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El marco circunstancial de la IA (I)

Al reflexionar sobre cualquier fenómeno trascendente, me parece necesario tener muy presente el contexto histórico, lugar y tiempo, en que apareció y se consolidó. Ello, sin duda, nos permitirá percibir los aciertos y errores de quienes nos precedieron.

La perspectiva histórica siempre aparece, como condición necesaria, tanto para evaluar las circunstancias concurrentes al concebir la nueva tecnología como para percatarse de

las situaciones aparecidas, fruto del uso de la misma. Un ejemplo histórico de alarma social (miedo, resistencia) frente al uso de los walkman, en los años ochenta, puede verse en el lugar de internet, llamado Pessimists Archive.

Precisamente, el tener presente los antiguos miedos ante lo que, en la actualidad, son las tecnologías cotidianas, resulta un conocimiento útil para desactivar, en gran medida, los temores y turbaciones presentes frente a la IA (cf. Karen Hao, El imperio de la IA. Sam Altman y su carrera para dominar el mundo, Península. 2025, 688 págs.). Desde los orígenes de los tiempos, el ser humano ha convivido con un cierto caos y ha experimentado la necesidad imperiosa de aportar dosis altas de energía para restablecer el orden y el equilibrio indispensables. El caos y el orden siempre se han ido alternando en la historia de la humanidad. Todo ello, reconozcámoslo, se ha realizado con grandes esfuerzos, con diarios enfrentamientos, con múltiples renuncias al pasado y con un progresivo acopio energético.

Ahora mismo, “estamos viviendo un momento de caos” (…) que, efectivamente, como subraya Álvarez-Pallete (Libertad y tecnología: Dioses y caos, en “El Español”), “nos sorprende por su profundidad, nos sorprende por su magnitud y nos sorprende, sobre todo, por el impacto que tiene”. Acertado diagnóstico, que urge desentrañar para percatarnos de lo que realmente está en juego y, sobre todo, para participar en la reorientación de este mundo, cada día más peligroso.

El orden surgido de la II Guerra Mundial (Acuerdos de Bretton Woods), un mundo bipolar con dos grandes potencias, USA y Rusia, ya lleva tiempo dando muestras de haber iniciado su desmoronamiento. “El orden internacional basado en reglas que una vez dimos por sentado se está destruyendo” (Emma Tucker, Directora del The Wall Street Journal). Más allá de buscar un nuevo equilibrio de poder, ante el imparable ascenso de China, pienso que el gran reto para la civilización occidental sigue siendo preservar la libertad y, a tal efecto, procurar que el sistema democrático de gobierno de los pueblos supere la crisis que padece en la actualidad. Con el advenimiento de los nacionalismos y populismos, se ha consentido, desde la ingenuidad y la indiferencia, una apariencia formal de democracia para así gobernar desde un régimen autocrático, una tiranía que ya fue repudiada, en el s. XVI, por Étienne de La Boétie, en su Discurso sobre la sumisión voluntaria, publicado en 1577. En España, lo sabemos muy bien porque lo padecemos a diario.

Es más, en esa deriva que cuestiona el sistema democrático liberal, tampoco debemos echar en saco roto la “fusión de la aceleración tecnológica sin límites y la reacción populista”, que analiza Giuliano da Empoli, en su libro recién publicado, La hora de los depredadores, Seix Barral, 2025. Trump, Putin, Milei, Bukele, Kast, el imperio tecnológico de Silicon Valley pretenden ejercer (¿lo conseguirán?) un poder sin control, sin límites y sin reglas preestablecidas. Han dejado de ser verdaderos creyentes en la igualdad, en la libertad, en las ‘leyes no escritas de los dioses’. Cada día es más evidente que el mundo camina por la senda de los autócratas y los depredadores. Dirección que solo traerá inestabilidad y desorden. Es, en consecuencia, también la hora que demanda una vigorosa reacción: no dejarse manipular y levantar, sin prevención alguna, la bandera de la libertad. Pero, también la bandera que asegure un nuevo y diferente equilibrio, acorde con las circunstancias presentes, que ya no son, ni mucho menos, las del pasado.

La panorámica sugerida, seamos responsables, no parece que sea un marco circunstancial propicio para el desarrollo, un tanto vertiginoso, de la gran revolución tecnológica, que ya está aquí. “La izquierda, ha dicho Giuliano da Empoli, no entiende a los depredadores y está dando una respuesta política muy débil”. Es más, como profetizó Jean François Revel, un año antes de la caída del Muro de Berlín, “la primera fuerza que gobierna el mundo es la mentira”. No se le hizo caso. Al contrario, se optó por impulsar un mundo en el que la posverdad y las noticias falsas inspirasen y dominasen la vida pública y la acción política. Todo ha llegado, quizás, a un mundo en el que se prefiere ‘la indiferencia ante la verdad’ (Jorge Bustos). ¿Quién no ha oído hablar del relato y de su eficacia manipuladora?

El relato, en efecto, “está por encima de la realidad. Lo que importa no son los hechos o la verdad, lo que importa es quién lo cuenta, cómo lo hace y qué versión de lo que pasa nos transmiten (…) Lo importante ya no es lo que es, sino lo que se logra hacer creer. El vencedor en la contienda política es aquel que se hace con el control del relato” (Francisco Díaz-Andreu).

Ante esta realidad, ¿qué se puede esperar de los poderes públicos a la hora de regular la IA, incluso a nivel internacional, a fin de que esté, en efecto, al servicio de la humanidad, y su desarrollo y uso respete la dignidad de la persona humana? ¿Qué puede y debe aportar el ciudadano a fin de no comparecer como cómplice de cuánto ahora se teme y se lamenta? Las situaciones no cambian por generación espontánea. Las reglas, dadas en un momento dado, pueden ‘desmoronarse’ (Harari) -es lo que ocurre ahora- si la gente deja de creer en ellas o consiente violaciones parciales.

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