De naciones y colores

La estúpida polémica creada artificialmente sobre las palabras de Mariano Rajoy vertidas en una columna de opinión en la que disertaba sobre la selección francesa de fútbol ha coincidido en Balears con la salida de pata de banco del diputado de Vox Jorge Campos acerca del protagonismo en la ceremonia de graduación de la UIB de la estudiante marroquí residente en Manacor, Khaoula Ikkene, de brillante expediente académico.

Quienes conocemos a Rajoy estamos acostumbrados a pasar por el filtro de la racionalidad sus pintorescas manifestaciones. Sin embargo, el Gobierno, cercado por la actividad criminal que lo rodea por todas partes y por el cieno de su corrupción generalizada, vio una ocasión propicia para desviar la atención. Mientras fingía sentirse avergonzado por las manifestaciones “racistas” del expresidente, conseguía que no se hablase del negro futuro procesal de sus conmilitones, allegados y familiares.

Francia tiene un porcentaje de ciudadanos de raíces africanas -magrebís y subsaharianas- de cerca del 11,5 por ciento del total de sus 69 millones de habitantes, con su pasaporte y plenos derechos. Sin embargo, curiosamente, ayer, sobre el césped del estadio propiedad de los Dallas Cowboys, la vecina república disputó a la selección española el pase a la final del Mundial de fútbol con un equipo en el que nueve o, en determinados momentos, hasta diez de sus jugadores eran franceses de origen africano, es decir, el 91%. Y esta historia se repite desde hace años y los propios franceses la comentan abiertamente. Nadie discute la plena nacionalidad de estas personas, ni que sean los mejores futbolistas de su país y unos fenómenos sobre el rectángulo de juego. Pero cuando Rajoy manifiesta que Francia juega sin ‘franceses’ no hace más que constatar una llamativa realidad que contrasta con las proporciones del conjunto de la población francesa.

Porque, guste o no a los apóstoles woke de la corrección política, Francia, como España, Alemania, Italia o Polonia son naciones forjadas sobre los valores y la cultura judeocristianos, y ello pese a que sus constituciones democráticas incluyen, como no puede ser de otro modo, la libertad religiosa de sus nacionales y la aconfesionalidad del Estado; en Francia, incluso, en forma de laicidad militante (con sus matices). De este contraste entre la identidad de la sociedad francesa, tal y como universalmente la identificamos los demás, y la composición de su selección nacional de fútbol nace el comentario de Mariano Rajoy. Tildar sus palabras de racistas es una simple argucia política de socialistas desesperados, de corto recorrido.

El caso de la estudiante de la UIB es claramente distinto. Ojalá todos los marroquís y compatriotas españoles de ese origen que conviven entre nosotros respondieran a su perfil de mujer cultivada, brillante y potencialmente independiente. Pero, dicho esto, no es menos cierto que el hiyab constituye una muestra de la regresión que, en materia religiosa, sufren las sociedades musulmanas (basta comparar fotografías de hace cincuenta años de cualquier país musulmán con las actuales) y que, sin duda, dificulta la integración y aceptación de quienes hacen uso de esta prenda por parte de quienes la identifican como un signo de oposición a la genuina identidad española.

Porque no podemos ignorar que nuestra identidad nacional se forjó durante siglos contra el Islam, y esa huella no se borra de un día para otro.

Todo sería mucho más sencillo si quienes vienen a vivir entre nosotros asumieran plenamente que no somos una sociedad líquida que ellos puedan moldear a su antojo, sino una con caracteres nacionales muy bien definidos, incluso con nuestras acentuadas diferencias territoriales. Y eso implica que, hables lo que hables, creas en lo que creas y te vistas como te vistas, estás en España, uno de los primeros estados-nación del mundo, no en Al-Andalus. Por tanto, bienvenido/a seas si vienes a sumar y contribuir a nuestro proyecto común.

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