar de comer.

Antoni Llompart Colomar conocido artísticamente como Antoni Garreta, nace en Inca el 19 de febrero de 1965, el mismo año en que lo hace Andreu Buenafuente y Robert Downey, en que se creaba en Estados Unidos la banda The Doors y en Inglaterra, Pink Floyd, se publicaba la edición de El Quijote ilustrada por Dalí, fallecía Winston Churchil, el primer día de la Semana de la Hermandad Nacional era asesinado el activista Malcom X, en Dakar se celebraba el primer Festival del Arte Negro, en Cuba se daban por iniciados los Vuelos de la Libertad y en unos años 250.000 cubanos emigraban a Estados Unidos, en septiembre la República Dominicana ponía fin a la guerra civil, se creaba la Organización para la Liberación Palestina, un tiempo en el que el gremio del zapato de Inca, era una de las industrias más productivas del país.

Hijo de Sebastián natural de Inca y de María natural de Alaró, ambos eran trabajadores de una fábrica de zapatos, del matrimonio nacen Antoni y Jerònima.

¿Cuál es su primer recuerdo de infancia?

Quizá porque mi padre murió cuando yo solo tenía cinco años, he querido atesorar algunas escenas, aunque borrosas, de lo poco que pude convivir con él. Guardo con verdadero cariño un caballo de cartón que preside la entrada a la sala interior del restaurante y que se ha convertido en un símbolo para la familia, porque también lo han tenido mis hijos en su habitación.

Mi padre trabajaba en una fábrica de calzado y en sus horas libres colaboraba en una empresa que elaboraban caballos de cartón, en la fábrica Can Piu, una industria que desapareció con la llegada del plástico.

¿Cómo era Antoni estudiante, en la adolescencia?

Recuerdo que me gustaba ir en bicicleta, mi medio de transporte favorito. Era un estudiante tipo medio que destacaba en dibujo y pintura siempre con un 10, en lo demás, regular. Tenía facilidad para dibujar, era algo innato, tanto de niño como en la adolescencia. Era el periodo de formar las pandillas, los primeros cigarrillos, de ir por las noches a dar vueltas por los pueblos cercanos a Inca. De escuchar a Pink Floyd y a Deep Purple. Con 17 años iba al Colegio Pau Casasnovas y conocí a una alumna que salía con un chico hippie y acepté ir con ellos a trabajar a la finca de Son Massip en Lluc a recoger almendras y a vivir como en una especie de retiro, pero eso no me convenció y regresé con mis amigos de siempre.

Siendo muy joven forma una familia y pronto se ve con dos hijos, Sebastià y Nico…

Conocía a Pili siendo niños y de adolescentes fuimos novios hasta que a la edad de veinte años nos casamos. Un día, aún siendo novios le hice un dibujo y Pili que siempre ha tenido buen ojo me alentó para que me dedicase más de pleno al arte. No todo el mundo posee este don para dibujar, me dijo. Y lo cierto es que me animé y a los veintiún años me presenté con mi primera intervención, una obra surrealista, a un proyecto llamado Art Jove, participando en una colectiva que recorrió Mallorca, Menorca e Ibiza. Por aquel entonces monté un estudio en casa.

¿Pero no todo el mundo, pensaba como Pili?

¡No!, así es. A mi madre no le gustaba nada que dedicase mi tiempo a la pintura. Ella recordaba un episodio ocurrido en su pueblo natal, Alaró, de unos artistas catalanes que vivían en la miseria y se morían de hambre y no quería que yo pasase por eso. Con el tiempo la cosa cambió. De hecho ella me hablaba del silencio que tuvieron que mantener muchas personas durante la guerra civil y en la postguerra. El abuelo fue encarcelado en las celdas de Ca’n Mir, lo que hoy en día es el cine Sala Augusta de Palma. Al salir de prisión murió. Esa historia cercana me sensibilizó y comencé a investigar. Al transcurrir de los años realicé una escultura en acero corten y acero inoxidable titulada “Silenci” y que está colocada en la Avenida Reyes Católicos de Inca, dedicada a la figura de mi abuelo que representa a todas aquellas voces que no pudieron hablar.

Esta pieza fue seleccionada por la memoria de las víctimas de la guerra civil española y en años posteriores ese “silenci” ha sido determinante en su carrera pictórica y escultórica. Antoni Garreta en muchos de sus trabajos ha procurado dar sonido a esos alaridos que fueron callados y a esos otros que temían a pronunciar el nombre, de un padre, un hermano, o un amigo que les había sido arrebatado.

