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Con perdón de los perdonavidas

jueves 09 de enero de 2020, 01:00h

Los españoles, acostumbrados durante varias generaciones a transitar sobre suelo firme nos habíamos convertido en gente tranquila. Pero, desde ahora, el suelo del camino ha perdido su solidez. Sánchez ha metido a España en una ruta de alto riesgo y debemos ser conscientes de ello. Sin cobardía ni pesimismo porque hemos pasado por otros peligros sin quebrarnos. Pero sabiendo que, desde ahora, hay que andar con cuidado y no dar pasos en falso. Un Estado indefenso y una Constitución cuestionada han dejado a la intemperie a quienes se sentían seguros.

El alto riesgo no es consecuencia exclusiva de que un partido político antes tenido por constitucionalista se haya dejado embaucar por la megalomanía de un dirigente sin escrúpulos. Ni porque la gran mayoría liberal-conservadora se haya suicidado con la fórmula de tres personas distintas sin capacidad de integrar un solo Dios de la libertad. El problema es que al traje nacional se le han aflojado las costuras y se le han producido rotos que nadie se ha ocupado de zurcir o remendar. Consecuencias del tiempo y de la incuria y no solo de la traición de un Gobierno en funciones.

La consigna repetida hasta la saciedad por Pedro Sánchez es que hay que superar la judicialización de los conflictos políticos. ¿Qué es judicializar? Aplicar la ley por medio de los jueces. Sin jueces la ley no es aplicable en un Estado de Derecho. Es como si no existiese. La ruta a través de un país sin ley es una aventura de alto riesgo. Pero habrá que afrontarla y evitar perder definitivamente el equilibrio. Ese es el reto que deben afrontar los españoles si quieren seguir siéndolo. El camino ha dejado de estar defendido por normas jurídicas aplicables. No hay señales de tráfico. No hay líneas divisorias ni código de circulación. Es un Paris-Dakar sin árbitros ni asistencia técnica. Una pista sin arcenes. Tiempos recios, que diría Vargas Llosa.

La política pasa de ser una actividad inmune a un refugio impune, que no es lo mismo. Todos los estudiantes de primer curso de Derecho Político lo saben. La inmunidad protege la independencia de las Cámaras Parlamentarias para que su composición no pueda ser alterada desde su exterior por acusaciones falsas o por manipulaciones torticeras. Se exige la concesión de un suplicatorio y la garantía de un Tribunal Superior para procesar a un representante electo. Pero, en absoluto, estas garantías eximen de delitos probados y sentenciados anteriormente a los procesos electorales o cuando ni tan siquiera se imaginaba que determinado individuo fuese a convertirse en candidato en unas elecciones. Todos quienes hemos tenido el honor de sentirnos protegidos por esta cautela en nuestras legislaturas parlamentarias sabemos bien que solo éramos inmunes en razón del cargo y sus funciones pero no impunes por nuestro currículum anterior. Hay un silencio cómplice que deja a los juristas españoles navegando sin ayudas sobre una balsa que flota sobre las aguas turbias de una burocracia acorralada. La defensa del Estado y del interés general no han sido tenidas en cuenta si dificultaban el objetivo supremo conseguir mantener a Pedro Sánchez en la Moncloa vendiendo trozos de soberanía nacional a precios de saldo. Los españoles oyeron con estupor como, con tono de perdonavidas, el representante de un partido separatista llamado ;Rufián ;amenazaba por dos veces al futuro presidente del Gobierno de España: “Sin mesa no hay legislatura”. La mesa exigida no era una charla entre dos partidos. Uno socialista y otro catalanista-republicano. Era una mesa institucional de negociación entre iguales entre el Gobierno de España y la Generalidad de Cataluña. Pero el diputado Rufián no era el representante de la Generalidad sino el portavoz de un preso condenado por sentencia firme por sedición y malversación. Mientras él hablaba, Quim Torra, presidente de la Generalidad, alardeaba de incumplir una inhabilitación legal. Pedro Sánchez se tragó sin rechistar la amenaza porque si entraba al trapo podía quedarse sin investidura y lo de la legislatura, ya veremos. En estos niveles andamos. Lo primero investidura y la legislatura… maaañana, como diría José Mota.

No hay principios comunes sobre los que establecer un Gobierno estable. Desjudicializados los temas que pueden dar lugar a responsabilidades penales y sin referencias literales a la Constitución, comienzan las curvas peligrosas por unas rutas sin señales. La palabra amnistía no se pronunció por la boca pecadora de Sánchez pero está en la mesa de unos delegados personales que no son formalmente ni del Gobierno ni del PSOE sino de la confianza de Sánchez y de Junqueras. Lo que pueda ocurrir en el futuro es una incógnita. Un partido regional concreto juega contra otros partidos regionales igualmente independentistas pero menos comprometidos con Sánchez. Sánchez parece dispuesto a navegar en medio del temporal que se avecina sin jueces ni leyes de referencia, con vagas invocaciones al diálogo y con Pablo Iglesias como copiloto, sin sentido del Estado ni defensa de sus instituciones ni de la Monarquía que corona su arquitectura. ¡Agárrate que hay curvas! Los perdonavidas de Esquerra Republicana y los perdonavidas de Bildu hacen valer sus abstenciones provisionales. Sin ellos no habría investidura ni Pedro Sánchez gobernaría, si gobierna efectivamente, con su permiso y bajo su vigilancia y cuidando de no judicializar las ilegalidades que se produzcan de ahora en adelante. Con perdón de los perdonavidas que, en cierto caso son, en el estricto sentido de la palabra, custodios de las viejas pistolas.

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