Estos días de vacaciones, paseando con mi esposa por una zona turística de la isla, entramos en una tienda de ropa y calzado y mientras nos probábamos unos pares de sandalias entablamos conversación con el dueño, que se manifestó muy quejoso, no ya de la temporada actual, que también, sino de la situación global del pequeño comercio. Sus quejas eran las habituales: impuestos exagerados e incrementados en los últimos años, competencia de las grandes superficies, imposibilidad de conseguir crédito en las entidades financieras, competencia desleal de la venta callejera ilegal y una que, aunque ya la he venido oyendo desde hace tiempo, no dejó de sorprenderme, la competencia de los chinos, que, según él, no pagan impuestos. Eso de que los chinos no pagan impuestos, es una de las leyendas urbanas que vienen circulando desde hace tiempo y una de las más absurdas, ya que presupone que la hacienda española dispensa un trato de favor a unos ciudadanos, concediéndoles una exención de impuestos solo por su origen étnico: porque son chinos. Una mínima reflexión al respecto debería bastar para comprender lo absurdo de semejante presupuesto. De hecho, hace algunos meses, en una entrevista radiofónica, con motivo de un programa dedicado a las leyendas urbanas, un alto cargo del ministerio de hacienda desmintió rotundamente que hubiera ningún trato fiscal diferente para ningún colectivo en función de su nacionalidad. Sin embargo, la leyenda persiste, incluso se han introducido ciertas sutiles modificaciones, siendo la más habitual el que esta exención de impuestos se limita a los primeros uno o dos años de actividad. De hecho, nuestro comerciante se refirió al hecho de que los chinos montan un negocio pagando sin problemas los traspasos y los alquileres, incluso comprando el local, y en uno o dos años se han expandido, han comprado uno o dos vehículos comerciales y parecen prosperar cuando los comercios de toda la vida se las ven y desean para ir sobreviviendo, o no tienen más remedio que cerrar. Hace unos años empecé a estudiar mandarín, la lengua china más hablada y oficial en China, Taiwán y Singapur. Las civilizaciones orientales me han interesado desde la juventud y llevaba tiempo pensando en aprender una de sus lenguas. Finalmente, siguiendo el consejo de que a partir de una cierta edad es conveniente iniciar el estudio de un idioma, como ejercicio para mantener un cerebro sano y activo, igual que hay que hacer ejercicio físico para mantener el cuerpo en el mejor estado posible, y si es un idioma muy distinto del tuyo propio mucho mejor, me decidí y me matriculé en la Escuela Oficial de Idiomas. El mandarín es una lengua muy interesante, bien que de difícil aprendizaje. La fonética tiene ciertos sonidos complicados para nosotros, pero la pesadilla son los cuatro, o cinco, tonos. Al ser una lengua tonal, si no entonas adecuadamente cada sílaba, estás diciendo algo totalmente distinto de lo que pretendes, con lo que el discurso deviene absurdo e ininteligible. La otra dificultad esencial del mandarín es la escritura, con sus bellos caracteres, originalmente pictogramas, de los que hay unos siete mil en uso, y de los que hay que conocer entre dos mil quinientos y tres mil para tener un dominio aceptable del idioma. Cuando empiezas a estudiar una lengua, es imprescindible también adquirir un conocimiento, ni que sea superficial, de la cultura, las costumbres, la geografía y la historia del pueblo que lla habla. Los chinos están impregnados desde hace más de dos mil años de los principios del confucianismo, que rigen gran parte de sus actos y de su vida cotidiana. Son muy trabajadores, austeros, discretos y suelen hacer honor a su palabra. Cuando montan un negocio, lo hacen normalmente con dinero propio, o con préstamos dentro de su propia comunidad, sin recurrir al sistema financiero. Los términos de retorno del préstamo se establecen privadamente y se suelen basar simplemente en el compromiso personal de las partes. Una vez puesto en marcha el negocio, trabajan incansablemente y, al menos de inicio, suele trabajar toda la familia. Por supuesto, también hay chinos delincuentes. A esos hay que tratarlos como al resto de delincuentes, la policía, la fiscalía y los jueces deben perseguirlos, detenerlos, juzgarlos y, si procede, encarcelarlos o deportarlos, pero no por ser chinos, sino por ser delincuentes. Nuestros comerciantes no deberían obsesionarse con los chinos, u otros colectivos extranjeros, que suelen ocupar nichos de mercado muy concretos, la mayoría destinados a la satisfacción de las propias necesidades de la comunidad específica de que se trate. Los problemas para conseguir crédito no son culpa de los chinos, sino de un sistema financiero que no está cumpliendo la función social que le corresponde y de un gobierno que lo consiente. Quienes nos acribillan a impuestos, que los chinos también pagan, son los distintos gobiernos, estatal, autonómico, del consell insular y municipal. La competencia, si no desleal, casi, de las grandes superficies es consecuencia de la política del govern. Las leyes de comercio las hacen los gobiernos. La competencia de la venta callejera ambulante ilegal, que no está ligada a los chinos, sino a otros colectivos de inmigrantes en situación irregular, sí que debe ser perseguida, pero, no nos engañemos, su dimensión real es muy poco relevante. Quizás nos convendría como sociedad, impregnarnos un poco de los principios del confucianismo y su filosofía de trabajo, sencillez, austeridad, modestia y honradez.





