Esta semana se han cruzado en la mente de los españoles dos sustantivos: el odio y la risa. El odio, con o sin h, es la capacidad de un sujeto de rechazar la existencia y el valor de cualquier cosa, persona, idea o sociedad que no piense como él. Odiar es un sentimiento natural, humano y eterno. Recuerden que, según la Biblia, la Torá y el Corán, Caín mató a Abel por odio. Desde ese principio, la historia está llena de actos de odio. Curiosamente, solo el ser humano puede odiar y agredir a un semejante para anularlo completamente. Sobre el odio, se ha escrito mucho más de lo que usted, estimado lector, pueda creer. Tanto, que no puedo resumirlo en 500 palabras, ni lo voy a intentar. Freud decía que el odio es el sentimiento de la persona que se frustra al sentirse infeliz y que lo traslada a alguien o algo, al que acusa de su infelicidad. Odias, porque no eres feliz. Una situación que la mayoría de los filósofos y los sociólogos consideran una actitud permanente en el tiempo. Es decir, el que odia, odia siempre y hasta el final de su existencia o la de su odiado. El psicólogo Erich Fromm advierte que el odio que él denomina reactivo es la base que utiliza el poder político para que la masa, el pueblo, acepte la guerra contra el que no piensa como él. Hay que destruir al contrario. No queda más remedio que eliminarlo, con la fuerza, con las armas y con el terror. Esta idea inmoral y antinatural es la que han utilizado todos los poderes para justificar la guerra y el terrorismo contra los que suponían un peligro para sus intereses. Así lo piensan las naciones, las regiones, las ciudades y, por supuesto, los partidos políticos, y las ideologías y filosofías políticas. De el odio a algo o a alguien, al odio a toda la humanidad. Lo que se denomina misantropía. Una pérdida de la realidad que padecieron muchos de los dictadores en la historia, y que ahora padecen muchos de los dictadores actuales.
Del odio a la risa hay un paso. Una distancia tan corta que solo dura un suspiro, justo el tiempo de inhalar después del grito de odio y expulsar el aire en una gran carcajada. Me ha quedado muy bonito. Lástima que no sea así. Y prepárense, estimados lectores, a ver cómo de la risa al odio, el paso será todavía más corto. Y es que Santiago Segura se acaba de ganar ya definitivamente la inmortalidad con el estreno de su película “Torrente presidente”. Ojalá consiga que todos los que están odiando a su contrario político, se rían hasta llorar. Ríanse de ustedes mismos. Ríanse de la idiotez en la que viven los políticos y sus afines. Ríanse de Dios, de la patria y del rey. Ríanse de los españoles y de los inmigrantes. Ríanse de lo bueno y de lo malo, del sexo y de los ángeles. Ríanse de mí y de su tía la del pueblo. Pero ríanse. Qué sino, llegará el tiempo de llorar y volveremos a sentir odio hacia los que no piensan ni se ríen como nosotros. Recuerden la Revolución del 4 de octubre de 1934 en España. Eso sí que fue odio.
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