Crowdfunding

A la espera del proyecto editorial del que fuera vecino estival de Son Servera, que prevé su aparición para el próximo otoño, muchos son los medios digitales que ven amenazada su pervivencia. A diferencia del soporte que tiene frente a sus ojos, que aspira a consolidar acuerdos en mercados de ultramar y que sigue aupando peldaños empujado por una decidida apuesta de futuro, varias cabeceras de renombre tratan de sacar la cabeza por encima del agua de la crisis publicitaria, pública y privada. Tanto en Mallorca como en la península, lo que ha sido refugio coyuntural para un sector especialmente afectado por la depresión, ha dejado de ser una tabla de salvación profesional, incluso prestando su línea editorial al mejor postor.  No son pocos los que dan sus últimas bocanadas de aire, a la espera confiada de un cambio político que les devuelva el sustento con el que evitar su inanición y la asfixia comercial, no por esperada menos indeseada. Difícil trance el que atraviesan los periódicos impresos, que siguen cosechando mayor confianza que los editados electrónicamente, pero insoportable para las débiles arcas de la prensa digital, cuya pervivencia todavía depende del salvavidas institucional. Así es para muchos de los que tratan de abrirse paso entre las bobinas de la rotativa, debiendo recurrir a la fusión con otros colegas o a la conquista de empresarios, sobrevenidos a la información, atraídos por la presunta influencia que puedan generar y los beneficios que les corresponda.

Una forma de aumentar el fuelle que insufle esperanza a la prensa del mañana es la comercialización de contenidos y el micromecenazgo, al que recurren medios consolidados o páginas de menor audiencia. Defensores de la gratuidad digital, como Prensa Ibérica, limitan el acceso a contenidos específicos y tratan de paliar la canibalización de la venta al número con un precio testimonial para los internautas. Si las tabletas han reducido las visitas al quiosco y portales como Orbyt o Kiosko y Más han anulado la utilidad del olfato para embriagarse con la tinta virtual, la inmediatez informativa sin gravamen por internet se está reduciendo a contenidos de agencia o remitidos de fuente. En esta vorágine de acontecimientos que nos depara la revolución binaria, algunos deben recurrir al espejo retrovisor del Renacimiento para localizar un Médici contemporáneo, que haga sostenible lo inviable, o a muchos pequeños cómplices con lo que cruzar el desierto sin fenecer en el intento. Esta última fórmula, a la que recurren blogueros, músicos o cineastas reunió hace un par de años cerca de diez millones de euros en España y sigue creciendo exponencialmente, compartiendo el auge de la economía colaborativa.

La cooperación colectiva, gestada para financiar esfuerzos e iniciativas de otras personas u organizaciones, está siendo el germen de nuevos proyectos y la subsistencia de otros. No es difícil evocar el fulgurante ascenso y no menos vertiginoso batacazo del inefable Elpidio Silva, el ex juez que trato de regar el pimpollo de Renovación Democrática Ciudadana con el manantial del crowfunding, vendiendo autógrafos, camisetas o cenas para costear su ínfima carrera política. Pero no siempre la herramienta ha sido un fiasco y un movimiento como Podemos, películas como El Cosmonauta, juegos como Heroquest 25 aniversario, la supervivencia del comic Brigada o el periódico Diagonal y el proyecto Catalans want to vote son ejemplos de éxito clamoroso.

El último en sumarse a estas plataformas de financiación es la Fundación Gadeso, que pretende evitar el hundimiento de un submarino antes de su botadura, cuyo periscopio otea el horizonte político y social desde hace trece años. Sus libros, barómetros de opinión y páginas web  podrían ser cuestionadas por su metodología y tendenciosidad, pero añaden elementos de controversia a una sociedad que se ha desperezado de la hibernación ideológica, en medio de una primavera política convulsa. Es por tanto una contribución mediática que promueve la creación de un estado de opinión, orientándolo en comunión con los principios ideológicos de sus impulsores, lo que no desmerece su papel porque coincide con el de otros medios informativos que tan sólo disimulan más lo que promueven.

Al margen de confiar en que los mecenas sean alguno más de las seis docenas actuales y las aportaciones puedan triplicarse en el mes que resta para su conclusión, para que se pueda desembolsar la cuantía fijada, es hora de corresponsabilizarnos del futuro  de nuestra sociedad formando parte activa de la construcción de un sistema, que precisa de todos para que sea realmente participativo.  Sustentado en la queja o la opinión liviana no podemos garantizar el bienestar económico y social de las generaciones venideras. Menos aún, aguardando pasivamente al infeliz que dé un paso al frente, como el osado que reta a las orcas bajo la mirada impasible de su colonia de pingüinos. Por eso me uno al legado de Tarabini desde esta tribuna, declinando compartir la recompensa de una langosta (ahumada en su presencia),  dado que simboliza mi apoyo y contribución al debate de ideas y valores o a la pluralidad y apertura intelectual, de las que hemos sustraído a la sociedad de nuestro tiempo para adormecerla en una mecedora de frivolidad.

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