Caravana de mujeres

A mi amiga Cati le sorprende mi capacidad de recordar hechos, personas y conversaciones de cuando éramos niñas. A mí, al contrario, me extrañaba que una persona inteligente y lista como ella no pudiera recordar quién le daba clases de pretecnología en octavo, o qué ropa tenía puesta el día en que su padre le regaló el vespino. He comprobado que algo que para mí resulta normal en realidad no lo es, pues la capacidad de adquirir nuevos recuerdos precisa de la liberación de espacio mental donde poder asentarlos. Para seguir almacenando recuerdos nuestro cerebro necesita olvidar otros. Y ello requiere la intervención de una proteína denominada “scribble” que es la encargada de favorecer la modificación de las conexiones neuronales que forman nuestra memoria. “Scribble” facilita el desgaste de ese recuerdo que ya nos es innecesario hasta borrarlo del todo.

En mi caso pensé que, si bien no solía liberar espacio deshaciéndome de recuerdos muy domésticos, sí lo hacía por ejemplo con los recuerdos relacionados con películas. Hasta que el pasado día 9 de marzo, escuchando el telediario, vino a mi mente “Caravana de mujeres”. Se trata de un western de 1951 que cuenta una historia ambientada a mediados del siglo XIX, en la que, para evitar que los hombres solitarios que colonizaban California marchasen desordenadamente en busca de mujeres, se reclutaron 140 mujeres que emprendieron peligroso viaje desde el Este de los Estados Unidos con la intención de contraer matrimonio con los colonos desconocidos.

Vi esa película de niña, y guardo de ella un buen recuerdo, a pesar de que nunca me ha gustado demasiado el género. Me dan grima los vaqueros que escupen tabaco con botas polvorientas, equipados con dos pipas al cinto a punto de “bang bang”. Creo que ahora de mayor no la aguantaría ni hasta el primer intermedio, no ya por la película en sí sino por el propio trasfondo de la misma. 140 mujeres que huyen de la sociedad en la que les ha tocado vivir. 140 mujeres, seleccionadas entre un mayor número de candidatas que cruzan medio continente arriesgando su vida en busca de visibilidad y dignidad. Una viuda sin pan que llevarse a la boca, otra embarazada de un tipo que la abandonó, otras con el sambenito de solteronas, otras mancilladas en su honor por tener fama de “mujeres alegres”, difundida por los beneficiarios de su alegría, todas sufriendo mil peripecias con tal de dejar hacer su yugo más liviano y cambiar su estado civil a “casadas”.

Pues bien, el pasado 9 de marzo fue noticia internacional la señal de ayuda mediante lenguaje de signos emitida por cinco futbolistas femeninas iraníes -en pleno conflicto bélico en Irán- que recibieron amenazas por haberse negado a cantar el himno nacional de su país en la Copa Asiática. Trump solicitó a Australia, país donde se encontraban, que les diera un visado y les ofreció refugio en EEUU. Fue en ese exacto momento cuando se me ocurrió una eficaz solución para exterminar el gobierno teocrático de los ayatolás de cuajo. El  “scribble” en mis células no había sido suficiente para eliminar esa película de mi memoria  y, tirando de recuerdo, pude imaginar una  nueva “Caravana de mujeres iraníes” rumbo a países en los que las mujeres  podamos desarrollarnos profesionalmente, vestir a nuestro gusto, seguir estando solteras, embarazarnos sin necesidad de marido, casarnos si nos apetece, ser madres  por voluntad propia, separarnos, divorciarnos, plantar cara al que nos mancille y  señalar con un dedo a muchos machistas infiltrados dejándolos en evidencia.  Porque, seamos sinceros, los ayatolás sin mujeres, al igual que en su día los colonizadores de california sin las suyas, pasarían de tantos sermones y tirarían sus túnicas y turbantes.

No estaría nada mal que a Donald Trump le diera uno de sus impulsos y propusiera a todas las mujeres iraníes embarcar en sus buques de guerra estibados con todos los outfits imaginables y, escoltadas por cazas que disiparan el miedo que habita en su mente fruto de tanto sometimiento, sacarlas de la terrible prisión en la que hoy viven dándoles voz para proclamar y exigir su LIBERTAD. Esa es la verdadera guerra por la que habría que luchar. Simplemente por la IGUALDAD.

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