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China y la sociedad egoísta

Por Gabriel Le Senne
jueves 18 de noviembre de 2021, 08:14h

Leo un par de artículos de gran interés sobre la transformación cultural de China. Uno habla de Wang Huning, intelectual influyente y alto cargo del Partido Comunista Chino. Cuenta cómo en 1988 pasó seis meses conociendo los Estados Unidos, y quedó espantado ante los problemas de la sociedad occidental: desigualdades, racismo, drogas, individualismo nihilista…

Ante esto, se hizo partidario de fusionar el marxismo con los valores tradicionales chinos y con la parte ‘buena’ de las ideas occidentales, con el fin de hacer posible una estabilidad y crecimiento a largo plazo, pero inmune a los problemas disolventes del ‘progreso’ occidental.

Sin embargo, la situación actual china parece reflejar los temores de Wang: el socialismo chino ha producido grandes desigualdades, a pesar de que buena parte de su población permanece en la pobreza; muchos trabajadores se enfrentan a una jornada “996”: de nueve de la mañana a nueve de la noche, seis días por semana; siglos de vida comunal de familias amplias han terminado en una generación; los jóvenes no pueden acceder a una vivienda objeto de una burbuja al rojo vivo (nunca más apropiado lo de rojo). La sociedad se ha atomizado tanto que se ha dejado morir en la calle a personas heridas, sin que nadie se parara a atenderlas. La fertilidad ha descendido a 1,3 hijos por mujer (tan mal como España). El gobierno ha eliminado el inhumano límite de un hijo por familia, pero se ha encontrado con que los chinos ya no quieren tener más. Entre otros motivos, el coste de su educación ultracompetitiva es desorbitado. Pero incluso quienes podrían permitírselo, prefieren dedicarse su tiempo y dinero a sí mismos.

Estos problemas parecen estar dando la razón a Wang, y al parecer están conduciendo a un cambio de modelo. Se dice que el presidente Xi, que acaba de reafirmar su poder, comparte la repulsa por esta “mercantilización” de la sociedad china. Y están tomando medidas. Por ejemplo, contra los monopolios tecnológicos, o contra estrellas e influencers. Se han limitado a los menores los videojuegos en línea a tres horas por semana. Grupos LGTBI han sido borrados de internet. Se ha prohibido que aparezcan en los medios estrellas sexualmente ambiguas. Se han restringido los abortos. Una transformación profunda estaría en curso.

Huelga decir que, como liberal, me repugnan los métodos coercitivos del socialismo chino. Sin embargo, es interesante ver que China, y por lo que parece también la Rusia de Putin, identifican y reaccionan ante los problemas ‘posmodernos’. Como ya expliqué en ‘Dios nos hizo libres’ -citando a grandes intelectuales como F. J. Contreras o Martin Rhonheimer, entre otros-, el sistema liberal precisa para su correcto funcionamiento una base moral ampliamente compartida en la sociedad: que se asuma el deber de cumplir los contratos, no defraudar, trabajar honestamente, ayudar a los demás, etc. De comportarse éticamente, en general. Esta base puede ser, por supuesto, el cristianismo, que es el humus social donde se formó el liberalismo. Pero probablemente podría servir bastante bien el confucianismo, o el estoicismo, u otras filosofías que animan a buscar la virtud personal.

Pero lo que se está extendiendo en nuestro mundo, al menos en buena parte de él, no es nada parecido, sino el individualismo exacerbado, en el sentido de vano egoísmo, que espantó a Wang. A modo de ejemplo, una periodista de El País tuitea: “¿Por qué los padres y madres de familia ocultáis que la crianza es estar en un pozo un montón de meses?” Afortunadamente responden: “Porque cuando tienes que dejar de ponerte por delante de todo y tienes que
poner a tus hijos primero, es un sacrificio: es decir, un esfuerzo que haces por alguien. En este caso tus hijos, y se trata del mejor sacrificio que se puede hacer en la vida.” Inmediatamente, atacan esa idea del sacrificio. Y nuestra buena samaritana debe insistir: el sacrificio es un "esfuerzo que una persona se impone a sí misma para beneficiar a alguien" (incluso a uno mismo). “Madrugar cada día a las 7 de la mañana supone un sacrificio, o pagar un colegio o una universidad”.

Lo que no ve esta gente alérgica hasta a la palabra sacrificio es que, una vez más, las apariencias engañan: el egoísmo, como la vagancia, les acabará haciendo más desgraciados, no más felices. Incluso desde la perspectiva egoísta, deberían calcular cómo será su vida a largo plazo y rectificar. En cuanto a la sociedad egoísta, acabará extinguiéndose.

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