Un baño de realidad ha sumido a todos los partidos en las elecciones autonómicas extremeñas. El PSOE, humillado, comienza a tomar conciencia de la dimensión de la catástrofe que se avecina como su militancia siga bailando el agua a Pedro Sánchez en este absurdo y acrítico culto al líder que les arrastra al abismo.
Podemos, pese a su ascenso, sabe también que está lejos de constituir una alternativa real a los socialistas, porque el grueso del electorado se sitúa más hacia el centro que hacia los extremos, por más que el sanchismo haya intentado desde 2018 diluir sus fronteras con la extrema izquierda con propuestas radicales que pacta con quien sea, incluso con Bildu.
Vox ha experimentado un espectacular incremento en términos porcentuales, pero a años luz del Partido Popular, que sigue siendo la formación de centroderecha más potente de Europa si ponderamos a los populares en términos relativos con los partidos que tiene a su diestra.
En definitiva, más allá de los erróneos objetivos maximalistas de María Guardiola, el PP ha obtenido un resultado magnífico en Extremadura, lo que le ha permitido minimizar a toda la izquierda en su conjunto, a la que saca cuatro diputados de diferencia.
Dicho lo anterior, hay que reconvenir a las direcciones tanto del Partido Popular como de Vox y pedirles que, tanto en Extremadura como en el resto de España, dejen de actuar en contra del sentido mayoritario de sus respectivos votantes.
Los de Núñez Feijóo han de asumir que el tiempo de las mayorías absolutas pertenece al pasado, o a casos muy puntuales como el de la Comunidad de Madrid, donde Isabel Díaz Ayuso ha fagocitado todo el espacio de centro y derecha. Pero Ayuso hay solo una y el escenario en las demás comunidades es mucho más complejo, porque existen otros actores, como nacionalistas y regionalistas.
Tampoco ayuda al diálogo que desde Génova se asuma el discurso del enemigo y se califique a Vox como la extrema derecha, con lo que ello conlleva en el imaginario del ciudadano europeo y español.
Y Vox, por su parte, debe dejar de hacer el falso discurso de que el PP es una especie de PSOE descafeinado y que ellos son la única alternativa a la derecha del arco parlamentario.
Ni el PP es la “derechita cobarde”, sino el centroderecha interclasista con vocación mayoritaria, ni Vox la ultraderecha, sino más bien una formación conservadora con tintes populistas, absolutamente alejada, por lo demás, de postulados franquistas, fascistas o totalitarios, aunque muchas de sus propuestas contengan la dosis de demagogia y utopía propia de quien no se encuentra encorsetado por el choque con la realidad a que conduce la gobernanza. En cuanto Vox toque áreas de gobierno, muchos de sus actuales discursos decaerán, porque la política real obliga al pragmatismo.
En Balears tenemos ejemplos palpables de ambas formas de conducirse entre estos dos partidos, a saber: el enfrentamiento abierto -que exaspera al electorado-, o la colaboración desde la legítima discrepancia en cuestiones puntuales y el peso relativo de cada partido, lo que conduce a mayorías sociales aplastantes. El Parlament es muestra de lo primero y Cort de lo segundo.
Feijóo y Abascal están condenados a entenderse, por más rasgado de vestiduras que eso provoque en la izquierda, que siempre ve la paja en el ojo ajeno mientras ignora la viga en el propio. De lo contrario, el electorado de centro y derecha no se lo perdonará.





