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Apaga y vámonos…, pero cierra con llave al salir

domingo 11 de octubre de 2020, 04:00h

Cuentan las historias que dos sacerdotes se presentaron compitiendo por una plaza de capellán castrense, destinada a ejercer las funciones de su Ministerio en un regimiento, cuando, en aras a demostrar la habilidad de poder decir la Misa en el menor tiempo posible, cuestión harto interesante si estás pendiente de entrar en batalla, se la jugaron a ver quién tardaba menos en oficiarla.

Para ello, y llegado el momento de mostrar su particular maestría en ahorrar el mayor tiempo que fuera posible, el primero de ellos si situó ante el altar y empezó la misma diciendo “Ite, Misa est”, que en el rito romano es el versículo que canta el diácono al final de la Misa, después de las oraciones poscomuniones, para poder darla por finalizada en cuanto la asamblea responda "Deo gratias".

Al oír aquello, el segundo sacerdote, sin arredrarse y no menos dispuesto a conseguir la plaza de capellán, simplemente miró al monaguillo, movió significativamente la cabeza en dirección a las velas que se encontraban cerca del altar, y le dijo de forma muy castiza “venga, apaga y vámonos”, dando por terminada la misa y, a su vez, dando lugar a una frase muy familiar entre nosotros y que empleamos al conocer que una cosa toca a su término, o al oír o ver algo muy absurdo, disparatado o escandaloso.

Y es que tengo que acudir a este dicho popular, esta vez dedicado a mi querida y siempre elegante Katya Moreno, que tiene la estoica deferencia de leerme -y comentarme- cada domingo, para mostrar una frase que resulta conveniente y necesaria al escuchar las últimas propuestas que nos presentan para relanzar la economía.

Ante la inminente presentación de los Presupuestos Generales del Estado, y con la patente -seguro que de Corso- necesidad de contentar a los compañeros de viaje, parece que se ha encontrado la fórmula magistral “tras acometer un esfuerzo sin precedentes con medidas como los ERTE o los avales del ICO” (Gobierno dixit) planteando una reforma fiscal que pasa, irremediablemente para esas cabezas pensantes, por subir los impuestos y, en concreto, por implantar un IVA del 21% para la sanidad y la educación privada y concertada; medida ésta que afectará a actividades como clínicas de salud, colegios privados y concertados, laboratorios, autoescuelas, centros de formación y otras actividades similares, todas ellas exentas de IVA hasta el momento.

No hace falta ser Milton Friedman, ni ganas, para darse cuenta que, ante una crisis como la que nos encontramos, no resulta la mejor idea el desincentivar el consumo sanitario o la formación, a lo que se añade que los servicios públicos ofrecidos actualmente en sanidad y educación están dimensionados para la demanda actual, pero no para un incremento de la misma, y que la educación concertada es más barata para el contribuyente que la pública -y, con todos los respetos para esta última, suele de ser de mejor calidad-.

Un estudio muy reciente señala que el coste que supondría para el Estado asumir los servicios tanto de sanidad como de educación que podrían pasar del sector privado o concertado al público estaría en torno a los cuatro mil millones de euros, mientras que el posible incremento de la recaudación, en el hipotético e improbable caso de que todos los usuarios se mantuvieran en unos servicios que se verían incrementados en más de un 20% sobre el precio actual, no superaría los tres mil quinientos millones de euros, con un coste medio de 1.300 euros a cada familia.

Dicho de otro modo, esta medida tendría un efecto contrario al buscado, si es que se busca alguno, y supondría elevar el déficit público por encima del actual, con la necesidad añadida de acometer nuevas infraestructuras que permitan acoger la nueva demanda, lo que supone un mayor gasto por la inversión ¿Quién dijo que era un necio el que “asó la manteca”?.

El peligro que suponen las “geniales” ideas de los políticos, de todos los signos, cuando solo responden a las exigencias de mantenerse en los pactos de gobierno solo nos pueden llevar a decir como aquel cura, que esperemos ganó la Capellanía, “apaga y vámonos… pero cierra la puerta con llave al salir, no sea que se escapen”.

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