Las ventajas de ser un hexáglota

La primera vez que le dije a un buen amigo mío que yo era un «hexáglota», me miró de un modo un poco raro, quizás porque no sabía exactamente qué significaba esa palabra —asociándola a lo mejor a una posible actividad delictiva o prohibida— o tal vez porque las palabras esdrújulas suenan casi siempre un poco extrañas o hasta impúdicas en castellano.

«Un hexáglota es alguien que habla seis idiomas», le expliqué a ese buen amigo justo a continuación, aunque mi pronta aclaración no pareció tranquilizarle en exceso, sino más bien todo lo contrario. Consciente de esa circunstancia, pasé a detallarle de manera muy pormenorizada cómo había llegado yo hasta allí, algo que me gustaría hacer de nuevo hoy en este filológico artículo.

Seguramente, deba empezar recordando que la mayoría de los españoles conocidos coloquialmente como baby boomers —yo nací en 1963—, estudiábamos francés como segunda lengua en el colegio.

A mí no me parecía mal, pues aunque yo ya intuía entonces que quizás fuera algo más práctico saber inglés, tenía la fantasía de que algún día viviría y trabajaría en París, como escritor bohemio o como director de cine, paseando por el Barrio Latino, navegando por el Sena en un bateau mouche, siendo seducido por genuinas mujeres fatales calzadas sobre stilettos infinitos y charlando sobre poesía o filosofía con eminentes docentes de La Sorbona.

En el fondo, me imaginaba llevando una vida casi igual o muy parecida a la del gran Gene Kelly en Un americano en París, del maestro Vicente Minnelli, aunque sin cantar, ni bailar, ni hacer claqué en medio de una calle, un bulevar o una avenida.

Cuando accedí al instituto a los 14 años, tenía la opción de seguir estudiando francés o de pasarme al inglés, y esto último es lo que hice, pues aunque yo ya intuía entonces que quizás fuera más práctico saber alemán, tenía la fantasía de que de mayor me marcharía a Hollywood a traducir guiones de cine, como mi admiradísimo Enrique Jardiel Poncela, o al Reino Unido a trabajar en la BBC, aunque no en las mismas condiciones históricas en que lo hizo mi también muy admiradísimo Manuel Chaves Nogales.

No hará falta que les diga que finalmente no fue así, pero gracias al inglés tuve al menos la posibilidad de poder trabajar durante una década en el aeropuerto de Son Sant Joan, en donde fui muy feliz como coordinador de vuelo de Iberia.

En aquella época mía aeroportuaria, decidí matricularme en el Estudio General Luliano para estudiar alemán, pues aunque yo ya intuía entonces que quizás fuera más práctico saber catalán, tenía la fantasía de que, por algún azar inexplicable, algún día acabaría viviendo en un castillo del antiguo imperio austrohúngaro tras haberme casado con una baronesa que yo imaginaba que se llamaría, no sé muy bien por qué, Ludmila Elisabeth Von Dross de Chatenburg. Pero fueron pasando los años y esa posible nueva vida de lujo y desenfreno de raíz más o menos germánica al final nunca llegó.

Mi penúltimo reto lingüístico fue, hace ya algo más de diez años, prepararme para conseguir el nivel C de catalán, pues aunque yo ya intuía entonces que quizás fuera más práctico saber chino mandarín, pensaba que si lograba aquel diploma específico me sería seguramente mucho más fácil poder optar a nuevos trabajos y abandonar ya para siempre mi habitual precariedad laboral.

Conseguí aprobar aquellas pruebas, pero mi vida continuó siendo durante bastante tiempo poco más o menos igual a como era antes, es decir, un pequeño desastre entre penoso y apocalíptico. Por esa razón, decidí empezar a seguir por aquel entonces un curso de chino a distancia, pero lo dejé al cabo de unos meses, pues después de veinte sesiones y dos podcats sólo había aprendido a decir correctamente nǐ hǎo, chop suey, hot pot, xièxiè, wan ton y zàijiàn.

Visto hoy con una cierta distancia, pienso a veces que ser un hexáglota quizás no haya sido tan útil o tan práctico como llegué a imaginar en algún momento del pasado.

Aun así, ahora, a mis 62 años, me queda al menos el pequeño consuelo de poder indicar en seis idiomas diferentes cómo llegar hasta la Catedral o hasta el Paseo Marítimo a los amables turistas analógicos o de mi edad que muy educadamente hacen todavía hoy ese tipo de preguntas.

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