Me hubiera gustado exponer por primera vez en Sa Quartera un espacio cultural de mi ciudad, pero no pudo ser y Ramón Company me brindó la posibilidad de hacerlo en la Galería Les Arts de Alcúdia. Con la técnica de la encáustica, manejándome en la abstracción y usando varios materiales, púas, cuerdas y termoplástico.

De ahí marchamos a exponer a Budapest con Jaume Poma, Ramón Company en representación de España en la feria ArtExpo. Regresamos sin haber vendido una sola pieza.

¿A diferentes niveles, qué influencias ha tenido?

Me fascina la obra de Dalí y de Chillida, pero a lo largo de estos años ha habido vivencias que te hacen reflexionar y que influyen en tu trabajo. Con Ramón Company compartiendo esas primeras experiencias, o admirando las piezas de Eduard Vich, las cenas y las tertulias en la Asociación de Artistas, con Antoni Rovira y Roberto Jara entre otros, que acababan en largas conversaciones con mi estimado amigo Juan Barrotes en su estudio, hasta que llegaba la madrugada y nos pillaba de charla y de discusión sobre las abstracciones o cualquier movimiento artístico o cultural. Nunca olvidaré los consejos de Bernat Morey que fuera capellán de Moscarí y que además fue un excelente paisajista. Y capítulo especial merece mi admiración por la artista austriaca Eva Choung por su manera de ser, por su compromiso con la sociedad, me debo con ella un trabajo pendiente. Yo que valoro la sinceridad y la autenticidad es lo que percibo de esta mujer que ha expuesto en todo el mundo.

Colaboró con Galería Quassars de Manacor en una carpeta colectiva en la que participaron Joan Riera Ferrari, Ramon Company y el arquitecto danés Jorn Utzon autor de la Ópera de Sidney y que por aquel entonces era propietario de una casa en Porto Colom.

En esta misma galería presenté también una individual, una colección minimalista con predominio de blancos, realizada con técnicas mixtas, donde casi no importaba el color. Utilicé como metáfora el trazo de una línea hecha con un hilo que el destino conducía hacía donde estimaba oportuno y un punto que representaba al ser humano y su debilidad.

En esa lista, una itinerante colectiva titulada “Memória 1936-39”, con Marcos Vidal y Juan Vallespir que comenzaría en el Museu Joan Mesquida de Porreres, pasaría por el Claustro de Santo Domingo de Inca y acabaría en el Casal Solleric de Palma. Garreta participaría con el proyecto: “Persones imaginades”. Una instalación en la que el artista trataba de recuperar aquellos susurros trémulos y oprimidos que hacían referencia a seres desaparecidos, por eso, imaginados.

Años después si fue posible la exposición en Sa Quartera…

Monté una instalación basada en la memoria histórica y también un trabajo sobre la guerra de Siria, es inconcebible que en el siglo XXI sigamos hablando de guerras, de luchas crueles entre conciudadanos, de muertes de niños inocentes.

Dispuse de sacos de patata, arena que el día de la presentación dejamos caer en el suelo, cinco almohadas cada uno sobre uno de los cinco palés que es uno de mis elementos más significativos, para representar esos sueños rotos, esos proyectos que se paralizan, esas vidas que se truncan.

Le digo que solo puede elegir un ejemplo: Un libro, una película y un plato.

Por ese mismo orden, Shiddartha, Birdy y el Trempó.

En el año 2004 expone en la Galería Cunium de Inca, una colección de veintidós obras bajo el título: “Les llágrimes del silenci”, dedicada a las víctimas de la Guerra Civil.

De joven había trabajado en una fábrica de calzado y esa experiencia me ayudó a montar la instalación con 200 cajas de zapatos vacías y blancas que coloqué de tal forma que escenificaban un muro lleno de tumbas y treinta lanzaderas que representaban a las víctimas, bajo la triste luz de una bombilla amarillenta y de fondo el sonido de una máquina de repuntar que recordaba el sonido de las metralletas.

Otras exposiciones de Garreta; en el el Casal de Cultura de Selva; “Existències”, en la Galería Cunium, “Moment” y posteriormente; “Blanc”, en la Fundació Es Convent; “L’espera” y en el Casal Cas Metge Cifre; “El silenci dels ocells”.

En 2005 y con la propietaria de la Galería Cunium, María Payeras nace la idea de poner en marcha un proyecto al que en su fundación denominaron Incart. El objetivo básico y visto que las galerías iban perdiendo fuerza, se basaba en sacar a la calle las obras de artistas de la localidad para darles visibilidad, aunque el tema era más ambicioso y se pensó en la participación de artistas nacionales e internacionales.

