Hace ya algunas décadas, los niños y las niñas de mi generación solíamos cantar en invierno una canción muy divertida vinculada a la lluvia, Que llueva, que llueva, que no sé si se canta aún o si debe de ser muy del agrado del actual Gobierno, pues, como ustedes bien saben, la lluvia provoca a veces bastante fango.
Hecha ya esta pequeña e inocente observación, puedo decirles también que dicho tema era una composición que en periodo escolar yo mismo interpretaba muy a menudo, sobre todo cuando anhelaba la llegada de algún aguacero más o menos disuasorio, bien para intentar evitar ir al colegio tal o cual día, o bien para esquivar presentarme a algún examen difícil, normalmente de Fisica y Química o de Matemáticas.
No hará falta que les diga que jamás conseguí mi propósito cantando Que llueva, que llueva —o El patio de mi casa—, ni en un caso ni en el otro.
La letra de esa canción variaba un poco dependiendo de la versión que nos hubieran enseñado en la guardería, así que a lo mejor mi fallo estuvo en que nunca di con la versión adecuada. La que yo aprendí decía: «Que llueva, que llueva,/ la Virgen de la Cueva./ Los pajaritos cantan,/ las nubes se levantan./ ¡Que sí, que no,/ que caiga un chaparrón,/ y rompa los cristales/ de la estación!».
El final del estribillo tenía, como puede observarse, un punto un poquito gamberrete, aunque estoy casi seguro de que era más por cuestiones de métrica y de rima que no por querer crear realmente un pequeño estropicio en la abstracta estación a la que se hacía referencia.
Esa curiosa querencia infantil por la lluvia, cuando se tiene, yo creo que en muchos casos no llega a desaparecer del todo, ni siquiera al llegar a la edad adulta, sobre todo si nuestro carácter es esencialmente reservado y melancólico.
En mi caso, me refiero ahora a una lluvia sosegada y tranquila, incluso en forma de chaparrón, que no tiene nada que ver con la que puede acompañar a determinados fenómenos atmosféricos o meteorológicos extremos.
La lluvia que a mí me gusta es, esencialmente, la que percibimos a veces al despertarnos, la que no nos impide poder pasear aunque no llevemos chubasquero o paraguas, o la que al ser contemplada a través de un cristal contribuye a que pueda aflorar con mayor facilidad ese pequeño filósofo metafísico que casi todos llevamos dentro.
No sé si nuestro querido patrón, Sant Sebastià, debe de pensar igual, pues raro es el año en que en Palma no llueve en los días anteriores o posteriores al 20 de enero, lo que a veces obliga a cancelar o a aplazar algunas de las actividades festivas previstas en esas fechas, algo que al parecer podría ocurrir de nuevo el próximo lunes o el próximo martes.
Partiendo de esa evidencia más o menos empírica, a punto estuve de presentarme al concurso de carteles de Sant Sebastià 2026 con un diseño de mi propia creación, en concreto, el de la imagen de un Sant Sebastià callejero paseando por Ciutat con un chubasquero, un paraguas y unas botas impermeables para protegerse de la lluvia palmesana.
Probablemente, mi cartel no hubiera ganado. Y de haberlo hecho, seguramente no habría sido del agrado de, como mínimo, Unidas Podemos y Sumar, según he podido intuir viendo estos días los carteles alternativos que recientemente han confeccionado ambas formaciones.
Aun así, espero que estos dos partidos y otros del mismo ámbito no se enfaden conmigo si, con todo el respeto, les digo que creo que con chubasquero Sant Sebastià habría estado mucho menos expuesto al frío y a la lluvia, y, además, mucho más elegante y guapo.





