Con apenas seis o siete añitos de edad, yo ya había sido cowboy, sheriff, dueño de un saloon con casino, jefe arapahoe, pistolero de buen corazón, ranchero, buscador de oro, sargento del Séptimo de Caballería, trampero, senador por Massachusetts, propietario de una tienda de ultramarinos, jugador de cartas en un vapor de ruedas del Mississippi, conductor de diligencias, aventurero, mascador de tabaco, gobernador de Arkansas, impresor de un diario local de Colorado, predicador baptista y colono de origen español.
Ese prodigio laboral y económico a tan temprana edad había sido posible, esencialmente, gracias a mi algo desbocada imaginación infantil, muy favorecida, lo reconozco, por la influencia que habían ejercido sobre mí grandes series como Bonanza, La ley del revólver, El Virginiano o El Gran Chaparral, así como también los geniales westerns de maestros como John Ford, Howard Hawks o Anthony Mann, cuyos nombres concretos aún desconocía por aquel entonces.
Junto a esos tres cineastas, podría citar también a otros excelentes directores como William A. Wellman, Raoul Walsh, Robert Aldrich, George Stevens, Nicholas Ray, John Sturges, Budd Boetticher, Delmer Daves, Gordon Douglas, Ralph Nelson, Sergio Leone, Sam Peckinpah, Henry Hathaway, Robert Mulligan, Sydney Pollack, Clint Eastwood o Lawrence Kasdan, que también habían hecho ya o que harían poco después brillantísimas incursiones en las películas del Oeste.
En ese hoy irrepetible listado podríamos incluir aún varios nombres más, como por ejemplo los de George Roy Hill o James Mangold, pues han sido muchos los realizadores que a lo largo de su carrera rodaron como mínimo algún memorable o legendario western, un género cinematográfico que siempre fue especialmente querido por muchos niños de mi generación y de varias generaciones anteriores.
Seguramente por ello, uno de los momentos aún hoy más importantes de mi vida lo viví con nueve años de edad, cuando una mañana de primavera monté a caballo durante unos minutos en un rancho que había en el interior de la isla y fui por unos instantes, literalmente, un pequeño cowboy. Sólo faltaba que de fondo se pudieran escuchar los acordes de alguna gran banda sonora del maestro Elmer Bernstein.
Quizás debería de aclarar aquí que no es que ningún amigo mío tuviera una alquería o que unos familiares lejanos de Buffalo Bill se hubieran instalado en Mallorca, sino que la visita a aquel rancho formaba parte de una actividad extraescolar que realicé cuando cursaba 4º de EGB en el Colegio San Agustín de Palma, con don Miguel Grimalt como maestro. De hecho, él estuvo a mi lado en todo momento mientras duró mi breve aventura vaquera, vigilando que no me cayera del caballo o que este se cansara repentinamente de mí.
Por suerte, alguien sacó una foto de aquel histórico momento fordiano o hawksiano, que permanece inmortalizado desde entonces en nuestro viejo álbum familiar.
Es cierto que no volví a montar a caballo nunca más, pero al menos conseguí hacer realidad el primero de todos aquellos oficios o cargos citados al principio de esta columna. Y a punto estuve también de materializar alguno más, pues con dieciocho años ejercí como cabo furriel en un destacamento, y luego, con poco más de veinte años, iba vestido siempre con ropa vaquera y con un pañuelo anudado al cuello, jugaba a las cartas —al truc— en casa y llevaba una vida más o menos solitaria y aventurera.
Por otra parte, aunque no llegué a ser tampoco impresor de un diario local de Colorado, sí empecé a trabajar como periodista aquí en Palma a partir de los treinta y seis años de edad, una profesión que todavía hoy sigo ejerciendo. Y además con gran agrado.
Aun así, también es verdad que a lo largo de mi vida me hubiera gustado tener en algunos momentos algo del Henry Fonda de Pasión de los fuertes, del Gary Cooper de Solo ante el peligro, del James Stewart de Horizontes lejanos, del Alan Ladd de Raíces Profundas, del Sterling Hayden y de la Joan Crawford de Johnny Guitar, del Van Heflin y del Glen Ford de El tren de las 03.10, del Dean Martin de Río Bravo, de los siete magníficos actores de Los siete magníficos, o del Randolph Scott y del Joel McCrea de Duelo en la Alta Sierra.
Y también me hubiera gustado tener algo del Richard Boone de Río Conchos, del James Garner de Duelo en Diablo, del Robert Mitchum y del James Caan de El Dorado, del Gregory Peck de La noche de los gigantes, del Paul Newman y del Robert Redford de Dos hombres y un destino, del John Wayne de Valor de Ley, del Burt Lancaster de La venganza de Ulzana o del Clint Eastwood de El jinete pálido.
De algún modo, antes de descubrir a todos esos personajes y todos esos filmes era ya consciente de la importancia de la honestidad, el comportamiento ético, la lealtad o el respeto a la ley, pero a partir de entonces aprendí también que la valentía es casi siempre hacer sólo lo que uno cree en conciencia que tiene que hacer, o que la pérdida, el dolor, la soledad, la injusticia o el sufrimiento no están vinculados nunca a una nacionalidad específica o al color concreto de una piel.
Todo esto lo aprendí entonces. Hace ya mucho, mucho tiempo. En el viejo y lejano Oeste. Y en un rancho que había en el interior de mi querida isla. Cuando fui un pequeño cowboy.