Así empezó todo y fuimos añadiendo conceptos como por ejemplo hacer un gran archivo de artistas, un intercambio de colaboración con Ca’n Gelabert de Binissalem, también intercambios culturales a nivel nacional e internacional. La ayuda de la Fundación Cultural Es Convent sería determinante. Recuerdo la visita al viejo convento, el primer día sin luz y caminando con una linterna descubriendo aquel espacio. Empezamos con una instalación de 30 palés colocados de distintas formas y que con su rudeza debían de dar una impresión estética sorprendente, debían trasladarnos a la idea de construir con ellos una vida mejor.

Hoy en día el Festival d’Art Incart se sigue celebrando cada mes de abril y se muestra consolidado, consagrado y reconocido por su excelente trabajo. Para participar se debe acudir con una propuesta a una convocatoria oficial que se detalla en la web del Ayuntamiento de Inca, allí se ubica toda la información.

Por mi parte me siento satisfecho con mi aportación y de la evolución tras más de quince años de ediciones de más de ciento treinta participantes por edición. Es un reconocimiento a los veteranos y una plataforma para los más jóvenes.

Después de tantos años Incart cumple con su misión de múltiple escaparate de artistas, disciplinas y de utilización de numerosos espacios públicos y municipales.

En un recorrido breve por sus archivos nos paramos en algunas de sus exposiciones en Supermarket en Estocolmo, en Budapest en la Art Expo, en la Galery 88 en Suecia, en la Feria Internacional de Marbella, en Art Eivissa, en Art Expo Feria Internacional de Barcelona, en Interart Feria Internacional de Valencia, en Alhadros Centro Cultural de Eivissa, en Art Santander, entre otras y de su lenguaje surge un grito desgarrador que acompaña a miles de espíritus que pululan en busca de un destino.

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Hablando, hablando nos ha pasado el tiempo y uno descubre que está ante un ser profundamente sensible que habrá tenido que utilizar más de un emoliente sobre las zonas inflamadas. Sus piezas, muchas de ellas salpicadas de sangre, permiten un análisis poético a ras de una sencillez que desvela en su geometría simple, sincera, minimalista.

Por trabajo del protagonista, esta entrevista tuvimos que acabar de completarla unos días después. Nos preparó un “pa amb oli” especial, sentados en la terraza mientras contemplábamos como un milano real planeaba sobre las encinas y los pinos, así que la doble visita al Restaurante Puig de Santa Magdalena, fue doblemente agradecida.

¿Y cómo está funcionando el restaurante?

Comenzamos en septiembre, tiempo de pandemia, con dudas, pero va viento en popa, estamos muy contentos, porque era una apuesta muy difícil, principalmente de mi hijo Sebastià que es quien dirige el proyecto. Aquí tenemos claro que cada uno se debe a una labor que va en beneficio de todos. Yo me aplico en la cocina, Pili y Nico en el servicio, Sebastià en la gerencia y en las relaciones públicas y nuestro personal comprometido en su trabajo. A nuestros clientes intentamos ofrecerles gastronomía de calidad en un enclave único.

¿En la cocina también es artista?

Lo intento. A veces he visto trabajar a cocineros que si se pusieran a pintar serían grandes creadores.

¿Le queda tiempo para pintar?

Poco, cada vez menos. Aunque cada día me pongo el mono de trabajo y siento la fuerza interior, las ganas de superación. Soy un inconformista que siempre quiere dar un poco más. Pienso que por donde pasamos debemos dejar alguna señal.

Permítame conocer a ese Antoni de lecturas filosóficas sobre el polifacético Jean Paul Sartre, la doctrina existencialista, el ser y la nada.

Algunas de esas frases que se tatúan en la piel. De autoría externa o propia. - Se me queda mirando y advierto que reflexiona…

Soy tremendamente positivo y una de mi frase favorita es:

Cuando me fallan las piernas, me salen alas.

A veces he tenido la impresión de que cuando habla de sus creaciones, lo hace desde sentimientos encontrados, desde la levedad del ser humano que ejerce como testigo inalterable de un legado incierto. Y me lo imagino por cuánto queda por descubrir, por saber cuántos misterios nos esconde la memoria histórica en sus oscuras alcantarillas, cuantos años deberán pasar para exhumar todas las fosas comunes, para entender tanto silencio de las voces y de las almas que nunca hemos sabido a que cielo fueron a parar.

Seguramente que este hombre versado y de conversación pausada, cuando vuelva a meterse en su estudio y retome los aparejos tendrá muchos pensamientos por plasmar.

Cuando me jubile pintaré todo aquello que he dejado en los rincones.

No se veía una sola nube y la claridad azul reinaba en el cielo que se extendía sobre las bahías de Alcudia y de Pollensa, cuando Francisca tomaba sus últimas fotos desde aquella majestuosa atalaya que es el Puig de Santa Magdalena.

Textos: Xisco Barceló

Fotografías: Francisca Sampol

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