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¿Cuatro años?

sábado 22 de junio de 2019, 01:00h

Hace poco el Partido Popular era una fuerza desplazada del poder por una moción de censura y con sus bases electorales deprimidas por una fragmentación entre afines dispuestos a disputarle los restos del naufragio, a su derecha y a su izquierda. El Partido Socialista, encaramado en el Gobierno sin mayoría suficiente pero con el apoyo negativo de todos aquellos que deseaban romper la presencia en el poder del centro-derecha, pudo organizar unas elecciones a su medida, desde el aparato oficial, con la influencia mediática y con su rival con un líder sin madurar y discutido dentro de su propia casa. Sin embargo, el socialismo ni alcanzó una mayoría absoluta ni consolidó un espacio previsible de alianzas con un grado de compatibilidad ideológica mínima para cuajar un cuerpo de coalición o unos compromisos de legislatura sólidos.

Ahora, después de celebradas las elecciones reglamentarias municipales y autonómicas donde correspondiera, el paisaje nos ofrece la visión de un Partido Popular que, si los pactos no se desquician, va a ostentar la Presidencia de Madrid, Castilla-León y Murcia, por de pronto, además de mantener, por anteriores convocatorias, la Presidencia de Andalucía y Galicia. El Partido Socialista no ha sido capaz de contrapesar la influencia de los nacionalismos catalán y vasco ni da la impresión de encontrarse a su gusto con los restos mendicantes de Unidas Podemos sin cuyos escaños ninguna suma es suficiente. Los otros añadidos complementarios aún son más hostiles al sistema e insaciables en sus pretensiones. Es decir, está hecho un lío para armar esa investidura que anunció tan enfáticamente Pedro Sánchez en cuanto vio su nombre escrito en papel timbrado de la Casa Real. Entonces dijo: “O gobierna el socialismo o el socialismo gobierna”. Faltó añadir una tercera opción: o vamos a otras elecciones.

Es posible que esta tercera opción no sea inmediata porque no convenga a nadie y que Sánchez logre anidar en el mismo nido de espinas de la moción de censura que sirvió para destituir a Rajoy pero es un mal acomodo como fórmula de Gobierno. La fractura del centro-derecha que tanto ayudó al socialismo para sentirse imprescindible, lleva camino de reducirse por la aproximación natural de sus tres ingredientes en equipos regionales y municipales si quieren sobrevivir. Nada acerca más que trabajar juntos y medir con realismo la fuerza de cada uno. La campaña del miedo a VOX, en la que aún se empecinan los más tozudos, se va demostrando ineficaz y lo será más en cuanto la conducta de sus exponentes demuestre que no tienen nada que ver con esas derechonas “lepenistas” o neonazis que tanto asustan a Macron cuya idea de España es precaria a todas luces. Los vetos que se han querido imponer cínicamente, desde un Partido Socialista dispuesto a pactar con elementos separatistas o neocomunistas, no podrán repetirse en un futuro en que las corporaciones o asambleas regionales en que participe VOX hayan desarrollado sus actividades y debates dentro de una normalidad democrática razonable.

El giro a babor que pretende justificar un Gobierno de Sánchez es una maniobra cada vez más corta. Esa desesperada invocación a la abstención de las derechas para que sea posible que gobierne un socialismo limpio de polvo y paja es una entelequia que solo se le puede ocurrir a un político despistado como es Macron que bastante tiene con lidiar con los chalecos amarillos y ponerle techo a Notre Dame. Los aliados naturales del PP no van a ejercer indefinidamente ese “suspense” de película de Hitchcock con que posturean estas semanas. Pero los partidos hostiles contra la unidad nacional o contra la economía libre no van a cejar en sus demandas porque les salen del alma y no del cerebro. Sánchez no los padecerá exclusivamente el día de la investidura sino que también después, en los próximos Presupuestos Generales y en toda ocasión en que tenga que ejercer responsabilidades de mando indeclinables y no le valgan las componendas de las palabras equívocas y las caritativas cooperaciones. El tendrá a su lado a una auténtica extrema izquierda y auténticos secesionistas como falsos compañeros para intentar gobernar un país que no admite ni la desintegración ni la revolución.

A él le gusta creer que estas malas compañías forman parte de una imprecisa galaxia que se empeña en tener por progresista. Pero solo son izquierdona pura y dura lo mismo en España que en la Europa de Macron. En manos de esa izquierdona antigua, desleal y alborotada va a quedar la estabilidad del Gobierno de Sánchez sin que Sánchez haga nada por remediarlo. “Ciudadanos” sufre en estos días la presión brutal para que ayude a Sánchez a ser investido sin malas compañías. Que ayude a lo peor para evitar lo pésimo. Eso quiso hacer su socio sobrevenido Vals y por lo que se ve no ha gustado nada y ha roto la unidad del grupo parlamentario de Ciudadanos en Barcelona. Pero no es Riveraquien está obligado a acercarse a Sánchez sin que este se lo pida. Es Sánchez quien tendría que ofrecer determinadas contraprestaciones a Rivera. Tendría que pagar aRivera el peso de lo que dejaría de pagar al separatismo y al neocomunismo. Una operación utópica. No es posible esperar que desde Ciudadanos o del PP le ayuden gratis y por espontanea iniciativa amorosa. ¿Es capaz Sánchez de enfrentarse a las voces precursoras de su bando que le gritaban desde el principio: “con Ciudadanos no”? Es teóricamente imposible pensar en un Gobierno socialista que deba su estabilidad a la conmiseración de las fuerzas alternativas a su Gobierno. En estas condiciones se presiente que cuatro años en la Moncloa son el sueño de una noche de verano.

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